jueves, julio 20, 2017

Brasil: La reforma laboral es una agresión estratégica a los trabajadores



La reforma laboral produjo la satisfacción del conjunto de la clase capitalista. Establece el pago por debajo del salario mínimo y jornadas laborales de hasta 12 horas, consagra la preeminencia de los convenios por empresa por encima de los convenios colectivos de la industria, autoriza a tercerizar la actividad principal de la empresa y precarizar los trabajos, obliga a las mujeres embarazadas y lactantes a trabajar en lugares insalubres, habilita pagar según productividad y eliminar las protecciones al trabajador. (Ver nota: Los puntos de la reforma)
Sin embargo, este monumental ataque no asegura que Temer salve su pellejo; algunos señalan que sería echado una vez que se sancione la otra gran asignatura: la reforma previsional. La ofensiva judicial es impulsada desde el norte. La operación Lava Jato y las revelaciones de los hermanos Batista, fogoneadas desde Estados Unidos, han apuntado a quebrar la articulación industrial y financiera armada en torno de Petrobras y el sistema de contratos y concesiones otorgadas desde el Estado.
Odebrecht está haciendo un esfuerzo por salvar sus posiciones en Brasil, y procura negociar -a cambio de las revelaciones- la continuidad de sus negocios. Pero una destitución de Temer desbarataría todos los arreglos hechos en el último año con las constructoras y empresas coimeras y Brasil asistiría a una enorme transferencia patrimonial entre capitales extranjeros y nacionales.

La condena de Lula

Algunos comentaristas destacan que la “coincidencia” entre el anuncio de la condena de Lula y la sanción de la reforma laboral apuntó a cambiar el foco de atención de la opinión pública. El cerco judicial contra el ex presidente refuerza la presión de la burguesía para que el PT no saque los pies del plato. Más allá de la denuncia encendida contra la amenaza de proscripción de su candidatura, el PT y la CUT no promovieron una movilización contra la destrucción de los derechos laborales. Ambas organizaciones jugaron un papel clave para que el paro del 30 de junio tuviera un menor alcance que el del pasado 28 de abril. En lugar de impulsar la huelga general y la acción directa, el planteo del PT es esperar a las elecciones previstas para finales de 2018. La consigna de “directas” ha quedado cajoneada. Lula incluso cuestionó la validez de las acusaciones que activarían el juicio político contra Temer.
Un retorno de Lula, sin una movilización política de gran alcance, es inviable; en especial para operar como contención. Sería una carta que la burguesía reserva en caso de desmadre.

Los desafíos

¿Cómo responde la izquierda a este impasse, en medio de un ataque estratégico contra la legislación laboral?
El PSOL ha conformado recientemente un “Frente Amplio” con el PT y otros nucleamientos, para reclamar elecciones directas inmediatas. Pero ha quedado pedaleando en el aire, pues el PT ha arriado esa bandera.
EL PSOL tiene la apariencia de un frente de izquierda, pero es un aparato que se encuentra al arbitrio de una camarilla parlamentaria de viejos dirigentes del aparato petista. No se puede hablar de un “partido de tendencias”, pues las tendencias no deciden ni determinan la orientación del partido. En la mayoría de los casos, los candidatos centrales han sido hombres y mujeres que han participado de gobiernos capitalistas (como Erundina, ex alcaldesa de San Pablo).
En las elecciones estaduales del año pasado, en el segundo turno, el PSOL cerró un acuerdo con el PMDB (el partido de Temer) en Belén (capital de Pará) y el candidato del PSOL, en Cuiabá (Mato Grosso), fue el procurador Mauro, un evangelista contrario al derecho al aborto y al casamiento gay, entre otros. Ha tenido siempre una fuerte influencia clerical, consentida por el arco izquierdista. El candidato del PSOL, en Río de Janeiro, Marcelo Freixo, hizo campaña con el planteo de que “sería absurdo demonizar al capital privado”.
Esta política no ha sido un obstáculo para la colaboración de las diversas corrientes de la izquierda “radical”. Tal es el caso del MES (enrolada en el MST argentino), que ha apoyado entusiastamente las candidaturas más reaccionarias del PSOL y recibido incluso apoyo financiero de la siderúrgica Gerdau. La CST, corriente afín a Izquierda Socialista de la Argentina, denuncia estas candidaturas, mientras las acompaña en las listas. El Movimiento Revolucionario de Trabajadores (MRT-PTS) ha renovado el pedido de ingreso al PSOL. A este arco se ha sumado el Movimiento para una Alternativa Independiente (Mais), la fracción que rompió con el PSTU, favorable a una campaña por las ‘diretas’ con el PT. La supuesta “autonomía” para justificar la permanencia en sus filas sirve como excusa para desarrollar una complicidad política con un planteo y una dirección atada por toda clase de vínculos con las patronales y el Estado. El PSOL es, probablemente, la versión más derechista de los “partidos amplios” y “plurales’ que han fracasado en otras partes del mundo, como es el caso de la griega Syriza.

Congreso de bases

La cuestión inmediata de derrotar las reformas previsionales, laborales y fiscales -y dar continuidad a las dos huelgas generales últimas-, que amenazan socialmente al conjunto del movimiento obrero, plantean la necesidad de un congreso de bases de la CUT y Conlutas. Es necesaria una campaña de agitación en esta dirección y promover, al mismo tiempo, congresos regionales o por sindicatos y plenarios de activistas, para romper la atomización obrera que promueven el Estado y sus partidos. Tomada en su conjunto, la situación brasileña se encamina hacia crisis aún mayores que las que han tenido lugar hasta ahora. Son una oportunidad para impulsar movilizaciones de masas que pongan fin al régimen existente.

Pablo Heller

El lado oscuro-muy-oscuro y criminal de la ciencia servil del nazismo



Reseña del libro La ciencia del exterminio. Psiquiatría y antropología nazis (1933-1945), de Benno Müller-Hill

Sobre el autor: Benno Müller-Hell nació en Friburgo, la ciudad de la que fue rector en tiempos turbulentos Martin Heidegger, la también ciudad universitaria de Eugen Fischer, uno de los principales representantes de la antropología aria. El autor es actualmente profesor de Genética de la Universidad de Colonia e investigador científico, ámbito en el que es conocido por sus descubrimientos en torno al represor lac y la proteína precursora amiloidea.
Su preocupación e investigación política-cultural: estudiar el papel que jugaron los antropólogos y psiquiatras eugenésicos del Tercer Reich, sorprendido por la escasa bibliografía existente sobre la cuestión.
Su posición política general en el ámbito de la política científica: oposición radical y documentada hacia “la actual eclosión de los proyectos empresariales que, en nombre de la eugenesia positiva, alientan el control de los genotipos de la población”.
Sus ideas gnoseológicas y su pregunta central: Las ciencias naturales, sostiene, “tienen una historia de la formación de su estructura y una historia de sus efectos”. Toda persona dedicada al cultivo de las ciencias naturales, prosigue, “siente la inquietud de seguir la formación de las estructuras de su ciencia, pues incluyen belleza y verdad a un tiempo. Así, la historia de la genética es, por una parte, la historia del descubrimiento de la verdad de los organismos vivientes y, por otra, la historia de sus efectos”. Basta una ojeada a un puesto de venta en cualquierl mercado “para apreciar los hermosos frutos obtenidos por antiguos y modernos cultivadores…”. Lo mismo ocurre con las crías de animales. Pero la cuestión central: “¿qué ocurre con los efectos de la genética en los seres humanos?”.
Su posición humanista alarmada: “Cuando ahora pienso en la historia de los efectos de la genética en la antropología y la psiquiatría, contemplo desiertos de ruinas y destrucción. El derramamiento de sangre de millones de seres se olvidó con la mayor celeridad. La historia más reciente de los efectos de estas ciencias humanas vinculadas a la genética es confusa y está llena de actos delictivos; sólo es comparable a una pesadilla” (p. 13)
La estructura del libro, de un ensayo muy recomendable: 1. Prólogo. 2. Una cronología alemana. Cronología de la identificación, segregación y exterminio de los diferentes (¡vale la pena leerla con detalle!). 3. De la discriminación de los judíos a la esterilización de los enfermos mentales. 4. De la matanza de enfermos mentales a la matanza de judíos y gitanos. 5. El aprovechamiento de los desposeídos en la investigación psiquiátrica y antropológica. 6. Sobre el papel y la autojustificación de algunos antropólogos. 7. Nueve preguntas. 8. Advertencia y testimonios de gratitud. 9. Conversaciones.
¿Les interesa la relación entre ciencia, poder y fascismo?
¿Les interesa el papel de la ideología en el quehacer de los científicos en un marco irracionalista y antihumanista generalizado?
¿Les preocupa que se haya desvirtuado la realidad y los resultados obtenidos para complacer al poder y sus “verdades incuestionables”, mostrando todo ello como ciencia, como buena ciencia?
¿Les preocupa la responsabilidad de los científicos en el ámbito de las ciencias humanas?
¿Creen en la neutralidad de la ciencia sin numerosos y decisivos matices complementarios?
¿Somos conscientes de la importancia poliética de los científicos concernidos y comprometidos en coyunturas negras o muy oscuras? ¿De sus riesgos?
¿Podemos arrojar la verdad a la cuneta -¡todo vale!, ¡no hay verdades!- y situarnos en el ámbito de la posverdad como ahora se afirma y promueve?
¿Fueron ignorantes los científicos alemanes de la ignominia en la que estaban inmersas las ciencias que muchos de ellos practicaban?
¿Tenemos consciencia y recuerdo de los científicos y científicas que fueron capaces de resistir presiones y sobornos en circunstancias nada fáciles?
¿Llegaron a matar algunos científicos para obtener ojos, sangre y cerebros? ¿Fueron ayudantes suyos? ¿Colaboradores externos? ¿Prácticas “externalizadas” tal vez?
¿Fue una excepción el Dr. Mengele? ¿De verdad de la buena? Si lo fue, ¿qué tipo de excepción fue la suya?
¿Es justo el autor, hablando epistemológicamente, cuando escribe: “La objetividad abrió a los científicos la puerta a las mil barbaridades. Los alemanes dedicados a las ciencias físicas y naturales y a la medicina vivían en un mundo sin valores. Los de los judíos no les eran propios. Los de los cristianos tampoco eran reconocidos por ellos. Los de la Ilustración y la Revolución francesa nunca habían sido populares entre ellos. Así, por pura objetividad, los científicos y los médicos estaban dispuestos a todos” (p. 177)? ¿Por pura objetividad? ¿Vale, nos vale como explicación?
¿Fueron muchos médicos alemanes mensajeros del exterminio? ¿Por qué no se rebelaron? ¿Por qué consintieron? ¿Fueron sus prácticas, como las de antrópologos y psiquiatras, parte de un experimento funesto?
¿Como una mediocridad filosófica como Rosenberg pudo convertirse en un filósofo-pensador de referencia para muchos miembros de las comunidades científicas de uno de los países más avanzados científica y culturalmente del mundo?
¿Sinrazón de la ciencia o científicos con ideas irracionalistas? ¿Podemos hablar de una ciencia perversa, de una ciencia nazi? ¿Ninguna, osamos preguntar, de todas aquellas investigaciones, ideológicamente sesgadas, tiene validez científica?
¿Hablaron estos científicos después de 1945? ¿Justificaron sus acciones y omisiones? ¿Les cegó su ideología, el miedo, la situación? ¿Por qué los tribunales de la RFA decidieron que habían proscrito sus delitos? ¿Justifican los herederos, muchos de ellos científicos, las prácticas de sus progenitores?
¿Como se consiguió que el exterminio de enfermos mentales, de judíos, de opositores, fuera un misterioso secreto para la mayor parte del “pueblo alemán”, incluso para sus élites científicas?
¿Llegaron a sentir entusiasmo los psiquiatras y antropólogos cuando Hitler llegó al poder? ¿Le vieron como un promotor de sus ideas? ¿Es insensata esta última pregunta
¿Creían muchos científicos alemanes y en base a qué que los comunistas y los judíos eran los responsables de la derrota de Alemania en la I Guerra Mundial?
¿Los científicos, como señala el autor, subliman su sexualidad en la ambición y su instinto mortal -destructor- en el análisis? ¿Ya antes del nazismo antropólogos y psiquiatras “habían comenzado a despojar de toda sublimación su instinto de muerte”?
Hay muchas más preguntas, me quedo aquí.
¿Les interesan estas temáticas? ¿Les conciernen estas preguntas? Si es así, este es un libro absolutamente recomendable, estemos o no de acuerdo con todos los compases y notas de esta sinfonía aún inacabada, siempre inacabada probablemente.
Se echan a faltar un glosario básico y un índice onomástico y analítico. Poco más. Tal vez también, calibrar el inmenso horror que el nazismo y sus científicos causaron, específicamente, en las clases trabajadoras alemanas
Una recomendación complementaria sobre este asunto inagotable que deberíamos tener siempre muy presente: Alejandro Andreassi, El compromiso fáustico. La biologización de la política en Alemania, 1870-1945, Vilassar (Barcelona), El Viejo Topo, 2016.
No se lo pierdan. Tampoco este último.

Salvador López Arnal
El Viejo topo

Barcelona, editorial Dirección única, 2016, 308 páginas. Traducción de José María Balil Giró. Nota de la edición castellana: Falconetti Peña.
Fuente: El Viejo Topo, mayo de 2017

Venezuela, la oscura causa

La Pupila Asombrada - La Sal de la Tierra



#LaPupilaTV hace una aproximación al documental "La sal de la Tierra", sobre la vida y obra del fotógrafo Sebastião Salgado. Siempre con nuestras secciones "Aunque no esté de moda", "Pupila Ilustrada" y "Futuro inmediato

Las falacias en su centro

La verdad social puede ser escurridiza. No basta con pretenderla para hallarla. A diferencia de la manzana de Newton, no siempre cae hacia abajo. En gran medida su descubrimiento depende de nuestros ojos; y más que de los ojos, de nuestra mirada, o para ser más exactos, de nuestro ángulo de visión, de nuestra atalaya. Existe con independencia de los individuos; pero la guerra en torno a su legitimación expresa intereses. Las simplificaciones más comunes acogen extremos falsos: que la verdad está repartida entre todos, que es la suma de todos los ángulos de visión; que sin la verdad de los explotadores es parcial e incompleta la verdad de los explotados. Es curioso, pero los extremismos se ubican, paradójicamente, en la comodidad del centro.
Algunos textos de apreciados colegas que fueron publicados en medios digitales y la entrevista que Cubadebate me hiciera –aparecida también en las páginas de Granma–, todos sobre el supuesto centrismo de corrientes ideológicas que intentan asentarse en Cuba, provocaron un enorme revuelo en diversas plataformas digitales, algunas de abierto perfil contrarrevolucionario. Lo paradójico es que, al menos en las primeras jornadas, los aludidos y los que no habían sido aludidos –pero sintieron que podían serlo–, en lugar de discutir los argumentos, invirtieron los roles: nos acusaron de victimarios, de censores. La exigencia de que hablásemos de los problemas de la agricultura, o de la burocracia, o de cualquier asunto no resuelto, y no de tendencias ideológicas, paralizaba el debate. Pero la excusa es insostenible: ninguno de los problemas actuales que enfrenta el país podrá ser resuelto si perdemos la Revolución (1).
Iniciaré estas reflexiones, que pretenden rescatar el debate extraviado, con una breve referencia al artículo que Cuba Posible –principal plataforma en la web del más sutil pensamiento restaurador– coloca como primera respuesta a la denuncia de su intención desmovilizadora, e iré abriendo el análisis a otros tópicos. El autor del texto, Lennier López, acepta y reivindica el término desde el propio título: La centralidad del tablero es radical, demócrata, socialista e ilustrada. Para ello apela a dos o tres ideas muy simples, impracticadas e impracticables: hay que eliminar los “discursos polarizadores”, la “política de guerra”, porque según su aséptica comprensión, la política “es la administración efectiva del poder”, y no “una batalla desleal, sin reglas”, por eso propone sustituir el eje “izquierda-derecha” por “la centralidad del tablero (…) de una partida en desarrollo”. Todo esto, reconozcámoslo, dicho de forma elegante, desde una torre que llaman “laboratorio de ideas” –como se autodenomina esa Cuba que solo sería Posible si perdemos a Cuba–, construida, según declaración reciente de sus fundadores, para propiciar “una evolución gradual del actual modelo sociopolítico cubano”, mientras otros desde Washington, y desde algunas otras sedes alternas y subcapitalistas de América Latina, mueven en Caracas los hilos de la “política de guerra”, de la violencia, o alternan funciones en el reparto de zanahorias y garrotes para Cuba (Obama dixit).
Lennier insiste en la metáfora de la partida de ajedrez –empleada antes por el derechista Aznar, cuando era primer ministro de España y respondida por Fidel– para entender la política: “las piezas –dice el articulista citado– están dispersas ocupando columnas, diagonales y casillas en todos los sectores del tablero. La centralidad resulta, entonces, un intento de hacer política desde la transversalidad”. Viene al caso la respuesta de Fidel al político español: “hubo un caballerito que como en un tablero de ajedrez me dijo que si Cuba movía fichas, ellos movían fichas y yo le dije que el destino de un país no se juega en un tablero de ajedrez”. Lennier, desde luego, no pretende una discusión de pueblo, aunque la invoque y enumere deficiencias o carencias no estructurales, que cualquiera reconocería, para eludir los temas de fondo.
Hay señales de olor en el texto que atraen al público entendido, capaz de “degustarlo”; actitudes correctísimas, que prestigian mucho: Lennier defiende, por supuesto, la Razón y adopta el discurso de la Ilustración, el de la burguesía en ascenso, en una suerte de utopía reaccionaria, aunque se declara, a la vez, moderno, postmoderno y postestructuralista. Pretende estar en el centro, ser antidogmático, pero asume todos los dogmas de la derecha. Hay que reconocer que fue creativo al utilizar el término Centralidad… ¡qué hallazgo! Como me comentaba alguien que no respeta esa portentosa imagen: es un gato en el centro del tejado de zinc caliente. Y en un quejido lastimero declara: “¡Qué desperdicio para una nación el dejar fuera de la participación política a varios segmentos de sí misma!” ¡Sí, qué desperdicio, digo yo, que haya clases y lucha de clases, naciones opresoras y naciones oprimidas, patriotas y vendepatrias! Lennier es tan socialista como Felipe González.
Porque en lo común no se trata de perspectivas o de opiniones diferentes, sino de intereses contrapuestos. Repito y preciso: intereses de clase. El conflicto histórico de los Estados Unidos con Cuba, el que hoy todavía nos separa, nada tiene que ver con una diferente comprensión de los derechos humanos. Batista, Trujillo, Somoza, Pinochet, fueron socios –en el sentido cubano del término– del imperialismo (no hablo únicamente de los gobernantes estadounidenses). Donald Trump acaba de regresar de Arabia Saudita, adora a los jeques sauditas –el nombre del país se deriva del apellido de la familia real–, y les venderá armas con componentes israelíes. No se confundan: no es el abrazo final de árabes y judíos, es el abrazo de árabes ricos, judíos ricos y estadounidenses ricos en contra de sus respectivos pueblos. En los 70 del siglo pasado, los hippies enfrentaron al sistema con audacia y candor: “hagamos el amor y no la guerra”, decían y recibían una paliza tras otra como respuesta, mientras los B52 partían con sus armas químicas –ahora son drones o misiles “inteligentes”, la muerte se administra por computadora–, sordos de ira, hacia Viet Nam. La guerra imperialista en Indochina terminó porque el pueblo vietnamita expulsó con las armas en la mano a los invasores y a sus mercenarios locales ¿Es cosa del pasado?

¿Los frentes amplios de la izquierda son centristas?

Todo pareciera conducir en el mundo al centrismo: los movimientos revolucionarios construyen frentes amplios que incorporan a una militancia no tradicional, históricamente desmovilizada y descreída, que exige el cumplimiento estricto de la democracia burguesa. Ello es saludable, es un paso de avance y una estocada de muerte, ya que sabemos que en tiempos de crisis el sistema ni quiere ni puede cumplir con unas reglas que fueron concebidas para reproducir el poder burgués, no para socavarlo. Sin embargo, el proceso debe servir para educar a las masas, y sobre todo, a los dirigentes; la democracia burguesa solo los llevará al gobierno si está rota, si alguno de sus conductos de oxigenación está obstruido por la crisis, y aún así, nunca al poder; entonces, ya en el gobierno, tendrán dos alternativas: o mantienen un perfil anodino, de infinitas dejaciones y concesiones, de espaldas al pueblo, lo que desilusionará a los electores en la próxima ronda (y no evitará la cruenta demonización mediática) o intentan tomar el poder, es decir, radicalizarse.
Si anuncian que van a por más, que quieren el poder, el tigre (que no es de papel) saltará al cuello, a morder la yugular; y si lo anuncian y no se mueven, la pierden. Si, en cambio, permanecen en los límites precisos de la democracia burguesa y a pesar de ello entorpecen los proyectos de enriquecimiento trasnacional –de los que la viceburguesía antinacional obtiene siempre alguna ganancia–, el ALCA por ejemplo, el sistema judicial encargado de proteger a los ricos intentará castigarlos de manera drástica. Para eso existe la “separación” de poderes, todos en manos de una minoritaria clase social. Escoja usted la variante más eficaz: golpes de estado judiciales (Honduras, Paraguay, Brasil), procesos y condenas a expresidentes “indisciplinados” que conservan el apoyo de las masas y pueden regresar al Gobierno –nunca tuvieron el poder– (Dilma y Lula en Brasil, Cristina Fernández en Argentina).
Finalmente, si el frente amplio toma el poder, será declarado totalitario, antidemocrático, y populista (una palabra que despojan de sus significados históricos y concretos para reducirla a la acepción más grosera, la de demagogia). Y vaya paradoja, los restantes frentes que puedan existir en el mundo en lucha electoral, tendrán que moderar aún más el lenguaje, evitar hablar de los que consiguieron llegar, desmarcarse de ellos. Da igual, el sistema los acusará de ser sus cómplices o peor, sus seguidores: ahora por ejemplo está de moda espantar al electorado colonizado –y a los políticos “correctos”– con la amenaza de que la nueva izquierda quiere convertir el país en otra Venezuela, o en otra Cuba.
Así las cosas, mientras el sistema hace aguas en medio mundo, sus ideólogos intentan reciclarlo asfixiando revoluciones y retornándolas de vuelta al redil. Si le exigen a una Revolución en el poder que restaure la democracia burguesa (separación de poderes, pluripartidismo y medios de comunicación privados), porque esa democracia es importante (para que ellos puedan recuperar lo perdido, desde luego), y sitúan como ejemplo a quienes buscan el poder en países burgueses construyendo frentes amplios –a estos los acusan de ser como nosotros, a nosotros nos acusan de no ser como ellos–, ya sabemos lo que quieren.
Entiéndase esto: la única validación aceptable para el sistema de que hemos introducido correctamente esos instrumentos suyos, es que perdamos las elecciones, el gobierno y el poder. Venezuela es un ejemplo clásico: el respeto estricto a todos los códigos de esa democracia nunca obtuvo la certificación imperialista. Porque si esa “democracia” existe para impedir que la voluntad popular derribe el sistema de dominación, allí donde este ha sido derribado y en los siguientes cinco o diez años no ha logrado restaurarse –esto puede afirmarse de modo “científico”–, funciona mal.
En realidad queremos democracia, sí, eso son las Revoluciones, grandes saltos democráticos, y de lo que se trata es de echar a andar la nueva visión que tenemos de ella, no de restaurar sus viejos postulados. No estamos conformes con el nivel alcanzado en el ejercicio de esa nueva democracia, pero no porque queramos la otra, la que ya sabemos inservible: la comparación es y será con nuestros propios ideales. Porque, hay que recordarlo, en Cuba no pretendemos tomar el poder, ya lo tenemos.
Es cierto que Fidel, como Martí en el siglo XIX, fue el artífice de la unidad de todas las fuerzas revolucionarias. Fidel salvó para la Revolución a seres humanos honestos, que eran revolucionarios o que se hicieron revolucionarios con los acontecimientos o que nunca fueron contrarrevolucionarios, pero no integró de manera ecléctica diferentes tendencias ideológicas, ni incluyó a una sola persona pagada desde los Estados Unidos o Europa. Blas Roca como presidente y Raúl Roa como vicepresidente de la primera Asamblea Nacional, conformaron un dúo simbólico: ambos pusieron su talento y su capacidad creadora al servicio de la más radical de las miradas posibles, la de Fidel, la del Partido, que bajo su liderazgo todos contribuyeron a construir. Fidel no hizo pactos, construyó un nuevo consenso, el que emanaba de la justicia social postergada y anhelada por el pueblo. Rechazó el Pacto de Miami, en momentos en que parecía más necesario que nunca, con argumentos diáfanos: “lo importante para la revolución –escribió Fidel–, no es la unidad en sí, sino las bases de dicha unidad, la forma en que se viabilice y las intenciones patrióticas que la animen”. No adoptó el camino socialista porque el gobierno estadounidense fuera hostil, esa es una afirmación reductora, aunque sin dudas aquel fue un factor catalizador. En septiembre de 1961 escribió:
La Revolución no se hizo socialista ese día [16 de abril]. Era socialista en su voluntad y en sus aspiraciones definidas, cuando el pueblo formuló la Declaración de La Habana. Se hizo definitivamente socialista en las realizaciones, en los hechos económicos-sociales cuando convirtió en propiedad colectiva de todo el pueblo los centrales azucareros, las grandes fábricas, los grandes comercios, las minas, los transportes, los bancos, etc.
El germen socialista de la Revolución se encontraba ya en el Movimiento del Moncada cuyos propósitos, claramente expresados, inspiraron todas las primeras leyes de la Revolución.
El 16 de abril se reafirmó y se llamó por su nombre, lo que orientaba ya hacia el ideal socialista desde el día mismo en que, frente a las aspilleras de la fortaleza militar de Santiago de Cuba o en sus celdas de tortura y muerte o frente a los pelotones de criminales –que defendían un poder caduco–, daban su vida casi un centenar de jóvenes que se proponían lograr un cambio total en la vida del país. Y dentro de un régimen social semicolonial y capitalista como aquel, no podía haber otro cambio revolucionario que el socialismo, una vez que se cumpliera la etapa de la liberación nacional.
En su última alocución pública, que a la postre fue su despedida, frente a los delegados al Congreso del Partido –abril de 2016–, Fidel reafirmó su credo comunista: “A todos nos llegará nuestro turno, pero quedarán las ideas de los comunistas cubanos”, dijo.
No me sorprende que Arturo López Levy, uno de los asiduos ideólogos de Cuba Posible, en uno de los artículos más transparentes de la última semana, escribiera: “La pregunta central de este debate sobre opciones ideológicas no debe formularse en términos históricos, sino políticos [olvidemos la historia, pedía Obama]. No debe ser sobre lo que hubiese hecho Fidel Castro hoy (…) Cuba pertenece a las generaciones actuales de cubanos”. Este autor, que se declara socialdemócrata y sionista, coloca varias carnadas en su anzuelo, pero en un comentario al debate abierto en un blog, termina donde debe terminar: “El día en que se acabe el bloqueo/embargo, soy partidario de que se inicie un proceso hacia la instauración de una democracia multipartidista en Cuba, con libertades de prensa, asociación, y todas las otras recogidas en la Declaración Universal de Derechos Humanos, tal como se entienden por los comités que han estado a cargo de manejar su interpretación”. El título del artículo, sin embargo –que manipula una frase de Martí, el más radical de los cubanos– revela ya su sentido: La moderación probada del espíritu de Cuba. Volveremos a él.

¿Lo mejor de uno y otro sistema?

¿Por qué ha causado tanto escozor mi afirmación de que no es posible integrar “lo mejor” del capitalismo y lo “mejor” del socialismo? Tal manera de concebir la coexistencia (nada pacífica en términos sociales) de elementos de uno y otro sistema, algo que es inevitable, parece establecerlo como fin y no como punto de partida. Hablo desde la perspectiva de un revolucionario (que defiende los intereses de los desposeídos), que es diferente a la de un reformista (que le teme a las masas aunque las invoque mientras procura resguardar sus intereses). La prensa trasnacional hegemónica, al mencionar los cambios que el pueblo cubano decidió introducir, utiliza el vocablo “tránsito” –reiterado por Veiga, uno de los fundadores de Cuba Posible– como si fuese el inicio de un proceso de restauración capitalista.
La promoción de cambios no es per se revolucionaria; tampoco es reaccionaria o conservadora la intención de conservar algo. Todo depende de lo que se quiera cambiar y de lo que se pretenda conservar. En ambos casos, el punto determinante está en las necesidades de los más humildes (“con los pobres de la Tierra quiero yo mi suerte echar”, escribía Martí), solo en relación a ellos se es o no se es revolucionario. La condición del revolucionario no se mide ni por los métodos que se utilizan, ni por la intención de cambios; puede sintetizarse en dos cualidades: va a la raíz de los problemas (es radical) y siente como agravio personal la injusticia, donde quiera que se cometa. Pero aviso a los académicos burgueses (sordos, ciegos y mudos para la verdad): en el siglo XX lo que fracasó, definitivamente, fue el capitalismo. Y los que aman las estadísticas deberían saberlo: el un por ciento de la población mundial tiene tanto dinero como el otro 99 por ciento (datos de la ONG Oxfam divulgados por la BBC). Según RTVE, nada sospechosa de infidencia, el un por ciento de los españoles acumula tanta riqueza como el otro 88 por ciento, lo que significa decir que 466 mil personas poseen tanto como 37,3 millones de conciudadanos.
Algunos autores que desde una supuesta moderación abrazan la idea de “fundir” los dos sistemas, es decir, retornar al capitalismo, aseguran con cinismo que se preservarían las conquistas sociales y la soberanía nacional, aunque saben –claro que lo saben, y los que no, amigos, son unos ignorantes– que a la larga se perderían ambas, por eso exigen que se “profundicen” los cambios. Sabemos el sentido que tiene para ellos el verbo profundizar. Por eso en la entrevista que me hizo Cubadebate insistí en la necesidad de desentrañar la direccionalidad discursiva de cada discurso, no a partir de la posición que cada cual se atribuye, sino a partir de una pregunta simple, que Lenin usó con efectividad: ¿a quién sirve? La palabra cambio implica para los revolucionarios cubanos que se perfeccione el socialismo; para los contrarrevolucionarios, que se desarticule, que evolucione hacia su contrario. Esta no es una discusión teórica ajena a los intereses del pueblo: todas las dificultades, insuficiencias, errores, que hoy padecemos, tendrán solución o no, en la medida en que triunfe o fracase el socialismo cubano. Por eso, sin subestimar las contradicciones (antagónicas) que los elementos de capitalismo y de socialismo generan en Cuba, como en cualquier otro lugar, las preguntas claves son estas: ¿a cuál de los dos sistemas se subordinan?, ¿a cuál sirven?, ¿hacia dónde nos proponemos ir?
La Conceptualización del Modelo, discutida y aprobada por decenas de miles de cubanos en reuniones auténticamente democráticas, que recogían y clasificaban cada criterio, y en la Asamblea Nacional, con las enmiendas derivadas de esos debates, dice en su primer capítulo:
[Este documento] (…) sirve de guía para avanzar hacia la materialización plena de la Visión de la Nación: independiente, soberana, socialista, democrática, próspera y sostenible, mediante el Plan Nacional de Desarrollo Económico y Social a largo plazo, y otras acciones.
Los objetivos estratégicos de la actualización del Modelo son: garantizar la irreversibilidad y continuidad de nuestro socialismo afianzando los principios que lo sustentan, el desarrollo económico y la elevación del nivel y calidad de vida con equidad. Todo ello, conjugado con la necesaria formación de los valores éticos y políticos, en contraposición al egoísmo, el individualismo y el consumismo enajenante y depredador.
Desde luego, la interacción y lucha de elementos capitalistas y socialistas en el mundo en el que vivimos es una realidad de múltiples aristas. De una parte, el capitalismo, en su guerra por la sobrevivencia, ha incorporado ciertos mecanismos y visiones socialistas de carácter colateral: las luchas sindicales, de género, las victorias anticolonialistas, las revoluciones del siglo XX, la existencia de experiencias, fallidas o no, de construcción socialista, han introducido elementos de justicia social, sobre todo en los países más ricos. No cometamos el error de atribuirle al capitalismo –en su versión de Bienestar Social, en países que fueron usufructuarios del sistema colonial y neocolonial, tuviesen colonias o no, y de la injusta división internacional del trabajo, o simplemente, a sus conquistas laborales–, los huevos de la nueva sociedad (uso de manera libre una imagen de Lenin), engendrados por la resistencia al capitalismo. El capitalismo, como sistema, es el mismo en todos los países ¿Por qué tomamos de ejemplo a los países nórdicos y no a los del Sur, que comparten nuestra historia de expoliaciones, y son, además, la mayoría? ¿Por qué el capitalismo en Cuba –si solo se tratara de copiar un sistema– nos llevaría a ser como Suecia, Suiza o Reino Unido y no como Honduras o Haití? Pero en Suecia, dicho sea también, hay elementos del nuevo orden socio-económico por el que luchamos, que niegan en alguna pequeña medida, el que allí existe.
Es decir, la superación del capitalismo ocurre por diferentes vías, de manera simultánea. Cuando los países latinoamericanos, por ejemplo, adoptan una posición común que se opone a la injerencia imperialista o rescatan la soberanía nacional –que solo puede ser defendida como valor regional–, más allá de sus razones puntuales, están golpeando al sistema. Si un sector de la burguesía argentina o de la brasileña decide reivindicar sus intereses y enfrentar la hegemonía económica y política del imperialismo, el golpe no es bilateral, es sistémico. Todo golpe al imperialismo es un golpe al capitalismo. Los sectores más radicales de esos países en ocasiones no perciben que ese gobierno burgués, a pesar de sí mismo, es un aliado de “lo nuevo que nace”. El imperialismo, por el contrario, sí lo percibe, y le declara la guerra.
Por otra parte, la cultura socialista (anticapitalista) existe como contracultura aún en los países donde hay gobiernos revolucionarios, e incluso en aquellos donde las transformaciones han sido más radicales, porque la cultura del capitalismo (hablo de sus modos de vida, de sus conceptos de éxito y de felicidad) es hegemónica. La base material que sustenta a la nueva cultura es aún débil, de resistencia, tiene un alcance limitado. Un partidario e incluso un protagonista de la revolución, puede ser también un adicto acrítico a los realitys shows de Miami o un reproductor de la cultura del tener, es decir, del capitalismo; puede trabajar durante toda la semana por la consolidación del Gobierno revolucionario, y reproducir en su vida privada, en sus sueños más íntimos, los valores del sistema que combate.
Como el triunfo en el capitalismo se asocia indefectiblemente al dinero, sin importar su origen, y el esfuerzo personal en el trabajo no suele conducir al éxito prometido, el sistema abre pequeñas válvulas de entrada, ajenas al aporte social del individuo: la herencia, el juego en todas sus modalidades, el matrimonio de conveniencia, lo mismo para la mujer que para el hombre, el robo de cuello blanco o de pistola en mano (siempre que el autor logre evadir la justicia). El mercado del deporte se convierte para los pobres en un camino a transitar. Ningún otro relato clásico expresa la esencia de este postulado como el de Cenicienta: un cuento recreado y actualizado de todas las maneras posibles. La corrupción es un subproducto del capitalismo. Si el origen del dinero no es importante, y su posesión establece el rango de éxito o fracaso social del individuo, las vías fraudulentas son un recurso tolerado. Decir que el socialismo genera también burocratismo o corrupción, significa reconocer que hay bolsones de capitalismo en su seno.

¿Qué supone la normalización de relaciones con los Estados Unidos?

Se ha dicho que quienes nos oponemos a las máscaras de centro, conformamos un grupo duro opuesto a la normalización de relaciones entre los Estados Unidos y Cuba. Nada más ajeno a la realidad. Es una idea que reproduce el esquema que otorga una falsa paridad a los supuestos extremos de La Florida y La Habana: si bien el extremo floridano pudiera asociarse al terrorismo y a la politiquería anticubana, es decir, al lacayismo proimperialista ¿a qué se asocia el de La Habana?, ¿a la defensa de la Patria socialista? Ningún revolucionario cubano viajó en lanchas rápidas para ametrallar poblados floridanos, ni colocó o pagó para que colocasen bombas en industrias o centros recreativos de Miami. Ni siquiera quemó banderas estadounidenses. Pero existe un tercer elemento, que es decisivo: el imperialismo de ese país. Un blog contrarrevolucionario ya de capa caída, publicó hace algunos años un artículo esclarecedor de un tal Castillón:
Pocos luchan mejor por sus países de adopción que los inmigrantes. La historia norteamericana está llena de ejemplos […] Posada Carriles ha sido soldado estadounidense en tiempo de guerra y eso le da derecho a estar en Estados Unidos. Porque Posada, a pesar de haber luchado en un campo de batalla diferente, no es tan distinto de todos esos otros soldados. Porque aunque nos hayamos olvidado de ella y la hayamos relegado a ese cajón en que se guardan los recuerdos molestos, la Guerra Fría fue una guerra real. Una guerra en la que participaron numerosos exiliados en contra de los estados que dirigían sus naciones.
Es aquí donde aparecen las reminiscencias autonomistas y anexionistas. Ambos proyectos decimonónicos, que no conciben el desarrollo nacional sin la presencia dominadora de una potencia extranjera, empalman con el reformismo contemporáneo, gústele o no a López Levy. Evidentemente, no existe concordancia entre el extremismo lacayo y la defensa radical de la soberanía nacional. Permítaseme que me cite brevemente: “¿Qué significa ser extremista? –decía en el artículo La Patria posible–, ¿cuáles son los extremos del debate nacional? Para los revolucionarios cubanos, el extremista es quien adopta de manera irreflexiva consignas y frases hechas, cuyo fondo conceptual ignora o no comprende, y es incapaz por tanto de discernir qué es esencial y qué no lo es. El extremismo conduce al dogmatismo y a la doble moral. (…) Pero nada tiene que ver con la visión radical –que va a las raíces–, y a la postura revolucionaria frente a la realidad”.
Los revolucionarios cubanos (no pertenezco a ningún grupo) abogamos por unas relaciones “normales” entre vecinos civilizados; no obstante, lo que me parece más peligroso de esa suposición que se nos imputa es que revela lo que algunas personas entienden por normalización. Ya se sabe que el restablecimiento de relaciones diplomáticas es el primer paso, y que la normalización, tal como la proyecta Cuba, implica la derogación absoluta del bloqueo económico, comercial y financiero, la devolución de la Base Naval de Guantánamo y el cese de las actividades subversivas en el país. Sin embargo, López Levy es osado y –no puedo evitar la palabra– cínico, al escribir:
No caben dudas de que como priorizamos los intereses de desarrollo económico y bienestar del pueblo cubano, así como el alejamiento de un conflicto militar con Estados Unidos que puede ser devastador para Cuba, los “centristas” tenemos visiones distintas a las de Iroel Sánchez y Enrique Ubieta sobre las relaciones a buscar con Estados Unidos. Una política de distensión, incluso de acciones persuasivas de corte hegemónico, es preferible a la estrategia de coacción imperial por sanciones y financiamiento directo de opositores. (…) Este ambiente distendido permite, también, avanzar en reformas dirigidas a una economía de mercado y a una sociedad más plural en lo político, con afinidades a posiciones como las nuestras, pues Cuba tendría una interacción mayor con un mundo más favorable a ese rumbo.
De esa manera, casi al finalizar su artículo, el socialdemócrata López Levy declara abiertamente su respaldo al proyecto obamista de eliminar el bloqueo por ineficaz –en términos políticos– y no por inmoral y criminal, y sustituirlo por otra política igualmente injerencista, pero menos confrontativa, que reinstaure en Cuba el capitalismo (y la subordinación a Washington). Aceptamos el reto –creemos que este pequeño David puede batir a Goliat en el terreno de las ideas–, a pesar de que el articulista sabe, más por viejo que por diablo, que se trata de una guerra de baja intensidad, con financiamiento a proyectos subversivos de corte no confrontacional como Cuba Posible. Pero igual, cobren o no, el que intente retornar a Cuba a un pasado de capitalismo semicolonial, es mi enemigo. No creo en los centrismos; nadie, ni ellos mismos, creen que sea posible “estar en el medio”.

Enrique Ubieta
Cubadebate

Nota
(1) El debate en las redes sociales se aleja del debate. Es la fiesta de los asombros, cuando aparece, esta vez sí, un grupo. El “sabio” Pedro Monreal casi escribe un tratado para reivindicar la importancia de las estadísticas –Julio Carranza, antes o después que él, insiste en ello–, a partir de una lectura primitiva y/o tendenciosa de mi entrevista. Se quedan en los marcos de la puerta, sin entrar. Un tal Domingo Amuchástegui me endilga todas las culpas y desvíos del espíritu revolucionario, ocurridos desde mis tres años de vida y aún antes. En cambio, algunos de los protagonistas de esos desvíos, censores y adoradores de manuales, escriben largas peroratas sobre la flexibilidad del pensamiento y la dialéctica. Haroldo Dilla, expulsado de la politiquería dominicana por su desmedido oportunismo, propone que se me expulse del debate político de la Revolución cubana.

Lea la entrevista de Cubadebate a Enrique Ubieta:
¿Es posible unir lo mejor del capitalismo y el socialismo? Responde Enrique Ubieta (+ Video)

Enrique Ubieta Ensayista y periodista cubano. Director de la publicación “La calle del medio”.

miércoles, julio 19, 2017

Gobierno de Maduro y la MUD, entre la negociación y la confrontación



Se realizó el plebiscito de la MUD y el simulacro de la oposición. Aunque los números que dio la oposición son difíciles de corroborar, y era más que sabido que el gobierno los iría a cuestionar, lo más esperado era observar la demostración de fuerzas en este domingo y la tan mencionada “hora 0” con lo que alardeó la MUD.

En la doble jornada del domingo ambos sectores utilizaron la táctica del embudo, es decir, la entrada goteada a votar, lentificar todo el proceso y los pocos centros de votación si se compara con una elección normal, buscando mostrar una mayor concentración en importantes puntos. Y funcionó, pues alrededor de los mismos, se mostraron aglomeraciones importantes, pero en términos generales, la oposición se mostró más activa y con mayor dinámica de participación que el chavismo.
Los datos arrojados por la oposición sobre el referendo se declaró para sí más de 7 millones de votos comprobables, y la participación masiva del “ensayo” que declara el chavismo al que se "acudió por millones a sus centros electorales" en relación a los niveles históricos de votantes que ha tenido, que no pueden corroborarse, ya que en el caso del simulacro del chavismo, de hecho, no han dado aún ninguna cifra concreta”. Tanto unos como otros manipulan buscando mostrar fortaleza en la crisis política que vive el país.
Aunque es de destacar, como reportó La Izquierda Diario en un artículo pasadas las horas del mediodía del domingo, la importante participación en el plebiscito de la MUD en zonas populares de Caracas y otras ciudades, dando por descontando obviamente las zonas de clase media y alta donde mantiene un predominio. En el caso de Caracas, en parroquias como Catia, El Valle, Caricuao, Antímano, Petare, eran verdaderamente grandes las colas y la movilización. Si bien es cierto que el gobierno también mostró bastante participación en algunas de estas zonas, lo sintomático es que al contrario no ocurre, es decir, el gobierno no puede mostrar alta participación en su simulacro en las zonas de clase media y alta, y eso marcó en cierta manera la diferencia real en la doble jornada del domingo: que la oposición haya logrado arrastrar tras de su consulta a importantes franjas de las zonas populares donde históricamente el chavismo era hegemónico.
La oposición tanto en su declaración del final del día mostrando sus resultados, como al mediodía del lunes se mostró envalentonada, anunciando mediante el vicepresidente de la Asamblea Nacional, Freddy Guevara, e integrante del partido Voluntad Popular de Leopoldo López, el plan de "la hora cero", una serie de acciones contra el gobierno que comenzarán este martes con una agenda de cuatro puntos para esta semana, como antesala de lo que llaman histriónicamente la "escalada definitiva" para frenar la Constituyente convocada por el gobierno. De estos puntos, el que sobresale es su llamado a un “paro cívico” de 24 horas en todo el país pues realmente, si es capaz de paralizar efectivamente el país como declaran sería una verdadera demostración de fuerzas.
El otro, que a partir del miércoles comenzarán a “conformar un gobierno de unidad nacional”, no pasa de la propaganda, ya que más allá que no se pueda sostener en sí mismo es un agravamiento más de la crisis, pues estaríamos hablado de una especie de gobierno paralelo, que escalar más el conflicto, podrá incluso probar el reconocimiento de algunos de los países imperialistas, organismos internacionales o gobiernos de derecha de la región, así sea en el marco de presionar in extremis para una negociación; el resto de los puntos, como la elección de los magistrados para el Tribunal Supremo de Justicia hace tiempo que lo ha venido anunciando, y tampoco tiene manera de efectividad, aunque significaría una nueva vuelta de tuerca en la crisis institucional y de poderes, puesto que estaríamos hablando de duplicidad de magistrados del TSJ –estando los actuales reconocidos por el Gobierno-., agregándose a la duplicidad que ya hay de Vicefiscales generales, el que nombró la Fiscal y la que nombró el TSJ. Y el de que conformarán “asambleas populares en los más de 2.000 puntos de votación” del plebiscito está por verse si consiguen la concentración que piensan.
Maduro ya anunció que la convocatoria a su Constituyente se mantiene, declarando este mismo lunes que: "Así la convoco, a una Constituyente por la independencia y soberanía y que Europa diga lo que quiera decir, no nos importa lo que diga Europa", en alusión al llamado que hizo la Unión Europea a deponer dicha convocatoria en vista al resultado del plebiscito. Pero aún faltan trece días para el 30 de julio, y todos los escenarios están abiertos.
La dirigencia de la MUD alardea de “escalada definitiva” indicando confrontación, en el mismo tono que hace Maduro de que “truene, llueva o relampaguee la Constituyente sí va”, todos estos movimientos no pueden dejar de leerse como presión para negociar en mejores condiciones. Es que una salida negociada a la crisis está sobre el tapete como hemos venido escribiendo, y no es de extrañar que se estén realizando reuniones discrecionales. Es más, analistas políticos más afines a la oposición apuntan en este sentido, como declara Luis Vicente León: “así, convertir el plebiscito en el disparador de la masificación real de la protesta y lograr fracturar al adversario, lo que podría presionar una negociación política que lleve a una oportunidad pacífica de cambio. Ese creo que es el objetivo real del plebiscito.” Y entre “fracturar al adversario” obviamente se encuentran las Fuerzas Armadas, que con una mayor escalada de la crisis política termine de provocar alguna acción por parte de sectores de los militares o incidir en algún sector de ellos, conscientes de que es el sector castrense el que sostiene a Maduro en el gobierno. El propio dirigente de la MUD, Fredy Guevara, hizo alusión este lunes a la “discusión” y “negociación”, obviamente hablando de “condiciones” para ello.
Hay que considerar que el llamado a Constituyente por parte de Maduro está en crisis, solo se ha inscripto el propio chavismo, y el movimiento del simulacro de este domingo no revierte esta situación. El movimiento fue tanto del chavismo que hasta se pedía al ingreso al “ensayo” de las elecciones, el “carnet de la Patria” y al que no lo tuviera se le ofrecía sacárselo allí mismo. Si Maduro decide avanzar sí o sí en su Constituyente, que ha sostenido que será “plenipotenciaria”, concentrando todos los poderes bajo la tutela del gobierno, y nombrando nuevos integrantes de otros poderes públicos como el de la Fiscalía y obviamente anulando de facto la Asamblea Nacional, la única manera de imponerla, en estas condiciones, no puede ser otra que de la mano de un mayor autoritarismo, lo que solo se puede leer como un autogolpe sostenido con los militares.
No es de olvidar que el gobierno de Maduro hasta el momento ha ido concentrando cada vez más poderes políticos, incluyendo aquellos que no son de competencia del Ejecutivo, a la par de una creciente militarización del país, en lo que denominamos una mayor bonapartización con el apoyo de las Fuerzas Armadas y toda una burocracia política, militar, corrupta y antipopular, en el marco de una gran debilidad política y la decadencia del propio chavismo. Por lo tanto este último escenario de “autogolpe” no está descartado, disfrazándolo con la farsa de la Constituyente.
Pero tampoco es de descartar, si la oposición apunte a niveles de mayor escalada en su política de enfrentamiento al gobierno, terminar de lograr incidir en las Fuerzas Armadas o en sectores importantes de la misma, actuando por mutuo propio frente a una situación que se transforme incontrolable, lo que evidentemente sería de bienvenida por la oposición, donde los ruidos de sables terminarían de imponerse.
Como escribe Eduardo Molina en un reciente artículo, “la larga confrontación entre el gobierno chavista -que no logra contener su desgaste pero conserva el sostén de las FANB -con gran peso en la vida nacional y el manejo del Estado-, y la MUD - apoyada por la alta burguesía y las capas medias y con el respaldo imperialista-; se extiende sin resolver el “empate catastrófico” en la relación de fuerzas mientras se agravan las penurias entre los trabajadores y el pueblo, los más golpeados por la brutal crisis económica.
En este cuadro, de putrefacción de las condiciones objetivas sin irrupción obrera y de masas, los tiempos de la crisis se alargan preparando el terreno para una salida reaccionaria. A esto colaboran, con todas sus diferencias y disputas, el bonapartismo chavista y la oposición ‘republicana’ pro-imperialista de la MUD, que también comparten el temor a un “estallido social”, es decir, son enemigos de que las masas intervengan de manera independiente”. Por esto es el gran temor frente a fenómenos que comienzan a surgir de descontentos de sectores más empobrecidos, como se vio no hace mucho en la ciudad de Maracay, donde tanto la MUD como el gobierno de Maduro salieron a condenar. Esto puede ser también una fuerte presión para avanzar hacia una negociación o a una salida militar si el cauce de la confrontación llegue a situaciones que no puedan conjurar.

Milton D'León
Caracas @MiltonDLeon

Perú hace 40 años

Hace 40 años, el 19 de julio de 1977, el Perú vivió la que finalmente sería considerada una de las más trascendentes jornadas del siglo XX: el Paro Nacional convocado por la CGTP y decretado por el Comando Unitario de Lucha, al que se sumaron organizaciones sindicales independientes de las centrales existentes, pero activas en la acción reivindicativa de los trabajadores.
Hoy todos recuerdan el escenario concreto en el que tuvo lugar esta movilización que comprometió a más de un millón de peruanos, y que generó un giro político en el país. Pocos, sin embargo, habrán de situar los hechos en el nivel que les corresponde, como parte de un sugerente periodo de la historia nacional. Veamos:
Desde comienzos del siglo XX se dio en el Perú la lucha por más altos salarios y mejores condiciones de vida para los trabajadores. En el inicio de esta batalla, se sitúa la formación de las primeras organizaciones sindicales, la lucha por la Jornada de las 8 horas, y el Mensaje de José Carlos Mariátegui referido al 1 de Mayo y el Frente Único. En la circunstancia, el deslinde entre la prédica del anarco sindicalismo y el mensaje clasista de Amauta, resultó, sin duda, la piedra angular de una historia rica en trascendentes episodios.
La muerte de Mariátegui, en abril de 1930 y la sucesión de gobiernos fascistas en los años 30, sembró el camino de los trabajadores, de opresión y de miseria. Y dejó una estela de sangre que frustró las expectativas del pueblo. El fin de la dictadura de Odría -1956- abrió paso al dominio de administraciones formalmente democráticas, empeñadas en salvaguardar los privilegios de la clase dominante. Pero como tampoco para “los de arriba” la dicha es plena, asomó en 1968 el Proceso de Velasco.
Entre 1968 y 1975 –como certeramente lo resumiera Héctor Cornejo Chávez un memorable debate en el que hizo papilla a su contrincante de entonces, el hoy santificado Luis Bedoya Reyes- “el Perú vivió 7 años de Revolución sin crisis” en contraste con “los 2 años de crisis sin Revolución”, que significó el gobierno de Morales Bermúdez, entre 1975 y 1977.
En el Perú, en contadas ocasiones la clase dominante tuvo una clara sensación de miedo. Pero quizá la primera -y la que le dejó una huella que aún no se borra- ocurrió justamente cuando la voz ronca y tronante de “Juan Sin Miedo” abrió los ojos a las grandes mayorías nacionales e impulsó trascendentes reformas económicas y sociales de un claro sesgo anti imperialista y anti oligárquico. Quizá si el miedo comenzó en Washington, pero pronto se instauró en Lima, cuando la reforma agraria y la reforma de la industria, abrieron paso a una participación activa de campesinos y obreros en la construcción de un nuevo modelo social.
El Imperio se llevó la mano al cinto, al ver en el escenario continental a un núcleo de militares patriotas. “Los generales rojos” -dijo la Casa Blanca con voz trémula- cuando a Velasco no le tembló la mano para nacionalizar empresas norteamericanas. Y lanzó contra el Perú una lluvia de “Enmiendas” -la Hickenlooper, la Hollan, la Pelly- y amenazas que en lugar de intimidar a los gobernantes del Palacio Túpac Amaru -así llamó Velasco la antigua “Casa de Pizarro”-, los acicatearon para seguir en la brega.
El Proceso de Velasco significó también un conjunto de conquistas valiosas para los trabajadores. Pero ellas, no fueron tampoco, un obsequioso presente de los gobernantes. Ocurrió más bien que ellos abrieron campo a una confrontación social de amplio espectro, en la que los trabajadores pudieron –por primera vez en la historia- luchar sin tener las manos atadas. Así, una a una, lograron conquistas en fragorosos combates de clase.
El respeto a la organización sindical, al empleo, al derecho al trabajo, unidos a las mejores condiciones de vida para la población y los trabajadores; le dieron forma social a las transformaciones revolucionarias de entonces, y contra las que actuaron abiertamente la oligarquía y el Imperio. La caída de Velasco, fue producto de la acción concertada de una, y el otro; y abrió paso a un peligroso retroceso. Ese fue el significado del gobierno de Morales Bermúdez, que terminó entregando el Poder a los Partidos Tradicionales en los comicios del 80.
El Paro del 19 de julio del 77 no se hizo para restaurar el Perú Oligárquico. Ni para asegurar el dominio del capital financiero, ni preservar los privilegios de una clase envilecida y en derrota. Al contrario: se hizo para defender las conquistas sociales de los trabajadores y los avances del país, amenazados por la ya entonces creciente derechización del régimen. Por eso el Paro fue temido, y combatido por la reacción. Si alguien lo duda, podría revisar las páginas de la prensa reaccionaria de entonces: El Semanario de Alfonso Baella Tuesta -“El Tiempo”- hablaba de “El Martes Rojo”, y lo atribuía a la “iniciativa de los comunistas”.
El gobierno lo sintió del mismo modo. Por eso hizo uso de una estrategia extremadamente perversa: no se limitó a reprimir a sangre y fuego a los trabajadores dejando una dolorosa estela de 6 muertos y decenas de heridos; sino que –mediante los Decretos Legislativos 010 y 011- facultó a las empresas a despedir a más de cinco mil trabajadores.
De este modo el Gran Capital le cortó la yugular al movimiento obrero y desangró pérfidamente a los sindicatos. Todo el Estado Mayor de la Clase en todos sus niveles, fue seccionado. Todos los cuadros sindicales, esforzadamente forjados en la lucha y educados en una línea de clase por la CGTP, fueron dejados en la calle sin remordimiento alguno. A los gobernantes de entonces, y a los empresarios, les importó una higa el destino de los trabajadores y la suerte de sus esposas y de sus hijos.
Como lo acaba de recordar Francisco del Carpio aludiendo al tema de los Humala, el año 77, la burguesía fue “implacable y cruel”. El Odio de Clase lo expresó en disposiciones patronales, que fueron refrendadas -todas- por el Ministerio de Trabajo de entonces.
Esa fue, si se quiere, la lección histórica de la Jornada de Julio de 1977. Nos enseñó que de los explotadores, sólo puede esperarse castigo y venganza.
Recordar, entonces los episodios ocurridos hace 40 años en el Perú, nos debe llevar a enarbolar tres banderas: la defensa resuelta del proletariado, el rechazo categórico a la política de los patronos y la lucha sin cuartel contra toda forma de opresión y explotación.

Gustavo Espinoza M. Colectivo de dirección de Nuestra Bandera.

Henry David Thoreau: 200 años de un maestro de la desobediencia



El 12 de julio de 1817 nacía Henry David Thoreau en Concord (Massachusetts, Estados Unidos), este año celebramos su bicentenario. Es un aniversario con dimensión internacional, que está permitiendo encontrar en las librerías sus textos reeditados, más allá de la oportunidad de celebrar una cifra redonda. A Thoreau se le suele conocer, especialmente, por dos episodios de su vida: el que le llevó a vivir poco más de dos años en el bosque y el que le llevó a pasar una noche en prisión por no haber pagado impuestos durante 6 años por no compartir la guerra contra México que libraban los Estados Unidos o la práctica de la esclavitud en su país. La vida en el bosque y la desobediencia ante el Estado. Los dos episodios son de una gran trascendencia en su vida y en su obra. Las que seguramente son sus dos obras más conocidas surgieron de esos momentos de su vida: La desobediencia civil (1849) y Walden o la vida en los bosques (1854). Pero su vida y su obra están llenas de otras aportaciones. Convendría ir más allá de los hechos puntuales para llegar a la persona que ha sido maestro o referente para tantos en estos 200 años desde su nacimiento y cuyo legado hoy sigue vigente.
Además de ser conocido como filósofo, poeta y escritor, Henry David Thoreau ejerció la profesión de maestro. Enseñó en la escuela pública de Concord y, al parecer, dejó de hacerlo porque no quería infringir castigos físicos a los estudiantes. Se marchó de la escuela y creó otra con su hermano John para poder desarrollar el tipo de enseñanza que consideraba más adecuado, pero enfermedad y posterior muerte de su hermano de tuberculosis contribuyeron a acabar con el proyecto. Thoreau dejó entonces la escuela, pero siguió una trayectoria vital que le ha hecho permanecer como maestro de muchas personas y en diferentes ámbitos.
Martin Luther King Jr (1929-1968), con motivo del centenario de la muerte de Thoreau, (1817-1862) escribió: “Ninguna otra persona ha sido más elocuente y apasionada al transmitir esta idea [de la no cooperación con el mal moral] que Henry David Thoreau. Como resultado de sus escritos y de su testimonio personal, somos los herederos de un legado de protesta creativa. Huelga decir que las enseñanzas de Thoreau están vivas hoy; verdaderamente, están mucho más vivas hoy que nunca antes. Ya sea expresadas en una sentada en una cafetería, en un viaje por la libertad en Mississippi, una protesta pacífica en Albany, Georgia, un boicot de autobuses en Montgomery, Alabama, se trata de una extensión de la insistencia de Thoreau en que el mal debe ser resistido, y que ningún hombre moral puede pacientemente adaptarse a la injusticia”. King, en su intervención, recuerda diferentes acciones de resistencia y desobediencia hechas por el movimiento de los derechos civiles que tendrían una inspiración directa en la defensa de la desobediencia y la resistencia ante el estado defendida por Thoreau desde sus posiciones morales. La exclusión de la población negra les llevó a organizar sentadas en cafeterías y restaurantes que no admitían la población negra o organizar los llamados viajes de la libertad en compañías de autobuses de diferentes localidades del sur de Estados Unidos que impedían su utilización para las personas negras.
En una sociedad injusta, el lugar de las personas justas es la cárcel. Esta es una idea básica de Thoreau, que afirmaba: “Bajo un gobierno que encarcela a alguien injustamente, el lugar que debe ocupar un hombre justo es también la cárcel. Hoy, el lugar apropiado, el único lugar que Massachusetts ofrece a sus espíritus más libres y menos sumisos, son sus cárceles: se les encarcela y se les aparta del Estado por acción de éste, de la misma manera que ellos lo habían hecho ya por sus propios principios. Aquí es donde el esclavo negro fugitivo, el prisionero mexicano en libertad condicional y el indio que viene a interceder por los daños infligidos a su raza deberían encontrarlos: en este lugar separado, pero más libre y honorable, donde el Estado sitúa a los que no están con él, sino en su contra, donde el hombre libre puede permanecer con honor”.
A lo largo de su vida, Thoreau mantuvo diferentes posiciones sobre el tipo de resistencia o desobediencia a seguir. Se movía entre la no aceptación y la aceptación de la violencia. No quiso que causas que consideraba justas fueran cuestionadas y atacadas porque no habían encontrado otra manera de actuar. John Brown (1800-1859) promovió la resistencia armada y la insurgencia para acabar con la esclavitud. Brown fue sentenciado a muerte y ejecutado. Thoreau lo defendió públicamente.
Desde su concepción de la libertad, entendió que el ser humano no puede estar sometido a una organización estatal y gubernamental que actúa en contra de las necesidades de las personas, contra su naturaleza. Y ante estos ataques, ante estas agresiones, ante esta voluntad de sumisión, hay que responder. La ley debe ser cuestionada, decía: “La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en cada momento lo que creo justo. Se ha dicho, y con razón, que una sociedad mercantil no tiene conciencia; pero una sociedad formada por hombres con conciencia es una sociedad con conciencia. La ley nunca hizo a los hombres más justos y, debido al respeto que les infunde, hasta los bien intencionados se convierten diariamente en agentes de la injusticia”.
Mohandas (Mahatma) Gandhi (1869-1948) explicó que fue después de la lectura de Thoreau cuando asoció la idea de la desobediencia civil a la movilización política que impulsaba. Gandhi la presentaba desde el concepto sánscrito de Satyagraha, que podríamos traducir como “la fuerza de la verdad”, la búsqueda de la verdad a través de la fuerza interior que conduce a actuar con conciencia. Y explicaba que no había encontrado ninguna buena traducción al inglés. Gandhi se reconoce como un lector que sacó mucho provecho de Thoreau. También King y muchas otras personas han leído y aprendido de Thoreau y su insistencia en la necesaria defensa de lo justo cuando la justicia actúa en contra de las personas como el esclavo negro, el indio que ha sufrido daños, el prisionero mexicano… En los textos y en la vida de Thoreau no encontraremos todas las respuestas, pero sí preguntas y planteamientos que hoy nos siguen ayudando a pensar en nuestro caminar por el bosque o la ciudad.

Jordi Mir García. @llambordes

martes, julio 18, 2017

150 años después



En septiembre de 1867, Karl Marx logró finalmente publicar su primer tomo de El capital –una crítica de la economía política. Había estado trabajando en la sala de la biblioteca del Museo Británico durante más de diez años para completar su gran trabajo sobre la economía política mientras afrontaba circunstancias de pobreza, enfermedad y muerte en su familia y actividad sin pausa en el intento de forjar una organización internacional de la clase trabajadora para su lucha contra el capital.
El libro se publicó originalmente en alemán y pasaron varios años antes de que se publicara en francés e inglés. Y fue por lo general recibido con silencio y desconocimiento. Las reseñas del libro fueron pocas y con bastante tiempo entre una y otra; algunas de ellas las tuvo que escribir Friedrich Engels, el amigo de toda la vida y colega de Marx, para suscitar algún interés.
Pero ahora, 150 años después, El capital es un libro del que varios millones escucharon hablar, no solo economistas, incluso aunque no tantos lo han leído realmente. En partes considerables no es fácil de leer y comprender –especialmente los primeros capítulos– pero en otras es un registro absorbente y poderoso de las injusticias y la naturaleza vampiresca del capitalismo, como cuando describe y analiza la naciente base industrial de la economía más avanzada de la época, Gran Bretaña. Como sostiene Marx al final de El capital, si el dinero “viene al mundo con manchas de sangre en una mejilla”, entonces “el capital lo hace chorreando sangre y lodo, por todos los poros, desde la cabeza hasta los pies”.
¿Qué nos dice El capital de Marx sobre el mundo de 1867 y, si vamos al caso, para la de 2017? Primero y principal, Marx muestra que todas las cosas y servicios que necesitamos vienen provienen del esfuerzo del trabajo. Como él comentaba en una carta sobre su libro
Cada niño sabe que cualquier nación moriría de hambre, y no digo en un año, sino en unas semanas, si dejara de trabajar. Del mismo modo, todo el mundo conoce que las masas de productos correspondientes a diferentes masas de necesidades, exigen masas diferentes y cuantitativamente determinadas de la totalidad del trabajo social1.
Solo el trabajo crea valor. Pero aun más, como dice El capital de Marx, ese valor no es creado por quienes controlan la producción y su uso. Bajo el sistema capitalista de producción, la propiedad de los medios de producción de valor está en manos de unos pocos, mientras la inmensa mayoría no posee nada más que su capacidad de vender su fuerza de trabajo a los propietarios de los medios de producción. De este modo el valor es apropiado por los capitalistas como un plus por encima de la necesidad de valor para mantener a la fuerza de trabajo viva y en funcionamiento. El poder sobre la inversión, los ingresos y el empleo está con el capital, no con el trabajo. Este plusvalor se divide entonces entre los capitalistas industriales, de las fianzas y terratenientes como ganancia, interés y renta respectivamente. Acá El capital de Marx está en abierta oposición con la teoría económica del mainstream, apologista del sistema capitalista. Esta considera que las ganancias son una compensación del riesgo afrontado al invertir por los capitalistas; el interés es la retribución del riesgo de los préstamos que otorgan los bancos, y la renta es el pago por permitir el uso de la tierra. El capital de Marx muestra que esto es disparatado.
En cambio la ganancia, el interés y la renta son el producto de la explotación de la fuerza de trabajo y de la apropiación privada del valor creado por esta.
Así que, para Marx, el capital no es una cosa, como ser una fábrica o un robot o una suma de dinero, sino una relación social específica. Una fábrica es propiedad privada y la fuerza de trabajo debe desempeñarse en ella sin ningún derecho a opinar en su operatoria. Pero porque el capital es una relación social –valor apropiado del trabajo y circulado por los capitalistas para obtener más valor o dinero– también es transitorio. El capitalismo no siempre existió o fue siquiera un modo de producción dominante; y por lo tanto no es eterno ni tampoco la única forma en que la humanidad puede organizar la sociedad, más allá de lo que afirmen los economistas del sistema.
Y El capital muestra por qué es transitorio. Hay una contradicción fundamental entre la producción de las cosas y servicios que necesitamos (Marx los llama valores de uso) y la necesidad de los propietarios privados de los medios de producción y que controlan nuestro trabajo de obtener una ganancia (la dimensión que Marx llama valor de cambio).
El capital es un sistema orientado a hacer dinero, no uno de producción para las necesidades sociales. Pero esta misma contradicción conduce a colapsos regulares y recurrentes en la producción capitalista, porque a medida que los capitalistas compiten entre sí para lograr más ganancia y una mayor participación en el mercado, apuntan a disminuir el uso de fuerza de trabajo y reemplazarla con más maquinaria y tecnología. El impulso a hacer ganancias mediante el incremento de la productividad del trabajo conduce eventualmente a una menor ganancia en relación al capital invertido. De esta forma el capital causa su propia caída.
Pero los sistemas sociales pueden dominar por un largo tiempo. Las antiguas economías esclavistas de Europa duraron varios cientos de años; los regímenes absolutistas de Asia en India y China aun más; el feudalismo de Europa alcanzó más de mil años. Cuando Marx publicó El capital en 1867, el capitalismo apenas había llegado a ser dominante en Gran Bretaña. Llevó otros 100 años hasta que llegó a ser dominante en Europa, Norteamérica y partes de Asia. Ciertamente, solo podemos hablar del capitalismo como un sistema global recién 150 años después. Pero El capital de Marx previó lo que hoy llamamos globalización a través de la necesidad del capital de expandirse para contrarrestar la caída de la rentabilidad. De este modo, en 2017 tenemos una economía mundial ahora dominada por ricos países imperialistas como los EE. UU., Alemania y Japón, también potencias capitalistas en ascenso que emergieron como India, Brasil y el resto de Asia y América Latina. El capital ahora es global como lo es la ley del valor tal como es descripta por Marx en El capital 150 años atrás.
Se trata de un desarrollo desigual y combinado. India fue colonizada por el imperialismo británico durante siglos y su fuerza de trabajo explotada por capitales extranjeros. Pero ahora sus capitalistas nacionales, en asociación también con capital extranjero, explotan al creciente proletariado con trabajo duro y la última tecnología.
La evidencia de los últimos 150 años muestra que El capital de Marx estaba en lo correcto. El capitalismo no puede alcanzar su propio objetivo de extraer todavía más ganancia de la fuerza de trabajo y al mismo tiempo sacar a la sociedad de un mundo de esfuerzo, pobreza, desempleo y degradación. La Gran Recesión de 2007-2009 confirmó que las crisis en el capitalismo no desaparecen; son en verdad más severas y ahora sincronizadas globalmente. El vampiresco impulso rapaz por lograr más plusvalor está destruyendo el planeta a causa de la polución y del calentamiento global.
Sin embargo, hay una contradicción en el capitalismo que es también la solución. Como mostró Marx en su libro, el capital crea su propio antagonista, el proletariado. La clase obrera industrial que Marx describe en El capital podrá haber declinado en tamaño, pero la clase obrera industrial del mundo nunca ha sido mayor, con miles de millones conformando la fuerza de trabajo cada vez mayor de India, Brasil, China y África. La clase trabajadora nunca ha sido más fuerte en su conflicto con el capital que 150 años después de publicado el libro de Marx.

Michael Roberts

Traducción: Esteban Mercatante

Detrás de la “tolerancia cero” de Bergoglio, la irrefrenable pasión por los pedófilos



El autor, sobreviviente de abuso sexual eclesiástico y referente de la red L’Abuso, analiza el discurso y la realidad de Francisco y sus funcionarios. Una acusación irrefutable.

Un nuevo escándalo sacude al Vaticano. Es el turno del cardenal australiano George Pell, Prefecto de la Secretaría Económica, miembro del C9 (el grupo de nueve cardenales que ayudan a Francisco en la reforma de la Curia) y hombre de confianza de Bergoglio, que lo cuenta entre sus leales, hoy acusado por las autoridades civiles no sólo de haber encubierto casos de pedofilia cuando estaba en Australia sino él mismo acusado de cometer abusos.
Aunque hoy desde el Vaticano se grite “conspiración”, intentando amortiguar las incoherentes y difícilmente justificables medidas de Bergoglio, hay que recordar que las acusaciones de encubrimiento contra Pell no son nuevas. En febrero de 2016 declaró ante la Comisión Real sobre Respuestas Institucionales al abuso sexual infantil de Australia. Hoy simplemente se fomaliza también su imputación por pedofilia.
Que se diga que un papa que prometió a los cuatro vientos una limpieza y reformas concretas al grito de la “tolerancia cero” contra los pedófilos y sus encubridores, pero conscientemente se rodea de esos personajes (por decir lo menos), es víctima de una improbable conspiración es un insulto a la inteligencia humana.
Más que un complot contra el Papa, esto es un complot contra el derecho de los ciudadanos a una correcta información.

¿Hablamos en serio de conspiración?

Bien. Hablemos de lo que ha hecho Bergoglio. Porque entre las figuras ambiguas, de las que la prensa habla poco y busca separar los casos para no dar un cuadro completo de la situación, no están sólo Pell y el nuevo Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe Francisco Ladaria Ferrer, otro hombre de confianza personal de Bergoglio y, quién sabe, tal vez futuro objeto de la próxima “conspiración” de la Curia romana para dañar las acciones del Sumo Pontífice.
De Ladaria se informó rápidamente sobre las graves acusaciones de haber encubierto un caso, el de don Gianni Trotta. Sin dudas ése es un motivo más que suficiente, si se quisiera dar al menos una apariencia de coherencia y de seriedad con la aclamada “tolerancia cero”, para no ponerlo al frente del órgano que tiene la tarea, justamente, de juzgar a los curas abusadores. Pero en este caso, incluso, la información es escasa e incompleta porque el pasado de Ladaria no está “valorizado” como se debería.
No se ha dicho que Ladaria no es nuevo en la Congregación de la Doctrina de la Fe, ya que fue su secretario y no fue la primera vez que trataba con silencio casos de pedofilia. Otro caso que pasó por sus manos fue el del sacerdote de la diócesis de Savona, Don Nello Giraudo, del cual Ladaria se hizo cargo en 2010.
En aquella ocación el obispo encubridor se llamaba Domenico Calcagno, hoy promovido a cardenal y más conocido en el ambiente del Vaticano como “el cardenal Rambo”, debido a su pasión por las armas. Él es otro de los leales a Bergoglio y quien continúa estando al frente de la presidencia de la APSA, la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica.
Quién sabe mañana también este tema sea objeto de “conspiración” de la Curia romana para dañar al pobre Francisco. Y sí, éste es un riesgo concreto porque el cardenal no está envuelto solamente en el caso de savonés Don Giraudo, sino que está también imputado por malversación de fondos también en Savona.
Volviendo a don Nello Giraudo, la lista de los nombres involucrados en aquella historia va mucho más allá de Ladaria y Calcagno. Allí también figura el nombre de quien era en 2003 el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de Fe, un tal Joseph Ratzinger. No es un homónimo, es él mismo, el papa emérito.

¿Cómo terminó el caso de Don Giraudo?

Entre palabras, hechos y omisiones el caso terminó en 2005. Pero menos de dos años después del caso tratado, don Giraudo abusó sexualmente de otro niño. Sin embargo, en 2006, un año después del último abuso cometido contra un menor, Calcagno le pediría al entonces Prefecto Charles Scicluna “hacer la vista gorda” y eludir el juicio ante la Congregación para la Doctrina de la Fe que debía tratar la reducción del estado clerical del sacerdote.
Pero esta vez sería denunciado ante el Poder Judicial, en 2012, y negociaría una condena de un año y seis meses (en libertad condicional) sólo por aquel abuso de 2005. Por todos los casos anteriores, gracias a los encubrimientos, imperó la prescripción.
Pero otras opciones recientes de Bergoglio chocan de lleno con la tan aclamada “tolerancia cero”.
Hace sólo unos días, el 7 de julio, fue nombrado en Milán el sucesor del cardenal Scola, monseñor Mario Delpini, al cual en nombre de las víctimas que integramos la Red L’Abuso felicitamos por semejante promoción.
Delpini es otra de las tristes opciones de Bergoglio, ya que también está acusado de haber encubierto a un sacerdote, Mauro Galli, actualmente en juicio bajo los cargos de abusos sexuales de un menor de Rozzano (Milán).
Otra historia que choca con el término “tolerancia cero” es la reincorporación, hace pocos días en Palermo, de don Paolo Turturro, condenado a tres años de cárcel por abuso de un menor. Para una segunda víctima de él no hubo justicia, ya que imperó, nuevamente, la prescripción.

No son sólo opciones arriesgadas de Bergoglio

Francisco también ha hecho de las suyas, por ejemplo, con el caso del cura pedófilo veronés Nicola Corradi, denunciado por estudiantes sordos del Instituto Antonio Provolo de Verona ya en los años 80, ocultado por la Iglesia en Argentina y arrestado en noviembre pasado por haber reiterado sobre decenas de niños sordos los mismos crímenes que había cometido en Verona.
Bueno, precisamente este caso fue señalado en 2014 (cuando ya era Papa) y, disipando el mito de las secretarías que no entregan las cartas al pontífice, una carta que contiene el nombre de don Corradi y de otros 14 sacerdotes que están vivos y acusados de abusos fue entregada directamente en mano al Papa (hay fotos que lo demuestran), quien desafortunadamente no intervino.
Ahora, después de que la Justicia argentina arrestó a Corradi y otras cinco personas y abrió una investigación, Bergoglio mandó a sus inspectores (a Mendoza), quienes guiados por la “tolerancia cero” y buscando “colaborar” con la autoridad judicial pidieron acceder al expediente aunque rechazaron al mismo tiempo los pedidos de la justicia argentina que buscaba la colaboración efectiva de esos inspectores papales.
Pero en la era de la llamada “tolerancia cero” de Francisco, el caso argentino no es el único en el que el Vaticano niega documentación al Poder Judicial. Sin ir más lejos está el caso de don Mauro Inzoli, donde también la mayor parte de los medios de comunicación informaron de forma incompleta.
En este caso se ha dicho que la decisión de Bergoglio es similar a la adoptada en 2012 por Ratzinger, pero no se dice que fue el propio Francisco quien rehabilitó a Inzoli, contradiciendo el decreto de reducción del estado clerical que había emitido anteriormente Ratzinger. Tampoco se recuerda que el Vaticano rechazó en aquel caso los exhortos realizados en 2015 por los fiscales de Cremona.
Leyendo las noticias de los últimos días, poco antes de que, providencialmente, se anunciara que Pell había sido imputado en Australia, casi se dio a entender que Bergoglio, en línea con lo hecho por su predecesor, había actuado con decisión y dureza respecto a don Mauro Inzoli.
Pero la “tolerancia cero” del papa Francisco choca también con otros fallos. Por ejemplo con los requerimientos de 2014 de la Comisión por los Derechos del Niño de la ONU, que recomendaba no solamente cuidar de las víctimas, sino también proveerle a la justicia civil los archivos que contienen los nombres de los sacerdotes denunciados ante la Iglesia, así se les daba curso a los procesos judiciales. También que se instrumenara la obligación de que los obispos denuncien los casos a la justicia civil, para lo cual bastaría un decreto del Papa.
Tal vez algo así era tan simple y resolutivo que Bergoglio prefirió otro “paliativo” e inventó la Comisión Antipedofilia, la que de todos modos, según denunciaron Marie Collins y Peter Sunders (dos víctimas de abusos que se integraron a la comisión pero terminaron renunciando), es totalmente ineficaz y no hace nada concreto en favor de las víctimas.
No sólo es inaficaz la comisión de Bergoglio sino que tampoco existen progresos en la Iglesia en materia de combate a la pedofilia. Son decenas de miles de víctimas en todo el mundo, junto a asociaciones que las representan, con las que más allá de las proclamas el Vaticano se niega a dialogar y ni siquiera responde a las cartas que se le envían.
Unos 17 años después de la investigación del famoso equipo del Boston Globe llamado Spotlight, el mundo ha observado que entre los sacerdotes hay muchos pedófilos y, lo que es peor, que la Iglesia (como confirmó la ONU) tiene procedimientos internos que permiten encubrir sistemáticamente los casos y, así, la comisión de nuevos abusos.
Después de 17 años, estamos en una situación aún peor. No sólo no ha habido un cambio mínimo aunque concreto, sino que al parecer no hay ningún otro equipo como Spotlight que investigue a fondo y dé una información real demostrando todo aquello que en los últimos años no ha cambiado en absoluto.
En cambio, sobre todo en la prensa italiana, leemos continuamente sobre un papa todopoderoso y revolucionario que, pese a que las víctimas de todo el mundo se quejan de la falta de resoluciones, procesa y castiga a los obispos encubridores creando un tribunal revolucionario que, después de dos años de propaganda, resulta que nunca existió. “Era sólo una idea”, dice entre otras cosas el cardenal Gerhard L. Müller, en tanto que las normas para procesar a los obispos ya existen en el Código Canónico.
Un papa todopoderoso que, sin embargo y pese a las alabanzas de todos los medios de información, de repente se transforma en un papa solo, con toda una Curia que lo baoicotea impidiéndole concretar sus buenos propósitos, que hasta el día anterior la prensa vendía como concretos y eficaces.
De repente ya no es capaz de suspender una promoción (al menos hasta que las cosas no se aclaren) como la de monseñor Mario Delpini o como la del cardenal millonario Jean Zerbo. Un papa que ya no tiene el poder de expulsar de su iglesia, que dice que quiere a un ciudadano humilde y pobre en el Vaticano como el cardenal Tarcisio Bertone o que no es capaz de frenar a un pedófilo como Nicola Corradi pese a que ha sido señalado en persona por sus víctimas, reinstalando sacerdotes condenados por pedofilia, como en el caso de don Insomma, un pontífice que de Superman ser vuelve casi incapaz de encontrar la ventana desde la cual dice habitualmente el Angelus...
Una política que en estos 17 años y gracias a los cómplices del papa Francisco no sólo ha facilitado la inmobilidad de la Iglesia para afrontar el problema, pero que peor aún ha sacrificado a otros niños inocentes, es porque mientras hablamos de ello (como se puede ver en nuestro mapa que contiene sólo los últimos 15 años de los casos italianos), parecería que los pedófilos siguen abusando y produciendo otras víctimas.
Escuchar decir que el papa Francisco es víctima de una conspiración de la Curia Romana es francamente inaceptable. Pero podría ser un buen inicio si alguno de los periodistas que tanto alaban a Bergoglio traen a cuento al menos algo de todo lo que se dijo más arriba.

Francesco Zanardi
Rete L'Abuso

Reseña de “Malcolm X. Una autobiografía contada por Alex Haley”



El lento despertar de un líder único

El libro vio la luz en 1964, un año antes del asesinato de Malcolm X, y fue resultado de más de cincuenta entrevistas que concedió al veterano escritor y periodista Alex Haley, famoso por el bestseller Raíces, quien se encargó luego de seleccionar el material y dar forma a la obra, aunque la revisión final de la mayor parte de ésta corrió a cargo del propio Malcolm. El interés del libro es enorme pues muestra en detalle la biografía y la lenta maduración del pensamiento de un personaje esencial de las luchas negras de los 60’ en Estados Unidos, un líder inteligente y carismático que no dejó apenas obra escrita. La versión española es de Capitán Swing (2015, trad. de César Guidini y Gemma Moral).

Primeros años: la experiencia

Malcolm vino al mundo en 1925 en Omaha (Nebraska), séptimo de los ocho hijos de Earl Little, un ministro baptista, y cuarto de los que éste tuvo con Louise Norton, una mulata antillana nacida de una violación. Su padre militaba en la UNIA de Marcus Garvey, que predicaba el retorno a África como respuesta a la segregación. La familia vivió después en Milwaukee y en Lansing (Michigan), donde en 1929 su casa fue quemada por la Legión Negra, una variante del Ku Klux Klan. Los bomberos miraban mientras se consumía, y luego la policía se afanó sólo en buscar la pistola con que su padre había disparado a los incendiarios. Dos años más tarde Earl Little fue asesinado por blancos segregacionistas, final que también tuvieron cinco de sus hermanos.
Empieza entonces una época aún más difícil. Con demasiadas bocas que alimentar, la madre se derrumba y en 1937 ha de ser internada en un psiquiátrico. Malcolm, adoptado por una familia amiga, gana fama de gamberro y con trece años es enviado a un centro de rehabilitación en Mason (Michigan), donde estudia en un instituto y trabaja de lavaplatos. No hay muchos negros en su entorno y los blancos suelen ser amables con él, pero no deja de sentirse una especie de mascota a la que no se atribuyen plenas capacidades humanas. Es una época marcada por el orgullo de ser uno de los primeros de la clase, el empeño de mantener la relación con sus hermanos y dramáticas visitas a la madre internada.
En el verano de 1940 visita a su hermanastra Ella, bien situada en Boston. Allí descubre que los negros pueden llegar a realizarse como personas en América mucho más de lo que había visto hasta entonces, pero esto mismo hace que de regreso en Mason, la escasez de horizontes le deprima. Al terminar el curso, logra que Ella se lo lleve con ella a Boston. El libro nos ilustra sobre la compleja sociedad negra de Nueva Inglaterra, dividida entre la marginación y una aceptación a medias que Malcolm acabará percibiendo como una traición. Tras conseguir trabajo de limpiabotas en la sala de baile Roseland, lustra los zapatos de gente como Benny Goodman, Duke Ellington o Count Basie, al tiempo que hace sus pinitos como alcahuete y pequeño traficante. Como no podía ser menos, conoce los placeres del güisqui y la marihuana, compra a crédito y se estira y tiñe el cabello.
Buscando nuevos horizontes, “Red”, que es como nombraban al apuesto mulato pelirrojo en que se había convertido, deja los betunes por la bandeja de camarero. Baile y chicas son su pasión, y sus crueldades con ellas terminan distanciándolo de Ella. Tras el ataque a Pearl Harbor encuentra trabajo vendiendo bebidas y helados en los trenes que van hacia el sur, y pronto se establece en Harlem, que se convertirá en su hogar. Despedido del tren por su mal carácter, viaja a Lansing, donde sus trajes y modos causan furor y hasta firma autógrafos. Más tarde, de camarero en Harlem, conoce en la barra la historia del barrio y se gradúa magna cum laude en un curso teórico sobre las formas más variadas de delincuencia. La galería de tipos que describe no tiene desperdicio.
Cuando es despedido por ofrecer una prostituta a un soldado de permiso que resultó ser un espía del ejército, el que ya es apodado “Red de Detroit” comienza a proveer de marihuana a sus amigos músicos. Así vive unos meses hasta que, hostigado por la policía, decide utilizar su tarjeta de empleado del ferrocarril para viajar por el país suministrando hierba a las orquestas de gira. Sólo tres cosas le aterrorizan en esta época: la cárcel, el trabajo o el ejército, y cuando es convocado a la oficina de reclutamiento, monta un hilarante número de paranoico polidrogadicto con el que consigue ser declarado inútil para el servicio.
Corre 1943 y Red, expulsado de los ferrocarriles tras una trifulca, se convierte en ladrón y atracador, usando cocaína para ponerse en forma. Tras un susto, trabaja en la lotería clandestina y luego en las apuestas, haciendo de guía para blancos adinerados que buscan experiencias especiales en Harlem y traficando con güisqui de matute. Las drogas arrastran a Red en su irrealidad destellante, y tras un viaje al filo de la muerte, es rescatado por un amigo que lo lleva a Boston. Allí pronto organiza una banda de desvalijadores de casas, reclutando para ello a Sophia, una rubia que es su amante desde su primera época en la ciudad y otros conocidos viejos y nuevos. Dan unos cuantos golpes, pero pronto son detenidos.

La conciencia

En febrero de 1946 Malcolm es condenado a diez años de cárcel. Comienza a cumplirlos en Charlestown, donde es “Satanás”, un inadaptado que blasfema y reniega de todo hasta que un compañero de reclusión respetado por sus conocimientos consigue animarlo a estudiar: inglés, latín. Pronto es capaz de escribir cartas legibles y más o menos correctas. En 1948 es trasladado a Concord, y a finales de ese mismo año, por influencia de Ella, a la colonia penitenciaria de Norfolk, de régimen mucho más laxo.
En Norfolk, a través de su hermano Reginald, llegan a oídos de Malcolm las doctrinas de Elijah Muhammad, el mensajero de Alá, líder de la Nación del Islam: El hombre negro fundó la civilización, pero fue sometido con toda clase de violencias por el hombre blanco, una raza diabólica creada por selección genética. Esta raza finalmente ha falsificado la historia y ha lavado el cerebro del hombre negro. El cristianismo es la religión impuesta a los negros, que les obliga a aceptar su postración y a adorar a un dios extranjero, de piel blanca. El islam es la religión que libera al hombre negro, destinado a derrotar en breve la maldad de sus opresores. El objetivo político de Elijah no es la integración en la sociedad blanca que defienden la mayor parte de los líderes negros, sino la creación de un estado propio para los negros americanos.
Estas ideas producen una conmoción en Malcolm, que ve en ellas la respuesta a todas sus preguntas. “Durante los años siguientes estuve en soledad casi total. Nunca había estado tan ocupado. Todavía me maravillo del modo en que cambié de mentalidad, mis viejas costumbres caían en el vacío como la nieve se desliza de los tejados. Era como si alguien -a quien yo no conocía muy bien- hubiera vivido del delito. Y me sorprendía cada vez que recordaba mi anterior personalidad.” Necesita expresar lo que siente y escribe cada día a Elijah, que a veces le contesta. Su afán de aprender no tiene límites, y devora los libros de la biblioteca. La historia universal le transmite como un leitmotiv la maldad esencial del blanco que ha esquilmado y oprimido a todos los pueblos del planeta. Decide dedicar su vida a propagar esta verdad.
Malcolm es liberado en 1952 y se establece en Detroit, donde vive con su hermano Wilfred y su familia, también conversos al islam. En septiembre viaja a Chicago y allí conoce personalmente a Elijah Muhammad. A partir de entonces se vuelca en el proselitismo y cambia su apellido paterno “Little” por la “X” que simboliza su auténtica y olvidada estirpe africana. Comienza a dirigirse a la comunidad en las reuniones semanales y en el verano de 1953 es nombrado ministro ayudante del templo. Sus desgarradas arengas expresan la revuelta contra siglos de opresión y mentira. Pronto decide dejar su trabajo y dedicarse por entero a predicar sus ideas. Su primer logro es reclutar tantos fieles en Boston como para abrir allí un templo. Su hermanastra Ella asiste conmovida a los sermones, pero tardará cinco años en convertirse.
Su siguiente destino es Filadelfia, donde consigue inaugurar otro templo, y después es nombrado ministro del de Nueva York. La ciudad es un reto difícil, pero trabaja las calles y sabe agudizar la contradicción de los negros cristianos, que practican la religión que los blancos les impusieron y consolida su opresión. Gracias en gran parte a los esfuerzos de Malcolm, la Nación del Islam progresa mucho en esta época, con nuevos templos en Springfield, Hartford y Atlanta. En 1956, Elijah pone a su disposición un Chevrolet para sus continuos desplazamientos. El libro nos instruye sobre los usos, dogmas y rituales de unos musulmanes atípicos, que por ejemplo no admitían una vida después de la muerte, en abierta contradicción con el Corán.
En enero de 1958 Malcolm se casa con Betty X, enfermera y seguidora también de la Nación del Islam; la primera de las seis hijas que tendrán nace ese mismo año. El siguiente, la firmeza de los musulmanes ante un caso de brutalidad policial en Harlem aumenta enormemente su popularidad y pronto programas de televisión y estudios académicos analizan el movimiento. La cólera del blanco contra los que “incitan al odio” no se hace esperar. A este respecto dice Malcolm: “Qué sentido tiene que el blanco pregunte al negro si le odia? Es como si el violador o el lobo preguntaran a sus víctimas: ‘¿Me odias?’ El blanco carece en absoluto de autoridad moral para acusar de odio a nadie.”
Ágil y correoso, debate con periodistas muchas horas y pronto su voz es conocida en todo el país, mientras las universidades más prestigiosas se disputan como orador al “demagogo de moda”. Contra los negros que defienden la integración, afirma que es insensato, además de imposible, integrarse en una sociedad en decadencia, abismada moralmente y condenada a la destrucción. Donde quiera que lo llamen, transmite fielmente las enseñanzas de Elijah Muhammad, que ahora viaja en su avión privado para presidir los actos multitudinarios de la Nación del Islam.

Madurez interrumpida

La relación de Malcolm X con la Nación del Islam se terminó rompiendo. Había sufrido una gran decepción cuando supo que Elijah Muhammad, apóstol de la honestidad, iba dejando un reguero de secretarias embarazadas y amedrentadas, pero siguió cumpliendo sus cometidos con plena dedicación. En esa época, su rol esencial en el movimiento despertaba la envidia de otros dirigentes, y al fin, tras el asesinato de J. F. Kennedy, el líder lo condenó a noventa días de silencio por un comentario bastante anodino sobre la responsabilidad última del clima de violencia que vivía el país. Le ayudó en este trance su amigo Cassius Clay, que invitó a toda su familia a Miami, donde preparaba el crucial combate contra Sonny Liston. Malcolm fue su guía espiritual esos días y en la hora crucial en el Convention Hall de la ciudad, donde conquistó el cetro de los pesos pesados.
Pronto llegan a Malcolm noticias de los primeros complots de sus viejos compañeros de lucha para asesinarlo, y sólo entonces toma la decisión de volcar toda su energía en forjar un movimiento, no exclusivamente musulmán, que pelee por los derechos humanos del negro americano con mucha más contundencia y proyección política que la Nación del Islam. Al mismo tiempo, comienza a plantear la liberación de la comunidad de color en términos de autodeterminación, y no de separación territorial, como había defendido hasta entonces. Realiza un primer acto en el centro de Harlem, en el hotel Theresa, donde planea fundar una mezquita, pero la complejidad de la situación creada lo anima a peregrinar a la Meca en busca de inspiración.
Tras visitar El Cairo, donde queda sorprendido de la pujanza industrial que observa, vive con entusiasmo los ritos seculares de la ciudad sagrada, rodeado siempre del afecto y admiración de todos hacia el famoso “musulmán norteamericano” amigo de Cassius Clay. El rey Faisal lo admite en audiencia y lo exhorta a predicar en Occidente una versión auténtica del islam, fiel a sus fuentes originarias. La solidaridad de razas existente en el mundo musulmán le hace ver con claridad que la fraternidad entre los seres humanos es posible. El odio al blanco deja paso entonces al odio a unas estructuras de explotación, y el islam se convierte para él en el instrumento más idóneo para alcanzar esa hermandad entre todos los hombres.
El viaje continúa luego con intensas visitas a Nigeria y Ghana, donde Malcolm toma conciencia de la importancia de mantener una comunicación sincera y afectiva con los líderes negros africanos, pues estos sin duda trabajarían por el fin de la segregación en los Estados Unidos si fueran conscientes de su brutalidad. Ve allí también en acción la nueva esclavitud que imponen los que codician las riquezas de aquellas tierras, y comprende que las de las dos orillas del Atlántico son en realidad manifestaciones de una única y eterna lucha de liberación.
De regreso en Estados Unidos, Malcolm X es usado como cabeza de turco durante las revueltas negras de 1964 y 1965 y acusado de instigar a las masas a la violencia. Él por su parte defiende el derecho de los oprimidos a combatir con todos los medios disponibles, al tiempo que condena el sustrato ideológico de los opresores, el cristianismo, que ha impuesto el racismo en todo el planeta. Se convierte de este modo dentro del movimiento por los derechos civiles de los negros, que alcanzaba su clímax en aquel momento, en el polo opuesto a la noviolencia que preconizaba el reverendo Martin Luther King.
Malcolm X, consciente de los riesgos de su lucha, nunca pensó que fuera a llegar a viejo, pero en sus últimos meses sentía la inminencia del final. Fue ésta una época marcada por una actividad frenética para difundir sus ideas y hacer progresar la organización política que había fundado, demasiado violenta para unos y moderada en exceso para otros, y por un acoso implacable por parte de la Nación del Islam, que incluyó un ataque a su casa con bombas incendiarias. Por fin, el 21 de febrero de 1965, cuando se disponía a hablar en el Audubon Ballroom de Manhattan, varios hombres se levantaron de la primera fila y le dispararon “en lo que parecía un pelotón de fusilamiento”. Murió casi instantáneamente.

El arsenal de la memoria

En un epílogo de la obra Alex Haley nos narra sus primeros contactos con Malcolm X cuando aún militaba en la Nación del Islam, la gestación de los artículos sobre él, de la famosa entrevista en Playboy de mayo de 1963 y finalmente de la propia autobiografía. Ésta arrancó con dificultad, pero la paciencia y el buen hacer de Haley consiguieron que los recuerdos de la niñez, del hampa y de la cárcel se convirtieran en una catarsis para el líder ajetreado y absorbido por las trifulcas cotidianas, al tiempo que dejaban para la posteridad un testimonio único de superación y lucha contra la alienación del ser humano.
Leyendo el libro descubrimos a un hombre que gustaba de averiguar la etimología de las palabras y cuya mayor emoción fue cuando los hermanos lograron sacar a su madre del manicomio y que viviera con la familia de uno de ellos; alguien capaz de meter la pata y reconocerlo luego, como cuando declaró alegrarse de la muerte de más de cien norteamericanos blancos de Georgia en un accidente de avión en París. El afán de perfeccionamiento y autocrítica de alguien siempre consciente de sus limitaciones fue la clave de su éxito como comunicador, sin olvidar su inteligencia, su indomeñable voluntad y su enérgica y hábil dialéctica.
Malcolm X supo trascender el instinto de supervivencia del delincuente del gueto y alcanzar una percepción lúcida de la explotación sufrida por la población negra. Y esta visión no hizo más que aquilatarse a lo largo de su corta vida, con el rechazo a cualquier forma de racismo y la búsqueda de tácticas políticas integradoras basadas en el activismo y la presión implacable desde la calle. En Harlem, que fue su universidad, aprendió lo esencial: que es la gente al final la que ha de sacar sus propias castañas del fuego, pero le hubiera gustado volver a otra donde saciar el enorme afán de saber que llevaba consigo.
Aunque desapareció demasiado pronto, su vida nos aporta lo que tal vez más necesitamos, un ejemplo soberbio de progreso y coraje.

Jesús Aller