domingo, agosto 09, 2015

Doctor Zhivago o la revolución a pesar de todo



Hace 50 años, en pleno tardofranquismo, una manifestación de trabajadores liderados por el pope Gapón cantaba La Internacional sin que las fuerzas del orden público los apalearan. Esto sucedió en el barrio de Canillas se levantó la calle moscovita donde transcurre la primera parte de Doctor Zhivago, una de las películas más taquilleras de la historia del cine y que sería comparada con Lo que el viento se llevó…
La productora, conocedora de lo barata que estaba la mano de obra en el país que tuvo que sustituir la Rusia del relato de Pasternak, La producción montó un Kremlin y una Torre de San Nicolás junto al cementerio de Canillas y durante unos días, los figurantes del cine “era gente que no tenía trabajo porque había sido de izquierda” (declaraba a El País uno de ellos), pudo gozar del ambiente de la revolución de 1905 que comenzó con esta manifestación de proletarios que no podían sabe la canción de Eugène Pottier y que, en realidad, avanzaban cantando salmos religiosos para pedir pan y libertad. Y es que las revoluciones no comienzan por el final sino por el principio, por exigir lo más elemental.
Pero eso era fue más que suficiente para muchos espectadores que fueron a ver la película que se estrenó a finales del mismo año, un estreno que en Madrid fue presidido por Doña Carmen Polo de Franco, seguramente un agradecimiento de la productora por las facilidades ofrecidas por un país en el que eran posibles los escenarios más diversos, sí bien otra parte del filme fue rodado en Finlandia donde, por cierto, la productora no consiguió contratar extras porque el país –que había sido y seguía siendo uno de los mayores beneficiarios del Octubre que de entrada la reconoció la independencia-, funcionaba el pleno empleo aunque al final se las tuvieron que apañar con unos gitanos trashumantes de la zona.
Aquellos fueron unos años de un acentuado prosovietismo popular. La URSS había apoyado la revolución cubana en contra del Imperio, la propuesta de “coexistencia pacífica” lanzada por Nikita Jruschev parecía lo más razonable en medio del “equilibrio del terror” (la crisis de los misiles contada por la película de Roger Donalson-Kevin Costner, Nueve días), se hablaba del “diálogo cristiano-marxista”, los soviéticos se habían adelantado en la carrera del espacio, las actividades clandestinas de “El partido” eran reconocidas incluso entre los que no simpatizaban con “el comunismo”, entre otras cosas porque el anticomunismo se había manifestado con todas sus miserias. Para muchos de nosotros, la película, además de un gran melodrama con un fondo musical deslumbrante, aparecía con un mensaje final que no era otro que la revolución, a pesar de todas las calamidades y arbitrariedades sufridas, se había abierto camino y habían convertid la URSS en la segunda potencia mundial, en el muro de contención de la prepotencia imperialista que quería someter América Latina.
Por otro lado, el mal sabor de boca que podría haber dejado el que Pasternak no pudiera viajar a Estocolmo a recibir el Nobel fue en parte paliado por la concesión de este mismo premio a Mijhail Sholojov cuyo obra cumbre, El Don apacible, aparecía en los escaparates de todas las librerías. También por entonces se hizo más o menos habitual el estreno de algunas películas soviéticas reconocidas por los festivales.
En este contexto, el reaccionarismo señorial de la obra pesó menos que sus posibles lecturas izquierdistas. David Lean era todo un señor cineasta, el mejor adaptador de Charles Dickens al cine, el autor de obras maestras del impacto de El puente sobre el río Kwai -¿una crítica al militarismo británico y japonés-, pero sobre todo, Lawrence Arabia, le habían otorgado un prestigio indiscutible…Además, Doctor Zhivago era ante todo una historia de amor más grande que la vida misma, él era Omar Shariff, lo único que nos ha llegado de un cine con mucha historia como el egipcio, ella, Lara, tenía el rostro de Julie Christie que enamoró a toda una generación y no faltó el que optó por el celibato a plantearse el dilema de o Julie Christie o la muerte: ¿quiën se podïa resistir ante una película como esta?.
Todavía un familiar joven se excusaba delante una perorata mí por formar parte de una generación que no había aprendido a apreciar el cine, me comentaba que le reconocía porque había visto Doctor Zhivago y había disfrutado mogollón.
Supongo que, al menos para los que vimos la película desde la perspectiva de una creciente voluntad por conocer la historia y la cultura rusa, resulta perfectamente posible vislumbrar la presencia de los anhelos colectivos de un pueblo -el ruso- funcionan como un factor mayor que la realidad del estalinismo, un trasfondo sobre el que la mayoría de los espectadores era y es ajeno. En 1965, toda aquella miseria más bien recordaba las historias que nos contaban nuestros mayores de lo que fue la inmediata posguerra aquí, bajo esta dictadura. También se percibía que, con todas sus licencias, David Lean no se olvidaba de resaltar el más sublime romanticismo de una pareja enmarcado en unas coordenadas históricas terribles, las mismas que hicieron que la protagonista conociera sus prisiones sin necesidad de estar acusada por ningún delito, el estalinismo hizo eso y más.
De todo ello nos habló la propia protagonista, Olga Ivínskaya , la gran musa del poeta ruso al que conoció en 1946. De una belleza legendaria, Ivínskaya había estado casada dos veces antes de encontrar al poeta, que se convirtió en el amor de su vida y por el que tuvo que pagar un precio muy alto. En 1949 Ivínskaya fue juzgada y condenada a cinco años de prisión en los campos estalinistas. Amnistiada después de la muerte de lósif Stalin, salió en libertad en 1953. Pero no acabaron aquí sus sufrimientos: en 1969, durante el Gobierno de Nikita Jruschov, cuando aún no habían transcurrido ni siquiera tres meses desde el fallecimiento de Pasternak, fue arrestada nuevamente, esta vez con su hija, y tuvo que pasar otros cuatro años en prisión. No fue hasta 1988 que el Tribunal Supremo de la URSS reconoció que Ivínskaya no había cometido delito alguno, si, por supuesto, no se considera tal el haber amado al autor de Doctor Zhivago. Ivínskaya sirvió de prototipo de Lara, la heroína de esta famosa novela, que en el cine interpretó magistralmente Julie Christie. Después de ser “rehabilitada” oficialmente, Ivínskaya trató de que se le devolvieran las cartas y poemas de amor que Pasternak le había escrito, pero perdió el juicio: los tribunales dictaminaron que los manuscritos del insigne poeta son patrimonio nacional. Esta historia aparece contada con talento y veracidad en sus memorias; Rehén de la eternidad: mis años con Pasternak, trad. de Johanna Givanel, Barcelona, Grijalbo, 1991. ↩
Lo peor de esta historia es que estas cosas se hacían en nombre del “socialismo”

Como un ópera

Lean era todo un artista, uno de los grandes que e había procurado su propio equipo técnico (los cars de mejor guión adaptado, fotografía, banda sonora original, vestuario y decorados), que sustentaba sus repartos con un elenco de actores británicos de primera (Alec Guinness, Tom Courtenay, Ralph Richardson, Rita Tushingham, etc)…
No era por la trama que decepcionaba a los que leían el libro, era la propia realidad fílmica, la especifica que le daba Lean. Aunque, no hay que decirlo: el éxito de la película disparó las ventas de una obra literaria desigual, pero desbordante, no en vano Pasternak fue uno de las muchos hijos literarios de Tolstói.
El relato era el continente de un potencial creador, de una ópera magistral que nos seducía. del cine para crear otros mundos que, tal vez, nos hagan comprender mejor el que tenemos delante o quizás se trate, nada más y nada menos, que de disfrutar de una historia que nos ayudara a entrar en un mundo distinto al que llegabas después de pagar una entrada y de esperar durante meses su estreno.
Sigo creyendo que películas como esta tendrían que resultar asequible para el público en su pantalla propia, con su cinemascope en una sala de barrio o de pueblo en el que la vecindad se volvería a congregar para “ir al cine para soñar (y aprender)

Pepe Gutiérrez-Álvarez

(*) Doctor Zhivago se realizó en 1965. Fueron sus principales intérpretes Omar Sharif, Julie Christie, Geraldine Chaplin, Rod Steiger, Alec Guinness, Tom Courtenay, Ralph Richardson, Rita Tushingham y Siobhan McKenna. Director: David Lean. Productores: David Lean y Carlo Ponti para Metro Goldwyn Mayer. Guión: Robert Bolt, adaptación de la novela homónima del premio Nobel de Literatura Borís Pasternak. Director de fotografía: Freddie Young. Banda sonora original: Maurice Jarre. Vestuario: Phyllis Dalton. Decoradores: John Box, Terence Mars y Dario Simoni.

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