martes, marzo 02, 2010

Kurt y Katia Landau, una historia para no olvidar


Kurt Landau (Viena, 1903-Barcelona, 1937), empezó con un oficio un poco original, domador de leones en un circo. Miembro del PC austriaco en 1921, secretario del distrito de Viena y posesionado a favor de las tendencias izquierdistas dentro de la IC. Responsable de la agitación y la pro­paganda en 1925, redactor del Die Rote Fahne de la capital austriaca, tiene encuentro con Víctor Serge y se aproxima a las ideas de la Oposición de izquierda de la URSS. Rompe con Frey en 1928 y crea su propia organización de oposición. Se traslada a Berlín y juega un papel muy importante en la formación de la Oposición de izquierda unificada en Alemania. Forma parte del primer Buró Internacional de la 0posición llamada trotskista. Sin embargo, como del producto de los conflictos internos grupo alemán, se distancia de Trots­ky cuando y de la Oposición de izquierda y crea su grupo propio. Cuando Trotsky rompe con el Komintern, Landau mantiene la bandera la reforma y con la perspectiva de un "nuevo Zimmervald". A partir de 1934 vuelve a trabajar en secreto con la Oposición surgida en el interior del PCF y colabora en su revista, Que Faire? Será de los primeros voluntarios internacionales en llegar a Barcelona en 1936 destacado comunista austriaco, oposicionista y militante del POUM.
Sus controversias con Trotsky resultan bastante duras.
Escribe desde las páginas de La Batalla, con los pseudónimos de Wolf Bertram (este nombre excitado al revés por el fiscal en el interrogatorio de Adroher) y Spectator, escribirá también el folleto La revolución española de 1936 y la revolución alemana de 1917-1918, editada por la Editorial Marxista, del POUM). Nombrado responsable para los contactos internacionales del POUM, trabajando de instructor político y de organizador de los voluntarios internacionales. Escondido en el Guinardó (en la misma casa en la que oficialmente se fundó el POUM), tras la prohibición del POUM en junio de 1937, no tomó muy en cuenta las advertencias de sus amigos (entre ellos Agustín Souchy), y fue secuestrado el 23 de septiembre en la casa de Francesc del Cabo y Carlota Durany –la misma en la que se fundó el POUM-, fue asesinado poco más tarde por agentes soviéticos.
Katia Landau describe como sigue su caso: “Wolf Bertram, como secretario del grupo comunista Der Funke, tuvo que huir de Alemania en marzo de 1933, perseguido por los agentes de la Gestapo (…) El odio de los estalinistas (…) concierne a un hombre que ha consagrado su vida exclusivamente al movimiento revolucionario, desde 1921 en las filas del Partido Comunista Austriaco, miembro de la redacción de la Rote Fahne de Viena y de la Sección de Propaganda y Agitación del CC del PCA y que, desde1923, se solidarizó con Trotsky en su lucha contra Stalin. La hostilidad de los estalinistas recibió nuevo alimento cuando, en 1930, formó con Alfred Rosmer y Trotsky la oficina de la Oposición Comunista Internacional de Izquierda. No disminuyó cuando, en 1931, se separó de Trotsky a causa de divergencias en cuestiones de organización, ni cuando, en 1933, se enfrentó enérgicamente a Trotsky contra la fundación de la IV Internacional. El odio de los estalinistas le persiguió constantemente, justamente a causa de su actividad internacional que, tanto en Austria como en España, se inspiraba en los fundamentos del marxismo para combatir la política estalinista. En la emigración, trató en múltiples conferencias y artículos los problemas del movimiento obrero internacional. En noviembre de 1936 partió para España y se puso al lado del POUM para ofrecer sus fuerzas a la revolución española”.
Su compañera, Katia Landau, de soltera Julia Lipschutz (1895), fue también una militante de laga experiencia, y de los primeros tiempos de la guerra española ingresó en el POUM y una de las animadores de la Secretaria de la Mujer, amén de coautora del folleto más representativo del POUM sobre la cuestión de la mujer en la revolución, ha escrito Daniel Sueiro en La flota es roja (1983, Argos-Vergara, Barcelona): “...Es una mujer también refugiada, de nacionalidad austriaca, que está trabajando entonces en un comité norteamericano de ayuda y rescate. De fina y delicada belleza, animosa ante las dificultades, de inteligencia rápida, ella decide desde el primer momento sacar de Francia a aquel español singular que le acaba de ser presentado. Aunque apenas habla cuatro palabras en castellano, en seguridad que está ante una mujer distinta, una mujer europea sensible y culta; la firmeza de sus convicciones, la generosidad que en ella advierte de inmediato, esa fuerza interior que de ella emana le cautivan. Aunque un velo de tristeza, de pesadumbre cubra por momentos su mirada y de­tenga su espontánea sonrisa…Es Katia Landau, la que fuera esposa de Kurt Landau. En los últi­mos meses del año 1937 y los primeros de 1938, esta mujer menuda y enérgica, que muestra toda su entereza en los momentos de las grandes pruebas, ha estado tratando de saber qué ha sido de su marido, dónde está, en manos de quién. Sólo se sabe que Kurt Landau desapareció en Barcelona el 23 de septiembre del 37, al parecer arrestado. Katia ha en­trado en todas partes y preguntado a todos, pero de sus pesquisas no sale nada en limpio; sus investigaciones terminan en el vacío.
Habían llegado a España pocos meses después de desatada la guerra, en noviembre del 36. Kurt Landau, activo militante del PC austriaco hasta 1927, dirigente más tarde en Berlín de la Oposición de Izquierda y miembro del Buró Internacional, cabeza de una de las escisiones del partido en mayo de 1931, entra en Barcelona en relación con el POUM en el momento en que éste su­fre los peores ataques de Trotsky, por haber accedido a formar parte del Gobierno de la Generalidad, y del que por cierto será expulsado más tarde por imposición soviética. Las divergencias políticas entre Landau y Trotsky se recrudecen desde este momento. Este último, que ya se había referido al `diletantismo con las ideas, la charlatanería periodística al estilo de Landau´, al que había incluido entre los `confusionistas´ y los `desertores´, acabará por hablar del `papel lamentable´ desempeña­do por el austriaco en la revolución española. Landau, que se definirá como un marxista que rechaza el trotskismo, atacará duramente a Trots­ky en sus últimos artículos; publicados bajo los seudónimos de Wolf Bertram y Spectator, alguno después de los sangrientos sucesos revolu­cionarios de mayo del 37 en Barcelona, en que a las divergencias con los trotskistas se suma la persecución por parte de los estalinistas.
Katia resultó liberada gracias a una campaña internacional en la que tomaron parte dos líderes socialistas austriacos tan destacados como Otto Bauer y Friedrich Adler, y pudo marchar a Francia con la ayuda del antiguo menchevique Abramovich, cuyo hijo, Marc Rheim, fue asesinado por la policía estalinista según todos los indicios. Katia prosiguió su propia guerra en defensa del POUM y de su compañero Kurt, pero la II Guerra Mundial la llevó al exilio mexicano, en Cuernavaca, casada con Benjamín Balboa, el radiotelegrafista que en julio del 36 jugó un papel decisivo en ganar la flota para la marina para la República. Su testimonio fue editado en Paris por la mítica editorial Spartakus con el título de Les fossoyeurs de la révolution sociale. El libro contenía además del texto de Juan Andrade incorporado por Zavala, el testimonio de otro testigo de los hechos, Marcel Ollivier, seudónimo del judío ruso Boris Goldenberg (1905-1980), antiguo miembro del Instituto Marx-Engels de Moscú, militante de la Oposición de izquierdas en Moscú junto con Nin, emigrado a Francia en 1933, frecuenta a León Sedov, y colabora en la prensa socialista de izquierdas, publicando como Marcel Ollivier un artículo en Leviatán…
La parte correspondiente a Katia está traducida como Los verdugos de la revolución española (1937-1938), (2007, Ed. Sepha, Málaga) con la colaboración de la Fundación Andrés Nin. Junto con su propio testimonio, Katia ofrece información sobre los casos de Nin, Kurt Landau, Rheim, y sobre los trotskistas Erwin Wolf y Moulin…Daniel Sueiro anota también que cuando Balboa y Julia se encontraron “en Marsella, desgarrados por las miserias de la guerra, de la derrota, con las cicatrices aún abiertas en el fondo de sus almas, Katia tiene poco más de treinta años; Balboa cumple los cuaren­ta. `Y cosa curiosa —recordará Katia—, no nos pusimos a hablar de política, sino de teosofía.´ También ella había pertenecido en su ju­ventud, en la adolescencia, a un grupo teosófico vienes, del que se ha­bía alejado pronto, mas no sin haber leído antes a fondo a madame Blavatsky, a Anny Besant, a Krishnamurti...; concretamente los discur­sos de Buda le habían parecido magníficos. Comprobó en seguida que los conocimientos de Balboa en el campo de las religiones, y no sólo en el de la teosofía, eran amplios y profundos. Espontáneamente coinciden ambos en esos principios de convivencia que atañen a la moral, a la ética, al humanismo. Balboa necesitaba en aquel momento, por otra par­te, una persona de confianza que le pasara a máquina sus recuerdos de los acontecimientos de julio del 36 y su participación en ellos. Ese papel lo cumpliría también Katia con eficacia, y al tiempo que escribía cuar­tillas y más cuartillas en una vieja máquina alquilada, comprobaba la simplicidad de la ortografía española y su propia facilidad para dominar un idioma que iba a ser el suyo en adelante” (p. 279).
Los lectores y lectoras interesados en esta historia encontrarán más información en nuestro libro, Un ramo de rosas rojas y una foto. Variaciones sobre el proceso del POUM, que ha publicado recientemente Laertes de Barcelona.

Pepe Gutiérrez-Álvarez

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