domingo, mayo 13, 2007

MASACRE EN MEXICO.

Final del movimiento estudiantil
2 de octubre de 1968

Toda la euforia estudiantil terminó en la Plaza de las Tres Culturas a las seis y diez de la tarde del 2 de octubre de 1968. Elena Poniatowska recuerda la tragedia de la Noche de Tlatelolco y se pregunta si hoy, 30 años después, ¿han terminado los balazos?

1968 fue el año de Vietnam, de Biafra, del asesinato de Martin Luther King, del de Robert Kennedy (después del de su hermano John F. Kennedy, presidente de Estados Unidos), de la reivindicación del pueblo negro, de los Black Panthers, de la Primavera Negra, de la invasión rusa de Checoslovaquia y el heroísmo de muchos checos (los polacos también querían su Dubcek), del movimiento hippie de "Peace and love" y sin embargo, para México, 1968 tiene un solo nombre: "La noche de Tlatelolco", 2 de octubre, asesinato de más de 200 jóvenes a manos del ejército mexicano y grupos paramilitares.
"Ho Ho Ho Chi Minh
Díaz Ordaz, chin, chin, chin."
Ho Chi Minh, el maravilloso jefe de la República Democrática de Vietnam era una figura casi tan carismática para los estudiantes en 1968 como el Che Guevara aunque hoy esté un poco olvidado. La guerra de Estados Unidos en contra de Vietnam conoció el repudio absoluto de los estudiantes de Berkeley y, a partir de 1963, las manifestaciones de protesta fueron continuas. Los muchachos norteamericanos no sólo lucharon por el Free Speech (con el líder Mario Savio de origen italiano en Berkeley), la libertad de cátedra, la libertad de credo sino que se negaron a acatar los designios gubernamentales y empresariales: entrar al proceso triturador del big business (sobre todo a la industria de guerra) y rechazar el futuro que les tenían prometido. Se opusieron a la poderosa maquinaria estatal llevando una flor amarilla en los cabellos (que por cierto crecían alargando su antagonismo). Frente a la universidad, los floreados muchachos de Berkeley detenían a los soldados recién enrolados pidiéndoles: "Don't go. This is genocide". Y les sonreían, y hacían la V de la victoria con dos dedos levantados al aire, los de "Peace and love" que tanto enfurecieron al establishment.
No sólo eran los estadounidenses los rebeldes, los jóvenes del mundo entero alzaban la mano en el aire, algunos con el puño cerrado, otros haciendo la V de la victoria. Tenían mucho que reclamarle a la sociedad. ¿Qué mundo les heredaban sus padres? ¿Qué harían al graduarse? ¿Qué les ofrecía la sociedad de consumo? ¿Deseaban realmente ser parte de un engranaje de producción masiva? En Europa, las perspectivas de la juventud eran desoladoras. No había trabajo para los egresados de las universidades. ¿En dónde se emplearían?
Dentro de esas circunstancias de inquietud y descontento -no hay que olvidar que la guerra de Vietnam duró de 1945 a 1969- se dio en varios países del mundo el gran rechazo al orden establecido, al statu quo, a los partidos, a los gobiernos, el llamado a la desobediencia civil. En mayo de 1968 en París, el general Charles de Gaulle, el gran héroe de la Segunda Guerra Mundial, fustigó a los estudiantes que paralizaban la vida cotidiana de París y habían levantado barricadas con las piedras del pavimento, pintaban los muros de La Sorbona y rehusaban entrar a clase. Les dijo que no comprendía que siguieran a un líder judío-alemán, Daniel Cohn-Bendit, apodado "Danny el rojo". Al día siguiente, en una de sus marchas multitudinarias, los estudiantes tomaron la calle repitiendo una y otra vez:
"Nous sommes tous des juifs allemands".
Todos somos judíos alemanes, todos somos judíos alemanes. Las guerras quedaban olvidadas, los jóvenes eran uno solo, el repudio era de todos. Si en Francia la falta de oportunidades, De Gaulle y su gobierno fueron el objetivo estudiantil, en México el partido oficial (pri), la corrupción, el presidente y su gabinete, el cuerpo policíaco de granaderos, los absurdos delitos de "disolución social", "asociación delictuosa" y "ataques a las vías públicas" (de los que ya se había acusado a estudiantes que habían caído presos en julio y agosto de 1968 como Salvador Martínez della Roca -el "Pino"-, dos meses antes de la masacre del 2 de octubre) y Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca fueron el detonador del movimiento del 68 a quien el novelista José Revueltas llamó "enloquecido movimiento de pureza".
¿Qué querían los estudiantes? ¿Qué pedían? En Ankara, en Berkeley, en Berlín, en Belgrado, en Madrid, en Praga, en Rio de Janeiro, en Toquio, en Varsovia hubo luchas estudiantiles. Ninguna resultó tan cruenta y tan bárbara como la mexicana que terminó en la masacre del 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas de la capital mexicana.
El pliego petitorio estudiantil mexicano fue acusado de limitado por algunos maestros. No había una sola petición académica, nada para mejorar el plan de estudios, para elevar la educación, fomentar la cultura y la ciencia, nada acerca de las condiciones de vida de los mexicanos, nada acerca del desarrollo universitario y politécnico. Sin embargo, políticamente resultó muy concreto (se pedía la disolución de un cuerpo de policías llamados Granaderos), a diferencia de las interminables sesiones estudiantiles en la universidad en las que se podía comer, dormir, complotar y hasta hacer el amor que según el 68 francés es una insuperable manera de ser revolucionario.
La situación era crítica. Al gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz, el país se le estaba yendo de entre las manos y eso en el año de las Olimpíadas. Por primera vez, los Juegos Olímpicos se llevarían a cabo en un país del Tercer Mundo (concepto acuñado por De Gaulle). En la ciudad de México, nuestra fachada olímpica se levantó en menos de un año: estadios, Villa Olímpica, conjuntos deportivos y hasta una innovación: la Olimpíada Cultural para exhibir las riquezas espirituales de México, la presencia de los grandes poetas, Pablo Neruda, Eugenio Yevtuchenko, Nicolás Guillén, Octavio Paz que vendría de la India donde era embajador, para comprobar la aportación intelectual de México al mundo. Tras la construcción de los edificios que albergarían a los deportistas se escondía la miseria, la gente descalza, los niños panzones, los campesinos sin comer, la jerarquización de una sociedad hostil a los olvidados de siempre, la crueldad de un gobierno dispuesto a aparentarlo todo. El pri-gobierno intentaba demostrarle al mundo que México era un país modelo, que el futuro de América Latina se concentraba en nuestro progreso y nuestra estabilidad. Por más exorbitantes que fueran los gastos de la XIX Olimpíada, se vertirían en nuestro beneficio porque los inversionistas escogerían a México -país confiable y estable- para proteger su dinero.
"No queremos Olimpíadas queremos revolución, No queremos Olimpíadas queremos revolución, No queremos Olimpíadas queremos revolución."
¡Ah que los muchachos antipatriotas y saboteadores! Los 146 días, duración del movimiento estudiantil, fueron de fervor. Quienes participaron jamás los olvidarán. La Universidad actuó como la gran protectora de su alumnado que prácticamente vivió en las aulas y hasta durmió en los corredores. La euforia de la participación y la camaradería resultó desbordante. Hombres y mujeres vivían los mejores días de su vida pasada y futura, nada mejor podía sucederles. "unam, territorio libre de América", decía una voz juvenil amplificada por los altavoces. La toma de Ciudad Universitaria por el ejército, el 18 de setiembre, y la detención de 500 maestros y estudiantes universitarios indignaron a todos. Los estudiantes rodearon a su rector Javier Barros Sierra que los defendía confrontando personalmente al gobierno. Las autoridades del Politécnico nunca le dieron semejante protección a sus estudiantes que vivían en un rumbo de la ciudad -el norte-, mucho más pobre que el universitario y por lo tanto mucho más expuesto a detenciones y razias policíacas.
Toda la euforia estudiantil a pesar de las detenciones y los encarcelamientos terminó en la Plaza de las Tres Culturas, el 2 de octubre de 1968, a las seis y diez de la tarde cuando se inició la balacera y murieron más de 250 personas, cifra que dio el periódico inglés The Guardian y que Octavio Paz retomó en su libro sobre el 68 Posdata y que han confirmado los dos reporteros David Brooks y Jim Carson.
A las cinco de la tarde del miércoles 2 de octubre de 1968, casi diez mil hombres, mujeres y niños se reunieron en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco (así llamada porque preserva el mundo precortesiano en las ruinas arqueológicas; el de la colonia, en el Convento Franciscano; y la época moderna en el alto y espigado edificio de Relaciones Exteriores). Cuando los líderes vieron el gran despliegue de fuerza del ejército, la policía y los granaderos, decidieron disolver el mitin y desde el tercer piso del edificio Chihuahua, le pidieron a la multitud que regresara a su casa. Un estudiante de nombre Vega anunció a las 6.10 que la marcha estaba suspendida y en ese momento un helicóptero sobrevoló la plaza y dejó caer tres luces de bengala verdes. Se oyeron los primeros disparos y la gente empezó a correr.
-No corran compañeros, no corran, son salvas, calma compañeros.
La desbandada fue general, todos huían, muchos cayeron en la plaza. El fuego cerrado y el tableteo de las ametralladoras convirtió a la Plaza de las Tres Culturas en un infierno. Según la corresponsal del diario Le Monde Claude Kiejman el ejército empezó a detener a miles de muchachos y muchachas a quienes mantuvo con los brazos en alto bajo la lluvia.
Dos mil personas fueron arrestadas. Los familiares quedaron sin noticias y anduvieron peregrinando de los hospitales a los anfiteatros buscando a sus hijos. De 29, el número oficial de los muertos dado por la prensa de México, se pasó a 43. Los periódicos recibieron una orden tajante: "No más información". En el diario Novedades, uno tras otro fueron rechazados los artículos que escribí, inclusive una entrevista con Oriana Fallaci, herida en el mitin de Tlatelolco al que había sido invitada por dos líderes del Consejo Nacional de Huelga. La encontré indignada en su cama del Hospital Francés. Hablaba por teléfono con algún jefe del Parlamento italiano para pedir a gritos que la delegación italiana a las Olimpíadas cancelara su viaje. Por fin accedió a decirme: "¡Qué salvajada! Yo he estado en Vietnam y puedo asegurar que en Vietnam durante los tiroteos y los bombardeos (también en Vietnam señalan los sitios que se van a bombardear con luces de bengala) hay refugios, trincheras, agujeros, qué sé yo, a donde correr a guarecerse. Aquí no hubo la más remota posibilidad de escape. Al contrario. Tiraron sobre una multitud inerme en una plaza que es en sí una trampa. La multitud no tenía escapatoria.
Yo estaba tirada boca abajo en el suelo, cuando quise cubrir mi cabeza con mi bolsa para protegerme de las esquirlas un policía apuntó el caño de su pistola a unos centímetros de mi cabeza: 'No se mueva'. Yo veía las balas incrustarse en el piso de la terraza a mi alrededor. También vi cómo la policía arrastraba de los cabellos a estudiantes y a jóvenes y los arrestaban. Vi a muchos heridos, mucha sangre, hasta que me hirieron a mí y permanecí en un charco de mi propia sangre cuarenta y cinco minutos. Un estudiante junto a mí repetía: 'Valor, Oriana, valor'. La policía jamás atendió a mi petición reiterada: 'Avísenle a mi embajada. Soy una periodista italiana'. Todos se negaron hasta que una mujer me dijo: 'Yo voy a hacerlo'".
Rodolfo Rojas Zea, el joven periodista que invitó a Oriana Fallaci y la cubrió con su cuerpo a la hora de los balazos, resultó herido en el glúteo y en el muslo por una M1, afortunadamente de rebote porque si no le destroza la pierna. Oriana recibió un balazo cerca de la cintura. Ambos vieron muchos cuerpos tirados en la plaza. La información de Rojas Zea, que escribió su reportaje a pesar de sus heridas, fue mutilada. Los periódicos no informaron como debieron hacerlo. Salvo honrosas excepciones, la censura silenció las conciencias.
A partir de esa fecha, muchos nos inclinamos sobre nosotros mismos y nos preguntamos quiénes éramos y qué queríamos. Nos dimos cuenta de que habíamos vivido en una especie de miedo latente y cotidiano que intentábamos suprimir pero que había reventado. Sabíamos de la miseria, de la corrupción, de la mentira, de que el honor se compra, pero no sabíamos que el gobierno era capaz de dar la orden de disparar sobre una multitud y de perseguirla a bayoneta calada. Allí están las piedras manchadas de sangre de Tlatelolco, los zapatos perdidos de la gente que escapa, las puertas de hierro de los elevadores del conjunto habitacional perforadas por ráfagas de ametralladora, los jóvenes líderes con su vida cortada por tres años de cárcel y dos años de exilio en Chile, las familias enlutadas y miles de mexicanos humillados por un castigo pavoroso.
A raíz de la masacre, consigné las voces de los jóvenes, las madres y los padres de familia. "Sí, pero cámbieme de nombre." "Yo le cuento pero no ponga quién soy", decían los muchachos. Salvo los líderes presos y algunas madres de familia guardé los nombres en el fondo del corazón bien guardados a riesgo de no saber hoy, a 30 años, quién es quién. Muchos se negaron a hablar. La familia de la edecán Regina Teuscher Kruger cuya imagen indeleble en la revista Siempre impactó a miles de mexicanos (entre otros a Antonio Velasco Piña que la convirtió en sacerdotisa esotérica muerta y resucitada para iniciar una nueva era e incendiar los dos volcanes, el Popo y el Izta) se negó a hablar con periodista alguno. El padre de Regina, de origen alemán, recogió el cadáver de su hija de 21 años con seis tiros de bala a lo largo de la espalda.
Casi todos los centenares de hospitalizados presentaban heridas en la espalda, en los glúteos, en los muslos, en las piernas. Mientras intentaban salir de la trampa, les tiraron por detrás.
Esta tragedia escindió la vida de muchos mexicanos; antes o después del 2 de octubre. 1968 fue un año que nos marcó a sangre y fuego. 1968 es el año del descontento de los jóvenes en el mundo entero. Hubo otros movimientos estudiantiles, ninguno tan violento como el nuestro, el fuego intenso duró 29 minutos, como en un combate, y murió gente que apenas empezaba a vivir.

Matar a un joven es matar la esperanza.

Hoy, en 1998, a 30 años del movimiento estudiantil, ¿han terminado los balazos? Desde luego no en Chiapas, tomado por el ejército. Ni en las calles de la ciudad de México donde campea la violencia. El movimiento estudiantil de 1968 fue la punta de flecha de otros "enloquecidos movimientos de pureza" en nuestro país. Allí está el subcomandante Marcos y su ejército de indígenas zapatistas, hombres y mujeres en Chiapas para comprobarlo.
En 1968 se culpabilizó a la cia, la izquierda irresponsable, los políticos rencorosos, los rojos; se habló de una conjura comunista comandada desde Moscú. Todavía hoy, a 30 años, no se han abierto los archivos del ejército y corre el rumor de que no se abrirán hasta el año 2007. Quizá nunca sepamos el número exacto de muertos en la noche de Tlatelolco. Sin embargo, resonará en nuestros oídos durante muchos años la pequeña frase explicativa de un soldado al periodista de El Día José Antonio del Campo:
"Son cuerpos, señor...".

Elena Poniatowska
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