sábado, junio 24, 2017

La Revolución mexicana y los Estados Unidos de América



La Revolución Mexicana dejaba de ser para EE.UU. un evento en un país vecino para convertirse en un foco potencial de sedición que afectara sus intereses y la estabilidad del sistema.

El período entre 1910 y 1920 fue sentido en los Estados Unidos como de convulsión, cambio y crisis tanto a nivel nacional como internacional. Este fue un periodo de transición que se caracterizó por fuertes conflictos sociales. El crecimiento del Partido Socialista y de la IWW, las huelgas de Lawrence y de Paterson, la masacre de Ludlow, las oleadas inmigratorias, el movimiento antimonopolista y las exigencias de reformas políticas locales, se combinaban todos para generar la impresión de una profunda crisis de la sociedad estadounidense. La Revolución Rusa cuestionaba la existencia del capitalismo y convulsionaba a los trabajadores del mundo; la Primera Guerra Mundial hacía tambalear al Viejo Mundo en un mar de sangre y destrucción; y la Revolución Mexicana, en un país vecino, amenazaba con un contagio hacia zonas norteamericanas en las que vivían millones de personas de origen mexicano. El 21 de abril de 1914 la marina norteamericana ocupó Veracruz, matando a 126 mexicanos en el proceso. Al día siguiente, el 22 de abril, los guardias privados de las compañías mineras masacraron a los huelguistas de Ludlow, Colorado. ¿Veracruz y Ludlow fueron sólo coincidencias de la historia?
La intervención norteamericana en la Revolución Mexicana obedeció a una serie de factores. Para los norteamericanos, Estados Unidos tenía una responsabilidad de ampliar su autoridad sobre "pueblos semibárbaros" como el mexicano. Se trataba de salvaguardar las inversiones norteamericanas en México y al mismo tiempo extender y profundizar su influencia y dominación sobre ese país. Pero al mismo tiempo existía, en forma subyacente, una percepción de que la Revolución Mexicana implicaba un profundo peligro potencial para los Estados Unidos. Por un lado, existían aspectos obvios. Pancho Villa atacó el pueblo fronterizo de Columbus en marzo de 1916. A pesar de la expedición punitiva y del aumento de tropas en la frontera, más adelante Villa repitió su penetración del territorio norteamericano hasta llegar a adentrarse cerca de 500 km.
Pero aún más importante fueron los inmigrantes mexicanos en Texas. Consideremos que entre 1910 y 1912 entre sesenta y cien mil trabajadores mexicanos cruzaban la frontera anualmente para trabajar. Estos trabajadores, provenientes de zonas afectadas por el movimiento revolucionario, trasladaron con ellos su experiencia y reivindicaciones. En Estados Unidos existía una comunidad que podía acusar la influencia de la Revolución Mexicana y cuyo accionar podría tener profundos efectos. Desde el punto de vista de los empleadores norteamericanos, la Revolución Mexicana dejaba de ser un evento en un país vecino para convertirse en un foco potencial de sedición que afectara sus intereses y la estabilidad del sistema.
Esta percepción se basaba en la extendida participación de los trabajadores mexicanos en organizaciones como el Partido Liberal Mexicano (PLM), los Trabajadores Industriales del Mundo (IWW) y el Partido Socialista. Fue a través del PLM que los mexicanos en Estados Unidos contribuyeron a la Revolución Mexicana y organizaron grupos de trabajo. La prédica anticapitalista y anarco comunista del PLM tuvo bastante eco entre los mexicanos en Estados Unidos. Uniendo teoría con práctica, el PLM participó activamente en las luchas de los trabajadores mexicanos industriales y agrícolas del sureste norteamericano.
A través del PLM, muchos mexicanos se vincularon con la IWW. Desde 1900 los trabajadores mexicanos participaron en las huelgas de Colorado, integrando la Federación de Mineros del Oeste vinculada al Partido Socialista y fundadora de la IWW. Fueron estos trabajadores, junto con norteamericanos, los que llevaron adelante la huelga de mineros de Ludlow, en 1914, que resultó en una masacre por parte de la patronal, y en las huelgas de mineros de Arizona durante 1915. La huelga de fundidores en El Paso, Texas, en 1913 fue una de las huelgas más grandes en la historia de esa ciudad. La vinculación entre trabajadores mexicanos, la comunidad local, los activistas de la IWW y militantes socialistas norteamericanos estremeció a los empleadores y al gobierno texanos que no dudaron en recurrir a las tropas estatales para reprimir duramente el conflicto. Lo mismo ocurrió en la huelga de trabajadores mexicanos en la siembra del trigo californiano en 1913.
Los trabajadores mexicanos en Estados Unidos durante la época conformaban una comunidad combativa y radicalizada con una admirable tradición de actividad militante con fuertes vínculos con la Revolución Mexicana. En Texas, los socialistas mexicanos organizaban a su propia gente. A través del suroeste los granjeros y los peones mexicanos se organizaban en el Sindicato de Arrendatarios de América y en la Liga de Tierras de América, e intentaron organizar una huelga general. En 1915, la comunidad mexicana en el sur de Texas inició una insurrección armada separatista que proponía la reunificación del suroeste con México o el establecimiento del estado mexicano soberano.
Muchas de los miles de personas movilizadas por la IWW para las batallas por la libertad de expresión, durante 1910 y 1911, después se incorporaron a la fuerza de "socialistas insurreccionales" que lucharon en la Revolución Mexicana. El sindicato minero (UMW) de Estados Unidos reclamó que Wilson dejara de intervenir en México y ayudara a los mineros de Ludlow que estaban siendo masacrados. En síntesis, había una estrecha vinculación entre los mexicanos en Estados Unidos y la izquierda más radicalizada. El PLM tenía tradición de organizar a los trabajadores mexicanos en ambos lados de la frontera. Los villistas también organizaron grupos de apoyo a la Revolución entre la comunidad mexicana en Estados Unidos. Toda esta relación implicó un vasto entramado subterráneo de relaciones, organizaciones y solidaridades. Existían vínculos entre los revolucionarios mexicanos, la comunidad mexicana en Estados Unidos, los movimientos antiimperialista, anti intervencionista y pacifista y el sindicalismo combativo norteamericanos.
Más allá de su real potencial "subversivo", las relaciones entre la Revolución Mexicana y el movimiento progresista y de izquierda norteamericano fue percibido como altamente peligroso para la situación interna norteamericana. La misma gente que llevaba adelante la huelga de los obreros textiles de Lawrence se veía involucrada en los conflictos de los trabajadores mexicanos de Arizona; eran los que se oponían a la participación de Estados Unidos en la Guerra Mundial y a la intervención en México y los que veían con simpatía a los bolcheviques; el ala más radicalizada de la Revolución Mexicana era la que estaba involucrada en organizar, junto con la IWW, a los trabajadores mexicanos en Estados Unidos; y la misma gente que organizaba solidaridad y apoyo a los revolucionarios mexicanos se encontraban involucrados con Villa, que invadía Estados Unidos eludiendo a las tropas federales con evidente apoyo de los mexicanos en Estados Unidos.
Individuos como Lucy González de Parsons y John Reed expresaban esta vinculación y el peligro subversivo. Parsons, mexicana de nacimiento, era la viuda de uno de los mártires de Chicago y una importante dirigente socialista y luego comunista. Reed, miembro del Partido Socialista, simpatizante de la IWW, periodista del periódico socialista The Masses, miembro fundador del Partido Comunista norteamericano, había participado y escrito sobre la Revolución Mexicana y sobre la Revolución Rusa. Para muchos esto no era una mera coincidencia sino más bien prueba irrefutable de conspiración y de peligrosidad potencial.
Era evidente que la situación nacional era inseparable de la internacional. Había que participar en la Gran Guerra, al igual que había que aplastar a la Revolución Rusa y había que reprimir a los pacifistas y socialistas norteamericanos. El envío de tropas al exterior y el Terror Rojo desatado en 1919 cumplieron esa función. En cuanto a México había que asegurarse una creciente influencia en su situación interna y al mismo tiempo garantizar que los sectores menos radicalizados resultaran triunfantes. Era imprescindible evitar el contagio a través de la frontera hacia una población trabajadora mexicana, explotada e influenciada por el proceso revolucionario. En este sentido la represión en Estados Unidos, la intervención armada y la injerencia en los asuntos internos de México, la declaración de guerra a las potencias centrales, y la ocupación de Arcángel y Vladivostok son inseparables.

Pablo A. Pozzi
Historiador, docente titular de "Historia de Estados Unidos" -UBA

Europa se aleja no solo de Trump sino de EEUU



Nueva época de las relaciones entre EEUU y Alemania. La deconstrucción de la arquitectura transatlántica y el aumento del desorden mundial.

La semana pasada, el Senado de Estados Unidos aprobó por abrumadora mayoría una ampliación de las sanciones contra Rusia, un país que los senadores consideran que contribuye a la desestabilización de Siria y Ucrania y que interfiere en procesos electorales de terceros países. Adoptando una línea dura, principalmente para hacer pagar a Moscú su supuesta interferencia a través de ataques cibernéticos en la campaña presidencial de 2016, esta extensión de las sanciones - que serán codificados en la ley y por ende más difíciles de levantar – busca limitar la capacidad de Trump para relajar, suspender o anular las sanciones existentes en busca de una relación más estrecha con Rusia. Las mismas podrían ser ampliamente aprobadas también por la Cámara de Representantes.
A las capitales europeas les preocupa el impacto que la iniciativa pueda tener sobre las empresas que participan del gasoducto Nord Stream 2 que busca transportar gas ruso a través de las aguas del Mar Báltico hacia Alemania y otros países europeos. De esta manera, este proyecto llamado el gasoducto Molotov-Ribbentrop 2 [1] por Polonia, desvía el gas siberiano de los oleoductos existentes en tierra: el enlace de Yamal a través de Bielorrusia y Polonia; y el llamado enlace de la Hermandad a través de Ucrania al sureste de Europa. Geopolíticamente, el Nord Stream 2 crea un arreglo especial con Alemania al tiempo que socava los intereses de seguridad y económicos de Europa oriental y central, y deja a Ucrania a merced del chantaje del Kremlin. El mismo va a ser construido por Gazprom asociado con otras cinco grandes firmas que financian la mitad del proyecto de 9,5 mil millones de euros: la francesa Engie, la anglo-holandesa Shell, OMV de Austria y las alemanas Uniper y Wintershall (BASF).
En esta disputa que divide a los países europeos, un nuevo actor imprevisto acaba de entrar en escena: los Estados Unidos. Es que el texto aprobado permite no solo que se impongan “nuevas sanciones a sectores clave de la economía de Rusia”, sino que la sección 233 se refiere expresamente al desarrollo de oleoductos. Aunque no cita expresamente el controvertido Nord Stream 2, sí especifica que el presidente puede imponer sanciones a empresas que inviertan en la construcción de oleoductos para la exportación de energía. Las sanciones dirigidas a empresas que operan en el sector de la energía son, en todo caso, un instrumento opcional y depende de que la Casa Blanca opte por utilizarlo. “Si el Departamento del Tesoro usa esta provisión de una manera agresiva, podría amenazar con sancionar a cualquier compañía que invierta en Nord Stream 2”, explican desde el think tank Atlantic Council[2].
Increíblemente los senadores estadounidenses ponen como fundamento... la amenaza a la seguridad energética del Viejo Continente. Ellos juzgan que "el gobierno de Estados Unidos debe priorizar el apoyo a las exportaciones de energía de los Estados Unidos para crear empleos y fortalecer la política exterior de Estados Unidos", a la vez que también "ayudar a los aliados de Estados Unidos”[3]. El mismo diario afirma que “Con Nord Stream 2, saben que las exportaciones estadounidenses de gas de esquisto, que comenzaron modestamente en 2017, sufrirán gravemente la competencia del gas ruso. Es una forma de los Estados Unidos de "promover su propio gas", dice Isabelle Kocher, CEO de Engie. Las compañías estadounidenses tratan de exportar gas natural licuado (GNL)[4] a Europa, después de que la Administración de Barack Obama aprobara levantar las restricciones. Desde el punto de vista estratégico norteamericano el flujo de gas licuado barato en Europa rompe el monopolio de la rusa Gazprom y obliga a bajar los precios de la misma manera que el petróleo de esquisto estadounidense está rompiendo el dominio de la OPEP en los precios del crudo cambiando la relación de fuerzas y la dependencia con los dos grandes centros de producción de materias primas energéticas a nivel internacional. Tanto Lituania como Polonia abrieron terminales portuarias para recibir gas licuado. El gas de Gazpron es mucho más barato pero en términos geoestratégicos el GNL se ha vuelto lo suficientemente barato como para alterar por completo el equilibrio de poder, a pesar de la necesidad de licuarlo, transportarlo en barcos congelados y luego regasificarlo.

La brutal respuesta de Alemania y Austria

De forma colectiva y en nombre de la UE, Alemania y Austria se han unido en una brutal respuesta a la iniciativa del Senado norteamericano: “¡No podemos aceptar la amenaza de imponer sanciones ilegales extraterritoriales a compañías europeas que participan en los esfuerzos para expandir el suministro energético!”, aseguran el titular de Exteriores alemán y el canciller austríaco en un duro comunicado conjunto. Sigmar Gabriel y Christian Kern agregan en su comunicado que “La enmienda pretende proteger sus empleos en la industria estadounidense del gas y el petróleo”. “Las sanciones políticas no deben estar de ninguna manera vinculadas a los intereses económicos”, añade, para a continuación amenazar con un mayor deterioro de las relaciones trasatlánticas: “Amenazar con imponer sanciones a empresas de Alemania, Austria y otros países europeos en relación a sus negocios en EE UU si participan o financian proyectos de gas natural que impliquen a Rusia, como el Nord Stream 2, impacta de nuevo a las relaciones euroamericanas de forma negativa”. Estas declaraciones, a pesar de su habitual cautela, fueron apoyadas por la canciller alemana Ángela Merkel, cuyo vocero dijo que compartía “el mismo nivel de preocupación” expresado con “la misma vehemencia”.

Una nueva época de las relaciones entre EEUU y Alemania

Este es el último encontronazo diplomático, en medio de un clima de creciente tensión entre Washington y Berlín. La canciller alemana, Ángela Merkel, rompió recientemente su tradicional tono moderado para declarar que Europa ya no puede contar con el aliado estadounidense como hasta ahora, a raíz de que Trump decidiera abandonar el Acuerdo de París sobre cambio climático. En frase que hizo época pronunciada en un acto de campaña de su partido en Múnich, la líder democristiana había afirmado que “Los tiempos en que podíamos contar completamente con otros están terminando. Así lo he experimentado estos últimos días”. Pero este último que estamos comentando es revelador pues muestra un salto del enfrentamiento entre Europa y los EEUU. Es que a fines de mayo Merkel apuntaba esencialmente a Trump y su administración, colocándose de facto en el mismo campo que los oponentes de Trump en Washington DC, es decir, en particular el Congreso en muchos casos. Pero este golpe del sector anti-ruso del ‘establishment’ norteamericano golpea por sobre todo a sus proclamados aliados europeos. Ya no es solamente Trump a quien los alemanes denuncian, sino a Washington en su conjunto. Es un salto en la división transatlántica que toma un carácter verdaderamente estructural y de círculo vicioso, ya que a su vez refuerza la política anti europea de Trump. Desde hace meses Washington no repara en críticas a Berlín, a causa del superávit comercial alemán, que desequilibra la balanza comercial entre ambos países y de la que Trump considera una insuficiente contribución alemana a la OTAN.
Dicho de otra manera, la acción bipartidista del Senado de los Estados Unidos y la aguda respuesta del gobierno alemán ponen de manifiesto que los conflictos entre Estados Unidos y Alemania no se están intensificando simplemente como resultado del Presidente Donald Trump, sino que tienen profundas raíces objetivas como hemos dado cuenta en esta columna en varias ocasiones y desde hace años (Ver por ejemplo aquí, acá y aquí por nombrar algunos). Debemos notar que desde el choque de la reunión del G7 de la que Merkel salió asqueada del comportamiento del presidente norteamericano, el gobierno alemán ha trabajado sistemáticamente para expandir sus relaciones políticas y económicas mundiales. Después de que el primer ministro chino Li Keqiang y el primer ministro indio Narendra Modi visitaran Berlín a principios de junio, Merkel visitó Argentina y México, a la vez que el gobierno organizó una importante conferencia sobre África en Berlín los últimos días.
Por su parte, el mismo Sigmar Gabriel criticó la acción respaldada por Estados Unidos de Arabia Saudita contra Qatar, que está dirigida sobre todo a Irán. En una declaración, Gabriel defendió al emirato y advirtió contra una "Trumpificación" de las relaciones en la región. Los "últimos acuerdos gigantescos de armas entre el presidente estadounidense Trump y las monarquías del Golfo" intensificaron "el peligro de una nueva carrera armamentista". Esta era "una política completamente errónea, y ciertamente no la política de Alemania". Esta oposición de Alemania a EEUU y a Trump se ha intensificado desde el triunfo de Macron en Francia, el reflote del eje franco-alemán y la discusión de la construcción de un Ejército Europeo.

Hacia un desorden mundial

Como venimos afirmando desde la asunción de Trump, está claro que está en marcha un cambio en la política mundial con vastas implicaciones. Las relaciones e instituciones mundiales que durante décadas establecieron el marco para el desarrollo de la economía mundial capitalista y su política, están crujiendo. El intento de Trump en las cumbres del G7 y de la OTAN de asegurar mejores condiciones económicas para los Estados Unidos en relación a sus socios europeos, en especial Alemania, han sido un tiro por la culata como hemos visto. Ya ni siquiera la perspectiva de que la tensión bilateral pueda ensombrecer la cumbre del G20 del próximo mes en Hamburgo parece estar frenando a la veterana canciller alemán, la política más poderosa de Europa. Por el contrario a pesar del proteccionismo declarado de Trump, ésta quiere hacer avanzar la liberalización de los intercambios comerciales en el G20.
Algunos estrategas norteamericanos de política exterior califican estos acontecimientos como un retroceso histórico para Washington. Jacob Heilbrunn, editor de The National Interest dice que: "Cada administración americana desde 1945 ha tratado de trabajar estrechamente con Alemania y la OTAN", pero que EEUU bajo Trump están “empujando a Merkel a crear una superpotencia alemana"[5]. Y agrega: “Ahora que Francia ha elegido a Emanuel Macron presidente, Merkel está poniendo de nuevo de moda un eje franco-alemán que persiga un camino común económico y militar. Esto señalará una disminución significativa en el prestigio y la influencia estadounidense en el extranjero. Imaginemos, por ejemplo, que Merkel decide desafiar el empuje de Trump por sancionar y aislar a Irán estableciendo relaciones comerciales con Corea del Norte, incluyendo la venta de armas.
Todavía no estamos ahí. Pero el acercamiento de Trump a Europa y en otras partes se ha basado en la idea de que él puede desafiar las reglas del juego y extraer lo que quiere. El problema es que está animando a Alemania a convertirse en la superpotencia de Europa e inevitablemente perseguirá lo que considere sus propios intereses. Después de todo, es la nación que inventó el término “realpolitik”. La probabilidad es real pero como ya dijimos, y a diferencia de este estratega, para nosotros Trump solo acelera tendencias en la relación trasatlántica que vienen de la crisis de 2008 y se incrementaron durante la presidencia Obama, aunque éste a diferencia de Trump supo cubrir los intereses norteamericanos con una relación particular con Merkel, incluso por momentos contrario a los intereses geoeconómicos de Alemania como es el caso de las controvertidas sanciones a Moscú.
Pero lo que está claro es que este estratega se apura todavía demasiado: lo que estamos viendo sobre todo es la deconstrucción de la arquitectura transatlántica. Es esto que avanza al ritmo de la oposición y la inconsistencia anti-Trump en Washington DC, así como las ofensivas del trumpismo y las dificultades de Alemania para afirmar su liderazgo europeo en el marco de la potencia de la influencia norteamericana en Europa y Alemania después de más dos tercios de siglo. El vacío que crea la deconstrucción de esta influencia no puede ser llenado fácilmente más aun en el marco del desorden exacerbado que caracterizan a Washington, como consecuencia de la división de la elite y los factores de poder. Ni Alemania, ni la UE, están a la altura de poder llenar ese vacío. En este marco el desorden norteamericano solo puede aumentar el desorden mundial.

Juan Chingo
Comité de redacción de Révolution Permanente

Notas:
[1] El Tratado de no Agresión entre Alemania y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, conocido coloquialmente como Pacto Ribbentrop-Mólotov, fue firmado entre la Alemania Nazi y la Unión Soviética por los ministros de relaciones exteriores de ambos países, Joachim von Ribbentrop y Viacheslav Mólotov. El pacto se firmó nueve días antes de iniciarse la Segunda Guerra Mundial e incluía un reparto reaccionario en zonas de influencia de Europa del este. La peregrina idea de Stalin de que el mismo impediría la decisión del régimen nazi de invadir la Unión Soviética se mostró totalmente ilusoria.
[2] El País 16/6/2017.
[3] Citado en “La ‘ guerre du gaz ’ sort des frontières de l’Europe », Le Monde 17/6/2017.
[4] El gas natural licuado (GNL) es gas natural que ha sido procesado para ser transportado en forma líquida. Es la mejor alternativa para monetizar reservas en sitios apartados, donde no es económico llevar el gas al mercado directamente ya sea por gasoducto o por generación de electricidad. El advenimiento del GNL transportado significa que los precios del gas reflejan el mercado global. El suministro de Australia y de Indonesia, además de las exportaciones de Qatar, ha llevado a la abundancia. En 2015, el GNL reemplazó al mineral de hierro para convertirse en el segundo producto más comercializado del mundo después del crudo. Para algunos es sólo el comienzo. La Agencia Internacional de la Energía espera que represente la mitad del suministro mundial de gas para 2040.
[5] “Is Trump Pushing Merkel to Create A German Superpower?”, The National Interest 28/5/2017.

El Estado (colonial) y la revolución

Ha transcurrido un siglo desde que Lenin escribiera una de las piezas más importantes del pensamiento crítico: El Estado y la revolución. La obra fue escrita entre las dos revoluciones de 1917, la de febrero que acabó con el zarismo, y la de octubre que llevó a los soviets al poder. Se trata de la reconstrucción del pensamiento de Marx y Engels sobre el Estado, que estaba siendo menoscabado por las tendencias hegemónicas en las izquierdas de aquel momento.
Las principales ideas que surgen del texto son básicamente dos. El Estado es un órgano de dominación de una clase, por lo que no es apropiado hablar de Estado libre o popular. La revolución debe destruir el Estado burgués y remplazarlo por el Estado proletario que, en rigor, ya no es un verdadero Estado, puesto que ha demolido el aparato burocrático-militar (la burocracia y el ejército regular) que son sustituidos por funcionarios públicos electos y revocables y el armamento del pueblo, respectivamente.
Este no-verdadero-Estado comienza un lento proceso de extinción, cuestión que Lenin recoge de Marx y actualiza. En polémica con los anarquistas, los marxistas sostuvieron que el Estado tal como lo conocemos no puede desparecer ni extinguirse, sólo cabe destruirlo. Pero el no-Estado que lo sustituye, que ya no cuenta ni con ejército ni con burocracia permanentes, sí puede comenzar a desaparecer como órgano de poder-sobre, en la medida que las clases tienden también a desaparecer.
La Comuna de París era en aquellos años el ejemplo predilecto. Según Lenin, en la comuna el órgano de represión es la mayoría de la población y no una minoría, como siempre fue el caso bajo la esclavitud, la servidumbre y la esclavitud asalariada.
Véase el énfasis de aquellos revolucionarios en destruir el corazón del aparato estatal. Recordemos que Marx, en su balance sobre la comuna, sostuvo que la clase obrera no puede simplemente tomar posesión del aparato estatal existente y ponerlo en marcha para sus propios fines.
Hasta aquí una brevísima reconstrucción del pensamiento crítico sobre el Estado. En adelante, debemos considerar que se trata de reflexiones sobre los estados europeos, en los países más desarrollados del mundo que eran, a la vez, naciones imperiales.
En América Latina la construcción de los estados-nación fue bien diferente. Estamos ante estados que fueron creados contra y sobre las mayorías indias, negras y mestizas, como órganos de represión de clase (al igual que en Europa), pero además y superpuesto, como órganos de dominación de una raza sobre otras. En suma, no sólo fueron creados para asegurar la explotación y extracción de plusvalor, sino para consolidar el eje racial como nudo de la dominación.
En la mayor parte de los países latinoamericanos, los administradores del Estado-nación (tanto las burocracias civiles como las militares) son personas blancas que despojan y oprimen violentamente a las mayorías indias, negras y mestizas. Este doble eje, clasista y racista, de los estados nacidos con las independencias no sólo no modifica los análisis de Marx y Lenin, sino que los coloca en un punto distinto: la dominación estatal no puede sino ejercerse mediante la violencia racista y de clase.
Si aquellos consideraban al Estado como un parásito adherido al cuerpo de la sociedad, en América Latina no sólo parasita (figura que remite a la explotación), sino que es una máquina asesina, como lo muestra la historia de cinco siglos. Una maquinaria que ha unificado los intereses de una clase que es, a la vez, económicamente y racialmente dominante.
Llegados a este punto, quisiera hacer algunas consideraciones de actualidad.
La primera, es que la realidad del mundo ha cambiado en el siglo anterior, pero esos cambios no han modificado el papel del Estado. Más aún, podemos decir que vivimos bajo un régimen donde los estados están al servicio de la cuarta guerra mundial contra los pueblos. O sea, los estados le hacen la guerra a los pueblos; no estamos ante una desviación sino ante una realidad de carácter estructural.
La segunda es que, tratándose de destruir el aparato estatal, puede argumentarse (con razón) que los sectores populares no tenemos la fuerza suficiente para hacerlo, por lo menos en la inmensa mayoría de los países. Por eso, buena parte de las revoluciones son hijas de la guerra, momento en el cual los estados colapsan y se debilitan en extremo, como sucede en Siria. En esos momentos, surgen experiencias como la de los kurdos en Rojava.
No tener la fuerza suficiente, no quiere decir que deba darse por bueno ocupar el aparato estatal sin destruir sus núcleos de poder civil y militar. Todos los gobiernos progresistas (los pasados, los actuales y los que vendrán) no tienen otra política hacia los ejércitos que mantenerlos como están, intocables, porque ni siquiera sueñan con entrar en conflicto con ellos.
El problema es que ambas burocracias (pero en particular la militar) no pueden transformarse desde dentro ni de forma gradual. Suele decirse que las fuerzas armadas están subordinadas al poder civil. No es cierto, tienen sus propios intereses y mandan, aún en los países más democráticos. En Uruguay, por poner un ejemplo, los militares impidieron hasta hoy que se conozca la verdad sobre los desaparecidos y las torturas. Tanto el actual presidente, Tabaré Vázquez, como el anterior, José Mujica, se subordinaron a los militares.
Es muy poco serio pretender llegar al gobierno sin una política clara hacia las burocracias civil y militar. Las más de las veces, las izquierdas electorales eluden la cuestión, esconden la cabeza como el avestruz. Luego hacen gala de un pragmatismo sin límites.
Entonces, ¿qué hacer cuando no hay fuerza para derrotarlos?
Los kurdos y los zapatistas, además de los mapuche y los nasa, optaron por otro camino: armarse como pueblos, a veces con armas de fuego y otras veces con armas simbólicas como los bastones de mando. No es cuestión de técnica militar sino de disposición de ánimo.

Raúl Zibechi
La Jornada

viernes, junio 23, 2017

El Tercer Congreso de la Internacional Comunista



Hace 96 años, en 1921, se desarrollaba el Tercer Congreso de la Internacional Comunista o Tercera Internacional. Recordar y analizar las discusiones de entonces, constituyen un gran aporte para las tareas de la izquierda actual.

El movimiento obrero a lo largo de su historia puso en pie cuatro organizaciones internacionales. La Tercera Internacional, a la que se refiere esta nota, se fundó luego del triunfo de la Revolución Rusa de 1917 y en medio de la ola revolucionaria que se desarrollaba en Europa luego de la guerra. La Segunda Internacional, su antecesora, no había pasado la prueba impuesta por la Primera guerra mundial, ya que los principales partidos obreros que la integraban y que contaban con bancas parlamentarias en sus respectivos países, habían votado a favor de los créditos de guerra que les pedían sus gobiernos.
Frente a la bancarrota de la Segunda Internacional, el ala izquierda encabezada por Lenin, pondría en pie una nueva Internacional cuyo objetivo estratégico era la extensión de la revolución a nivel mundial y la pelea por el comunismo. Los partidos de la Segunda Internacional habían mantenido débiles contactos entre sí. La Tercera Internacional, en cambio, planteará el principio del partido mundial construido sobre la base de una teoría y práctica comunes y la meta de lograr una dirección revolucionaria internacional común. Era necesario poner en pie una internacional revolucionaria mucho más homogénea. En todos los países del mundo en que existían organizaciones obreras se dio el mismo proceso: los comunistas se separaban de los reformistas y se constituían como sección de la Internacional comunista.
La Tercera Internacional jugará un gran papel, como partido mundial de la revolución, antes de la degeneración estalinista que comenzará a partir del Quinto Congreso. Los cuatro primeros congresos se realizaron bajo la dirección de Lenin quien, junto a Trotsky, dio importantes batallas políticas tanto contra los reformistas que pregonaban el gradualismo o la moderación, pero también contra los izquierdistas que despreciaban todas las tareas preparatorias considerando que el triunfo de la revolución era inminente.

Hacia la conquista del poder, por la conquista previa de las masas

Cuando se realizó el Tercer Congreso, la Internacional Comunista ya contaba con 50 secciones en ciudades de todo el mundo y con algunos partidos europeos masivos en los países más industrializados, pero con la contradicción de que el triunfo de la revolución en Europa occidental se atrasaba. Entonces, surgieron discusiones sobre cuáles eran las tareas principales de ese momento.
Luego del triunfo de la Revolución Rusa y las primeras revoluciones en algunos países de Europa ganó lugar, en ciertos sectores de la internacional, la idea de que, por las secuelas mismas de la Guerra, que aún seguían afectando a las masas, seguía planteada la posibilidad de la toma del poder del proletariado como tarea inmediata.
En Alemania (1918-19), los comunistas no habían podido tomar el poder, pero el movimiento había derribado a una monarquía [1]. En Italia, se había desarrollado dos años de aguda lucha de clases en donde los trabajadores llevaron adelante importantes huelgas con tomas de fábricas, que se conoció como el “Bienio Rojo” (1919-20). Incluso, en Hungría y Baviera (1919), el proletariado había logrado, durante un tiempo, tomar el poder.
Aún luego de la derrota de estas experiencias, la esperanza en una rápida victoria de la clase obrera no había desaparecido. Teóricos como Georg Luckács (dirigente húngaro que estaba exiliado de su país después de que se había perdido la revolución), opinaban que, debido a la etapa imperialista del desarrollo capitalista que se encontraba en crisis mortal, existía “una actualidad universal de la revolución proletaria”. Para él y para otros miembros de la Internacional (italianos, alemanes y españoles), la revolución estaba “a la orden del día”. Estos comunistas omitían el análisis concreto de las situaciones, que podían variar, entre momentos de auges o muy alta lucha de clases donde estaba planteada la toma del poder, con momentos de calma o retroceso de esas luchas, que pueden incluir derrotas de la clase obrera y recuperación de la burguesía.
Dentro de una época, entendiendo por ella a grandes períodos históricos, no todas las situaciones (momentos más o menos prolongados) son idénticas. De este modo, durante la época que había sido inaugurada por las guerras imperialistas, las grandes crisis económicas y la revolución proletaria; no todas las situaciones eran idénticas.
La burguesía había demostrado mayor capacidad de resistencia de lo que se había creído. Su fuerza consistía sobre todo en que los “socialtraidores”, que eran los partidarios de la socialdemocracia o socialistas de la Segunda Internacional que durante la guerra llevaron a los obreros a una carnicería fratricida, después de la misma, eran los mejores sostenes del capitalismo tambaleante. En todos los países en que la burguesía ya no podía seguir siendo dueña de la situación, pasó el poder a los socialdemócratas. Además, se sumaba una relativa recuperación económica, que duraría poco, pero que era producto de planes de empleo para los soldados que volvían de la Guerra.
Lejos de todo esquematismo, para Lenin y Trotsky, había que pensar los problemas concretos de cada situación, de cada país. Impulsado por ellos, el Congreso examinó, ante todo, la situación de la economía mundial y abordó el problema de la táctica requerida para la nueva situación. La burguesía se fortalecía, al igual que sus servidores, los socialdemócratas. El momento de las victorias relativamente fáciles obtenidas por la Internacional Comunista en el curso de los años inmediatamente posteriores a la guerra, ya había pasado. Mientras se esperaban nuevos combates revolucionarios, había que reconstruir y fortalecer los partidos y conquistar las posiciones de los reformistas, como en los sindicatos, mediante un trabajo tenaz en las organizaciones obreras.
La ocupación de fábricas en Italia (1920), la huelga de Checoslovaquia, la insurrección de marzo en Alemania (1921), habían demostrado que los partidos comunistas, aun cuando combatían manifiestamente por los intereses de todo el proletariado, no podían derrotar a las fuerzas unidas de la burguesía y de la socialdemocracia si no contaban tras de sí con la mayoría de la clase obrera ni con las simpatías de las grandes masas del pueblo pobre. En el caso de Alemania en 1921, la acción prematura de la dirección del partido comunista alemán permitiría a la burguesía asestar un importante golpe a la vanguardia proletaria [2].
Por toda esta caracterización de la situación, el Congreso lanzó la siguiente consigna: “¡Hacia las masas!, es decir, hacia la conquista del poder, por la conquista previa de las masas, en su lucha y en su vida cotidiana”. (Subrayado nuestro)
En cambio, los sectores izquierdistas de la Internacional tenían una visión esquemática. No distinguían las distintas situaciones que se iban desarrollando en los distintos países. Planteaban que la táctica de la época era “de ofensiva”, determinada por acciones parciales contra el Estado y sus fuerzas represivas. Creían que estas acciones, combinadas con la difusión de las ideas comunistas, harían avanzar la conciencia de las masas para la toma del poder. Abandonando la tarea fundamental de ese momento, que era “ganarse a las masas desde adentro”, en los centros estratégicos del proletariado industrial. Esta visión desde afuera de las masas, los llevó a oponerse a intervenir en las elecciones parlamentarias y a todo trabajo en los sindicatos de masas. Una política sectaria que iba de la mano de impulsar la fundación de “sindicatos rojos”: sindicatos paralelos en los que sólo interviniesen revolucionarios o trabajadores influenciados directamente por ellos.
Para enfrentar estas tendencias, el congreso adoptó determinados criterios para el desarrollo de los jóvenes partidos comunistas. Lenin y Trotsky se oponían a quienes con acciones con barniz “izquierdista” arruinaban posibilidades futuras en países en los que faltaba preparar mejor a los partidos y no medían correctamente las relaciones de fuerza. La crítica estratégica de los dirigentes de la Revolución Rusa se basaba en su principal preocupación: las acciones fallidas podían retrasar los objetivos de la Internacional Comunista, que era la extensión de la revolución en Europa para instaurar Repúblicas de los Soviets en los países centrales. Ambos, en sus discursos y documentos, plantearon sugerencias valiosas en particular sobre el trabajo legal e ilegal; sobre todo en cuanto a la flexibilidad que debían tener los partidos en poder cambiar de un trabajo a otro, la organización y distribución de la prensa del partido, la creación de células (equipos) estructurados en las fábricas, entre otras.
Por eso, la orientación que ganó la votación ampliamente en este Congreso fue la que refería a “la táctica del Frente Único” con las organizaciones de masas.

La importancia del "Frente Único"

Tanto Lenin como Trotsky planteaban que, sin perder de vista el objetivo de los partidos comunistas de dirigir la revolución proletaria, la tarea de ese momento era lograr ganar a la mayoría de la clase obrera para conquistar las fuerzas necesarias para derrotar a la burguesía y su Estado y tomar el poder. Para ello, debían ponerse en pie partidos independientes, con un programa claro y, si bien no siempre estaba planteada la toma del poder, la lucha de clases no desaparecía. Ante la necesidad objetiva de la unidad en las acciones de las masas obreras, tanto para defenderse frente a los ataques del capital, como en la ofensiva contra éste, la táctica del Frente Único estaba planteada en todos los países donde el Partido Comunista no había aún alcanzado extender su influencia a la mayoría de la clase trabajadora.
Los comunistas debían apoyar la consigna de la mayor unidad posible de todas las organizaciones obreras que tuviesen incidencia en las masas en cada acción de lucha por sus intereses contra la burguesía. El Partido Comunista no debía aparecer como un obstáculo en la lucha cotidiana de los trabajadores, todo lo contrario. Debían demostrar que los comunistas eran los únicos que harían todo lo posible para ganar esas luchas aunque fuesen parciales y de esta forma ganarse la confianza de los obreros que pertenecían a las organizaciones reformistas. El Frente Único suponía llamar a acciones para “golpear juntos”, dentro de determinados límites, con las organizaciones reformistas, ya que éstas representaban aún la voluntad de fracciones importantes de los trabajadores en lucha. Ésta era la mejor manera de mostrar que los reformistas sabotearían la lucha y así ganar a sectores de masas, en pos de preparar al partido para cuando la toma del poder estuviese planteada nuevamente. Como decía Trotsky, siempre como organización independiente: “los comunistas participan en el frente único pero no se disuelven en él en ningún caso”. En la acción era donde las grandes masas debían convencerse de que los revolucionarios luchaban mejor que los otros, que eran más valientes y más decididos, y de que era necesario levantar un programa revolucionario.
Esta fue una discusión fundamental que seguirá incluso en el Cuarto Congreso (1922) y que serviría para comprender la pérdida de la estrategia revolucionaria, a partir del Quinto Congreso, es decir, después de la muerte de Lenin.

Emilio Salgado
@EmilioSalgadoQ
Jazmín Jimenez
Lic. en Sociología / @JazminesRoja

Notas:

1. La revolución comenzó en 1918 con un motín de marineros de la flota de Kiel que se negaban a seguir en la guerra. El 9 de noviembre el movimiento revolucionario obliga a renunciar al rey Guillermo II. Se convoca a una Asamblea Constituyente. Se forman los consejos de obreros y soldados (similares a los soviets rusos). Después de tres meses de doble poder la revolución es desviada por la socialdemocracia en el poder. En enero de 1919 comienza un proceso insurreccional que dura 5 días. El partido comunista recientemente fundado, llama a la toma del poder pero no puede ejercer un rol claro de dirección. La revolución es aplastada y los líderes son detenidos. Algunos, como Liebknecht y Luxemburgo, son asesinados.
2. En marzo de 1921, en las minas de carbón de Mansfeld, tuvieron lugar huelgas y ocupaciones de fábricas; el gobernador socialdemócrata envío al ejército y a la policía para terminar con el movimientos. El Partido Comunista Alemán, en lugar de denunciar la represión y llamar a la solidaridad desde una posición defensiva, llamó a la huelga general en todo el país y a la lucha armada. Del 22 al 29 de marzo se luchó heroicamente pero no hubo respuesta al llamado, por parte de las masas, y quedaron aislados del resto de la clase obrera del país. Todo terminó en una derrota con importantes bajas y miles de encarcelados. De esta forma, el partido perdió la influencia que tenía antes de marzo pasando de 350.000 miembros a la mitad. Para vencer no sólo era necesario la acción decidida de una vanguardia, sino también una estrecha relación del partido con los sectores de masas.

La cena blanca de América Latina



Esta película es una sorpresa. El tema se presenta, de por sí, árido. Y en tiempos en que ya se ha dicho tanto, uno no espera algo diferente. Espera algo de calidad, si, porque conoce de antemano a sus autores. Y ya con esa calidad que los antecede, el film nos colmaría.
Pero ocurre algo inesperado. Los autores hicieron lo que nadie imaginaba: decidieron no hablar, ni opinar, ni juzgar. Hubiesen estado en todo su derecho de hacerlo. Y hubiesen dicho cosas valiosas.
En cambio, mediante un arte imposible de percibir -tal es la sutileza del trabajo- fueron al lugar de los hechos y generaron, en un acto poético, una confianza pura y verdadera, que hizo que todos dijesen lo que pensaban.
Y entonces el pueblo contó su historia. Al contarla, expresan el drama de Romina Tejerina con una potencia superior al propio drama individual. La del país en el que vivimos, creyendo que vivimos en otro. Un país que sólo existe, a veces, en nuestra imaginación. Creyendo que somos un país laico, cosmopolita, pleno de pensadores, de Borges, de Marechales, de Bioys y de universitarios agudos que asombran en La Sorbonne. Que tiene el primer (y hoy ya el último) subterráneo de América latina, que inventó la birome y perfeccionó el By pass. Un país donde lo demás no existe.
El film nos recuerda que, parafraseando al padre de Verbitsky, San Pedro también es América. Que el cura, la que pela los pollos, las chicas que llevan el bebé al baile, los que se ríen como idiotas cuando hablan del amor, son nuestros conciudadanos. Y es con y sin ellos que estamos debatiendo el país que querríamos que fuese.
Con una habilidad de obra maestra (sí, de obra maestra, y el tiempo confirmará esta afirmación) quienes hicieron el film han sabido dejar hablar a la realidad, sin inscribirse, afortunadamente, en el remanido "realismo".
Esa tremenda realidad, tan lograda, es la que hace, por sí misma, más destacado aún el triunfo que significa haber instalado la bandera de este caso doloroso. Demostrar que ninguna mujer, NINGUNA, quiere abortar, ni psicotizarse para matar, luego de una violación impune. Que pedir por el derecho al aborto significa luchar para que no ocurra esta barbarie en donde se mata o se muere porque un sector oscuro y viscoso, que vive en la Edad Media, pretende que seamos nadies; nadies, si, objetos dolidos y a repetición, lo que también incluye a los ejecutores, integrantes de su propia trampa miserable; a los jueces, fiscales, e intendentes dormidos en la piedra de sus corazones de también nadies, arrumbados en el rincón geográfico de su adormidera ficticia,
Todo esto, que indigna, que subleva, no lo digo yo; lo dice, suave, dulcemente, con la fuerza de lo que ya está cambiando, porque ha sido bellamente filmado y para siempre, la extraordinaria obra que recomiendo ir a ver, para verse.

Juan Carlos Capurro

Vargas Llosa, Goytisolo, la literatura y la rebeldía política



Escrito del Premio Nobel peruano a dos semanas de la muerte del gran novelista español

“Juan Goytisolo, la rebeldía como carta de identidad”, titula Mario Vargas Llosa su artículo sobre Juan Goytisolo en La Nación de este lunes 19 de junio. Es un trabajo notable, porque Vargas Llosa parece hablar, ante todo, de sí mismo, de sus tiempos de castrista, su “desilusión” y su tránsito hacia la derecha hasta convertirse en lo que es hoy: una suerte de portavoz oficioso del Departamento de Estado norteamericano. No fue el caso, por cierto, de Goytisolo, pero el interés del asunto radica en que vuelve al debate entre la literatura y la política. O la literatura y la revolución.
“Ocurrió a comienzos de los años sesenta, en París, cuando con Juan Goytisolo nos veíamos de tanto en tanto. No sé cómo había llegado a mis manos aquella revista del régimen, con un gran artículo en primera página, ‘Ese pertinaz don Juan’, acusándolo de atizar todas las conspiraciones que se tramaban en Francia contra la España de Franco. Se lo llevé y lo leímos juntos en un bistrot de Saint-Germain. Pocas veces lo volví a ver tan contento, a él, que era generalmente huraño y reservado. Aquella diatriba le confirmaba que estaba en la buena línea: la disidencia y la rebeldía eran ya su carta de identidad”, escribe Vargas Llosa.
Goytisolo había pertenecido a la llamada “generación del medio siglo” o “de los niños de la guerra”, la de esos escritores nacidos alrededor de los años ’20 del siglo pasado y vivieron su niñez o su adolescencia bajo las atrocidades de la Guerra Civil y, luego, las de la dictadura de Francisco Franco. Esa generación recorrió dos etapas. La primera de ellas mantuvo una pretendida equidistancia del estilo solemne e impostado que solían emplear tanto la propaganda del régimen como la literatura de la resistencia. Los “niños de la guerra” se mostraron en principio más preocupados por las cuestiones éticas y, especialmente, por el estilo poético pulido y elegante. De tal suerte fueron, en cierto modo, un producto no sólo de la guerra sino, sobre todo, de la derrota republicana, de las traiciones del estalinismo y del triunfo fascista. Goytisolo, además, vio morir a su madre en un bombardeo de la aviación italiana a Barcelona, cuando él tenía 7 años de edad.
En una segunda etapa, sin embargo, y en ella deslumbra Goytisolo –muchos lo consideran el mejor novelista de aquella generación y hasta el más importante de comienzos del siglo XXI− asumió la obligación, decían, de denunciar “las miserias y las injusticias sociales”. Reunidos clandestinamente en casas de Madrid y Barcelona, aquellos novelistas y poetas tuvieron su mayor punto de referencia en Antonio Machado.
En 1956 Goytisolo abandonó España. Censurado y hostigado por los franquistas, fue docente y periodista en París, California, Boston y, finalmente, en Makarrech, Marruecos, donde murió hace un par de semanas a los 86 años. En 2012 abandonó la narrativa (“ya no tengo nada que decir”, aseguró) y a los 80 años hizo su estreno poético. Su único poemario tiene nueve poesías. “Cuando dejé la narrativa pasaron por mi cabeza como bandas de cigüeñas que me dejaron esos poemas”, declaró entonces.
Había abandonado hacía mucho el viejo estilo elegante, desechado los signos de puntuación e incluía en sus obras poemas en prosa, parodias y rupturas del orden cronológico. Novelas como Señas de identidad y Furgón de cola fueron ataques directos no sólo al franquismo; además, apuntó ácidamente contra todas las tradiciones conservadoras de España, en primer lugar la religión (de familia y formación católica, fue un ateo militante). Esa crítica a la “España que muere”, cantada por Machado, Goytisolo la extendió universalmente a todo dogmatismo político o religioso, con “un realismo voluntarioso, transparente, bien trabajado, y una intención crítica que daba en el blanco”, dice Vargas Llosa, quien añade, sin embargo, que Goytisolo “intentó reinventarse literariamente, ensayando una prosa rebuscada y litúrgica (…) en la que las inciertas historias parecían pretextos para una retórica sin vida”. Antes que de Goytisolo, Vargas Llosa parece referirse a su propia retórica, perdida toda la vitalidad de sus grandes obras después de su ruptura con la Revolución Cubana y su pasaje a la derecha.
Vargas Llosa no le perdona a Goytisolo, por ejemplo, su descreimiento –que tenía, cierto es, una carga determinante de escepticismo general− en la “democracia” que sobrevino a la caída del franquismo: “Durante algunos años –dice− se negó a creer que la Transición hubiera cambiado el país e instaurado una verdadera democracia; sostenía, con su empecinamiento característico, que todo aquello era una delgada apariencia bajo la cual seguían mandando los mismos de siempre”.
Vargas Llosa y Goytisolo habían roto juntos con el régimen cubano, y con ellos toda una generación de intelectuales de izquierda que no soportaron el encarcelamiento y tortura en La Habana al poeta disidente Heberto Padilla, bajo la acusación absurda de que se trataba de un agente de la CIA. Hubo entonces un manifiesto firmado por más de 60 escritores y artistas notables de todo el mundo que hicieron oír su protesta por aquel atropello. Ese manifiesto fue redactado en el departamento barcelonés de Vargas Llosa por él mismo, con Luis Goytisolo (hermano de Juan), José María Castellet y Hans Magnus Enzensberger. Por eso Vargas Llosa dice que él y Goytisolo “en política, seguimos trayectorias bastante parecidas”. No es cierto.
Goytisolo fue hasta el final de su vida, como admite el Premio Nobel peruano, un rebelde pertinaz. Vargas Llosa, en cambio −tal vez el mejor de los escritores del boom latinoamericano, con novelas tan monumentales como La casa verde o Conversación en La Catedral− pasó a ser después de 1971, cuando rompió no ya con el régimen castrista sino con la Revolución Cubana, y se fue de la Casa de las Américas, un productor de liviandades maravillosamente escritas.
La literatura es forma, pero sobre todo es contenido. Y en esta época su alimento es la rebeldía. Por eso Juan Goytisolo fue grandioso hasta el final.

Alejandro Guerrero

Brasil: Nueva huelga general



Para el 30 de junio, está convocada una nueva huelga general en Brasil. La iniciativa fue adoptada por las centrales sindicales. Esta convocatoria viene precedida por el parazo del 28 de abril pasado, que conmovió al país. Tanto por su masividad como por su contundencia, se trató de la medida de fuerza más importante de las últimas décadas y fue acompañada de piquetes, movilizaciones y cortes de calles en las principales localidades del país.
Pese a su éxito, las centrales sindicales se tomaron su tiempo y fueron dilatando una nueva convocatoria. Hasta ahora han evitado darle un carácter activo a la huelga del 30, procurando convertirla en una jornada dominguera.
Entretanto, las direcciones gremiales, empezando por la CUT -enrolada políticamente con el PT-, actúan como dique de contención de huelgas e iniciativas de lucha en diferentes gremios.

Gobernabilidad

La burocracia sindical está jugando un papel clave para mantener la gobernabilidad de un régimen que está contra las cuerdas. A su turno, la Corte Electoral acaba de salvarle el pellejo a Temer, rechazando la acusación por el financiamiento ilegal del entonces binomio presidencial triunfante (Rousseff-Temer), lo que hubiera significado la destitución automática del actual primer mandatario. Pero eso no es suficiente. En forma inmediata, debe hacer frente a las acusaciones de soborno del empresario de la carne Joesley Batista, que desataron la reciente tormenta política. Estamos frente a una guerra que se libra en todos los planos -el de la Justicia, los servicios y, principalmente, en el de la orientación económica del Estado, a través de una puja abierta entre la burguesía local y el imperialismo por el manejo y explotación de los grandes recursos y la actividad industrial del país y, por lo tanto, sobre el destino de las grandes corporaciones brasileñas. La operación Lava Jato y, ahora, las revelaciones de los hermanos Batista, impulsadas desde Estados Unidos, han apuntado a quebrar la articulación industrial y financiera armada en torno de Petrobras y el sistema de contratos y concesiones otorgadas desde el Estado.
La dirigencia sindical está actuando como furgón de cola de la estrategia del PT que viene colocando como salida la candidatura presidencial de Lula para 2018. En nombre de ese “volveremos”, bloquea la posibilidad de que Temer caiga, ahora, bajo la presión directa de la acción popular.

“Directas”

La plataforma de la huelga incluye, por primera vez, el reclamo el “elecciones directas”. Es el reclamo principal que enarbola el Frente Amplio, una coalición de partidos que incluye entre otros, al PT y al PSOL.
Las ‘diretas’ le plantean al PT un problema insoluble, con o sin legislativas, pues para ello no tienen más remedio que pactar con los partidos tradicionales, ello, con el pretexto de alcanzar una mayoría parlamentaria, reiterando la nefasta experiencia ya recorrida cuando fueron gobierno.
La declaración del ex presidente Fernando Henrique Cardoso (PSDB) pidiendo a Temer la anticipación de las elecciones animó a la dirigencia del PT. Según Cardoso, el llamado a nuevas elecciones busca “devolver la legitimidad del orden a la soberanía popular”. Estamos ante un giro del ex presidente, quien venía pugnando por la designación de un sucesor de “consenso”. Este giro, probablemente, tenga que ver con las crecientes fisuras del campo oficialista, que se extiende a un Parlamento que ha frenado la salida de la reforma laboral y jubilatoria. Esta cuestión es crucial, puesto que priva a Temer, quizá, de su principal arma de gobierno: la de presentarse como garante del ajuste que vino llevando adelante desde que asumió. Un empantanamiento de la ofensiva antipopular en curso puede acelerar la determinación del capital de soltarle la mano.
El líder del PT en Diputados, Carlos Zarattini (San Pablo) afirmó que buscarán a los tucanos (Cardoso) para un acuerdo: “Intentaremos hablar con ellos para un acuerdo sobre las elecciones directas. Nuestro objetivo es sacar a Temer” (Infobae, 14/6). La huelga del 30 pretende ser colocada detrás de esta perspectiva política, aunque todo está atado con alambres y no se puede descartar que vuelva a abrirse paso una salida de consenso. Después de haber batido el parche sobre las “elecciones directas ya” y aprobada dicha consigna en el Congreso del PT, Lula dejó de lado ese reclamo y exhortó a esperar a 2018, lo que fue interpretado, por algunos analistas, como una puerta para negociar un sucesor a través de una elección indirecta por el Congreso.
Con independencia de ello, ya sea de un candidato de consenso o de una directa necesariamente pactada, estas opciones tendrán como fundamento una continuidad de la política de austeridad y de reformas antiobreras.

Congreso de trabajadores

Cualquiera sea el arreglo que se llegue, ese desenlace no cierra la crisis. Las convulsiones políticas seguirán. La cuestión del momento, en Brasil, es darle continuidad a la movilización popular, empezando por garantizar la masividad de la huelga general y darle un carácter activo.
En oposición a las salidas capitalistas y antipopulares que se están barajando, cobra enorme relevancia y actualidad la convocatoria a un congreso de trabajadores para discutir un programa y una salida política frente a la crisis en desarrollo. Por el retiro de la reforma laboral y jubilatoria; por un salario y una jubilación equivalente a la canasta familiar; por el reparto de las horas de trabajo sin afectar el salario y ocupación de toda fábrica que cierre o despida; por la apertura de los libros de todos los pulpos capitalistas y por el control obrero de la producción; por el cese del pago de la deuda externa e interna, y la nacionalización sin pago de la banca y de los monopolios petroleros, de modo de colocar los recursos al servicio de las necesidades sociales. Es hora de luchar por una Asamblea Constituyente libre y soberana, donde se discuta una reorganización integral del país sobre nuevas bases sociales. La cuestión clave en Brasil y, de un modo general, en América Latina, es que la clase obrera emerja como un factor político independiente y se transforme en alternativa de poder.

Pablo Heller

Cuba, EE.UU. y España: entre esclavos y guerras



Los Estados Unidos y la Corona española se disputaban Cuba como un botín de guerra. El 23 de junio de 1898 desembarcaban los norteamericanos en el Caribe. Aquí reseñamos el inicio de su dominio.

Hija directa de la llegada de Colón a América, la isla estuvo marcada por los grilletes en los pies del esclavo, el látigo, la zafra, la caña de azúcar y el tabaco; pero también por las ideas insurgentes. Pues con los barcos españoles no solo anclaban años de saqueo, sino tambien hacia mediados del siglo XIX, desembarcaban los primeros anarquistas, que fundarían las primeras organizaciones del movimiento obrero.
La economía cubana estaba basada en el trabajo esclavo, literalmente hasta la muerte de los negros traídos como ganado, en los infectados barcos desde el Africa.
Este sistema comenzó a agotarse porque el régimen esclavista convivía con la comercialización y el avance de la tecnología capitalista. Si a este cuadro le sumamos la caída de los precios del azúcar; se fue gestando la crisis que posibilitaría la entrada del capital británico y norteamericano en la isla. De esta manera, los EEUU no solo tendría cada vez más participación en la industria azucarera sino que comenzaría una lenta y cada vez más agresiva intervención en la isla.
En su primera guerra de independencia del periodo 1868-1878, fueron los propios hacendados quienes dieron la libertad a sus esclavos para luchar contra los españoles, pero fracasaron antes la superioridad militar colonial.
Mientras tanto Cuba se afirmaba en el capitalismo mundial, especializando su industria azucarera y el tabaco.
Esta lucha tardía por su independencia, se explica por el temor de la burguesía azucarera y los terratenientes a impulsar las fuerzas revolucionarias que habían marcado a fuego al Caribe con la Revolución Negra Haitiana. Tales recuerdos, alejaban los ánimos independentistas de la oligarquía local.
En 1895, Cuba vuelve a la guerra de independencia contra España. El poeta José Martí, quien fuera el fundador del Partido Revolucionario Cubano, estará entre sus principales inspiradores y combatientes. La pequeña burguesía liberal encabeza el movimiento confluyendo con el movimiento obrero –influenciado por el anarquismo- que lucha junto al PRC, los afrocubanos, peones rurales, campesinos tabacaleros y la pequeñoburguesía urbana. La lucidez de José Martí lo lleva a comprender que el carácter de esta lucha es anti-imperialista, agudizando su visión y solidaridad de los pueblos oprimidos del continente como se ve reflejado en su obra. Sin embargo, su visión de la lucha que se libraba era policlasista y, luego de su temprana muerte en combate, el PRC subordinó al movimiento a la dirección de la burguesía y los terratenientes. Estos últimos actores son los que pedirán la intervención de los EEUU en la lucha contra los españoles.
El 15 de febrero de 1898, una explosión del acorazado “Maine” enviado a La Habana por los EEUU para custodiar sus propiedades, fue hundido con un saldo de más de 260 muertos (entre tripulantes y oficiales). La causa de la explosión sigue siendo una incógnita. Sucedió por la noche cuando todos dormían y nunca se supo si en verdad fue un ataque de los españoles (aunque la pericias de la época indicarían que no) o si en verdad la explosión había sido provocada -desde adentro del barco- por los propios norteamericanos para encontrar “la excusa” perfecta para declarar la guerra a España. Y así sucedió.
En un clima de ferviente patriotismo yankee, y en uno igual de reaccionario se inició la contienda bélica.
El 23 de junio de 1898 desembarcan en territorio cubano las tropas voluntarias de caballería norteamericanas llamadas Rough Riders (Jinetes Duros). Si bien por vía terrestre no eran muy fuertes, contaban con el apoyo de la población local que querían sacarse de encima a los españoles. Uno de los comandantes era Theodore Roosvelt, quien pocos años más tarde seria presidente de los EEUU. Su mision era apoderarse del bastión de los españoles en la ciudad de Santiago y ganan su primera batalla en San Juan, asestando un duro golpe al colonialismo.
Mientras aumentan las bajas españolas, el 3 de julio la flota intenta escapar del sitio del puerto de Santiago. Pero a la salida del mismo lo esperaba formando una media luna la poderosa armada norteamericana. La superioridad militar yankee fue notable.
En poco más de dos horas la derrota de la flota española estaba hundida. Es llamativo que el barco insignia de los españoles en ser derrotado, el mas importante, se llamaba “Cristóbal Colón”.
El 13 de agosto la bandera española es bajada del mástil de la ciudad. Pero en su lugar no se iza la bandera cubana, sino la de EEUU.
Así terminaban cuatro siglos del saqueo y colonialismo español. Sin embargo, comenzaba el dominio de los EEUU en la región. Bajo la tutela del naciente imperialismo yankee se declara la “independencia” formal de Cuba.
El 12 de junio de 1901 la Asamblea Constituyente cubana redacta su propia Constitución. Pero el senador de EEUU llamado Edward Platt le impone una cláusula, que pasará a conocerse con el nombre de la “enmienda Platt” que impone claramente el “precio” de la “libertad” y las nuevas condiciones: “Cuba reconoce el derecho de EE.UU. a intervenir en sus asuntos internos; siempre que este último país lo estime necesario para la conservación de la independencia cubana, y para el mantenimiento de un gobierno adecuado para la protección de la vida, propiedad y libertad individual (…) Para poner en condiciones a los EE.UU. de mantener la independencia de Cuba y proteger al pueblo de la misma, así como de su propia defensa, Cuba arrendará o venderá tierras a los EE.UU.; destinadas al establecimiento de bases carboneras y navales”.
Hasta el día de hoy el símbolo de aquélla injerencia es la base militar de Guantánamo, reconocida mundialmente por las torturas y crímenes de lesa humanidad y todo tipo de violaciones a los más elementales DDHH.
Toda la lucha de clases desatada en la isla en el siglo XX, incluso mediando la Revolución Cubana de 1959, tuvo como blanco de todo su odio y desprecio a esta imposición del imperialismo yankee. Desprecio que, al día de hoy, continúa incrementándose.

Daniel Lencina

jueves, junio 22, 2017

Corea del Norte y la escalada militar norteamericana



Bajo la era Trump, Estados Unidos ha intensificado sus amenazas contra el régimen norcoreano. El secretario de Estado, Rex Tillerson, proclamó que se había acabado la “paciencia estratégica” de Washington, una advertencia velada sobre el uso inminente de la fuerza contra Norcorea.
“Lo que ahora asoma es un efectivo plan de guerra que este mes alcanzará su pico máximo. En la zona se encuentra el portaaviones ‘Carl Vinson’ con su flota de apoyo que incluye un conjunto de naves misilísticas. Hacia allí se está movilizando el ‘Ronald Reagan’, fondeado en Japón. Y desde Estados Unidos se encamina el ‘Nimitz’” (Clarín, 4/6).
La escalada sobre Corea es un tiro por elevación contra China, con la que Estados Unidos sostiene una pulseada estratégica. Los planes de la Casa Blanca se dirigen a establecer una hegemonía indiscutida en Asia, lo que incluye el dominio militar del Mar de la China Meridional -hoy en disputa- que es la llave por donde pasa gran parte del comercio de ese continente. De ese modo, procura avanzar en la penetración capitalista en el gigante asiático, alentando una mayor apertura de su economía y desmantelando el proteccionismo financiero e industrial que mantiene Pekín en sus fronteras. Una de las primeras medidas del presidente fue impulsar el aumento del presupuesto militar, continuando con la política de la gestión demócrata.
La ofensiva contra Corea apunta también al frente interno. La Casa Blanca intenta demostrar una iniciativa y un liderazgo que le permita hacer frente a los obstáculos crecientes a su gestión fronteras adentro.
Sin embargo, más allá de las advertencias de una represalia militar inminente contra Norcorea, en caso de que siguieran sus ensayos nucleares, el semanario inglés The Economist advierte que: “Mr. Trump posiblemente no quiera empezar una guerra. Sus acciones militares en Siria y en Afganistán indican que es más cauteloso de lo que sugieren sus proclamas” (22/4). Hasta ahora, el magnate presidencial, más allá de las bravuconadas, ha desistido de enviar tropas a las regiones de conflicto y se ha recostado en Rusia, en el régimen iraní y hasta en legiones kurdas en la búsqueda de una estabilización del Medio Oriente, aunque ello le haya traído aparejado un choque con aliados históricos de Estados Unidos en la región, como Arabia Saudita y Turquía.

China y Corea del Sur

Contradictoriamente, y a pesar del antagonismo estratégico que sostiene con China, la Casa Blanca no puede prescindir de su concurso para la cuestión coreana: “América sólo puede solucionar el conflicto con Corea del Norte con la ayuda de China” (ídem). El gigante del Asia tiene capacidad para ejercer una presión sobre el régimen, desde el momento que el 85% del comercio exterior coreano va dirigido a aquel país, que le asegura el suministro de petróleo.
China no está dispuesta a una guerra por Corea. Más aún, Pekín ha presionado y presiona a Pionyang para congelar sus ensayos misilísticos e incluso para avanzar en un desmantelamiento de su arsenal nuclear. Por lo pronto, en febrero, suspendió sus compras de carbón, el principal producto que exporta Corea del Norte. Este entendimiento sino-norteamericano volvió a ser ratificado con motivo del encuentro entre los mandatarios de ambos países que tuvo lugar en abril, aunque no dejaron de aflorar intereses encontrados en cuanto al futuro político de la región. La Casa Blanca utiliza el conflicto coreano como pantalla para consolidar su liderazgo militar, lo cual no sería del agrado de la burocracia china, que ve con recelo los recientes desplazamientos bélicos de Estados Unidos en la zona.
El régimen surcoreano no es partidario tampoco de ir a una aventura bélica. Su nuevo presidente asume en medio de una gran crisis política que culminó con la destitución de la anterior mandataria, juicio político mediante, a raíz de su involucramiento en actos de corrupción que generaron grandes movilizaciones populares. La conmoción política se entrecruza con un ascenso huelguístico contra el ajuste al que se pretende someter a la clase obrera. El nuevo premier es partidario de establecer negociaciones con vistas a avanzar en una mayor integración económica entre ambos países.

El régimen norcoreano

El poderío militar desafiante que exhibe el actual presidente norcoreano no puede disimular el empantanamiento y la descomposición económica crecientes. El Estado, que tiene en su manos la gestión de la economía, hace agua y el “contrabando cubre todos los rubros, desde arroz hasta latas de Coca-Cola” (North Corea Confidential, Daniel Tudor y James Pearson). El gobierno ha tratado de contrarrestar esta situación legalizando el comercio privado, que “se ha vuelto tan preponderante en los últimos años que impregna todos los niveles de la sociedad, desde los más pobres hasta las élites partidarias y militares” (ídem).
Los mercados legalizados se duplicaron. “Los agricultores venden su cosecha tras entregar la cuota estatal, los empresarios privados dejaron de ser estigmatizados y perseguidos y los gestores de las compañías estatales son libres para contratar o despedir a trabajadores, subirles el sueldo o repartir beneficios” (La Nación, 15/5).
Este proceso ha ido de la mano de una ascendente diferenciación social. “La apertura dinamitó la sacrosanta igualdad de clases. El líder (refiriéndose al presidente) se esfuerza por fidelizar a los donju o maestros del dinero, casi siempre relacionados con el comercio internacional (ídem). Pionyang, la capital norcoreana, retrata este fenómeno en donde se registra un auge inusitado de la construcción de viviendas residenciales y centros comerciales, Entretanto, tres de cada cuatro norcoreanos, empezando por las zonas rurales, están amenazados por la malnutrición, según la ONU.
Como en la China de los ’90, hay “zonas económicas especiales” para la inversión de empresas extranjeras. Los salarios van para el Estado, que da una pequeña parte a los trabajadores. Una de estas zonas es Rason, cerca de la frontera con Rusia; otra es Kaesong, cerca de la zona desmilitarizada. Del mismo modo, el Estado exporta 50.000 o más trabajadores a China, Rusia e incluso Qatar, y la mayoría de sus salarios también van directamente al Estado.

Conclusión

Corresponde condenar y movilizarse contra la escalada bélica y las provocaciones del gobierno yanqui contra Corea del Norte. Es necesario desenmascarar los verdaderos fines de la intervención imperialista que apunta a una consolidación de su rol de gendarme en la región. La denuncia debe incluir también a Pekín, por su complicidad con la Casa Blanca en la extorsión al régimen norcoreano.
El desarrollo de las tendencias revolucionarias de Corea y de toda la región asiática -y, en primer lugar, de la poderosa clase obrera china que viene ganado protagonismo- es la única garantía para terminar con la pesadilla de nuevas guerras, que sólo puede tener un fin si se acaba con los regímenes que las promueven.
Una mayor “integración económica” entre ambas Coreas, que es lo que viene pregonando un ala de la burguesía surcoreana, será una nueva fuente de confiscación contra la clase obrera de los dos lados. Retomar la continuidad y extender las “zonas económicas especiales” es, por un lado, un mecanismo de superexplotación de la clase obrera del Norte y, por el otro, un arma contra los obreros del Sur para depreciar aún más los salarios, sometiéndolos a la competencia del reservorio potencial de mano de obra semiesclava del Norte. Por lo pronto, en Surcorea, está en marcha una reforma laboral draconiana fogoneada por la Federación Coreana de Industrias y los “chaebols” -los grandes conglomerados capitalistas que controlan la economía del país.
Muchos de estos pulpos se encuentran en la mira, precisamente, por la violación de derechos laborales. De Samsung, ya denunciado por condiciones semiesclavas (“los empleados, algunos de ellos menores de edad, soportan hasta cien horas extraordinarias forzadas por mes, trabajo no remunerado, de pie de 11 a 12 horas, abuso verbal y físico, discriminación grave de edad y sexo -Portafolio, 4/12-), recientemente se filtró un documento dirigido a jefes corporativos que instaba a “aislar a los empleados”, “castigar a los líderes” y “provocar conflictos internos” (ídem).
Aunque no está colocada como perspectiva inmediata, esta integración económica nos da una pista de lo que podría ser una reunificación bajo el padrinazgo y bendición de Washington, Tokio e incluso Pekín. Lejos de usufructuar las ventajas de Occidente, la población del Norte, como ya viene ocurriendo con los trabajadores del Corea del Sur, será acreedora de sus lacras, con más razón, cuando vienen impactando de lleno los efectos dislocadores de la bancarrota capitalista mundial.
Las bravuconadas del mandatario norcoreano no pueden ocultar la creciente impasse económica, política y social del régimen, que apuesta a sobrevivir con un giro hacia los “mercados”. Esta apertura de la economía, más temprano que tarde, acelerará el derrumbe del régimen burocrático y la injerencia imperialista.
La unidad de Corea en términos progresivos está reservada a la clase obrera. Los trabajadores de Corea del norte y del sur deben unirse y emerger como un polo político independiente, de los dos bandos en pugna, tanto del imperialismo y sus socios locales como de la burocracia descompuesta -o sea, la batalla por una Corea unida y socialista.

Pablo Heller

Yo, Daniel Blake: Ken Loach y la clase obrera en el laberinto de la crisis



Se estrena la ultima película del director de Tierra y libertad.

Un hombre maduro debe solicitar un subsidio en las oficinas de seguridad social británica en New Castle luego de que un infarto le impida seguir con su trabajo en una fábrica maderera. Sin embargo, la tarea que a simple vista podría postularse como un sencillo trámite, se convierte en un farragoso laberinto kafkiano al que Daniel Blake, el hombre en cuestión, ingresa y del que parece no saber salir. No lo ayuda el hecho de no que, a pesar de ser un eximio carpintero que sabe apreciar los materiales que su trabajo transforma, no sabe usar computadoras ni la web, requisitos indispensables, como remarcan los burocráticos oficinistas que se dedican a atender, por lo general, con una frialdad robótica a todos los que concurren a esas oficinas en busca de una ayuda estatal. Allí, Blake conoce a Katie, recién llegada desde Londres con sus dos hijos porque sólo puede mudarse a un precario departamento que no podría solventar en la capital británica, donde vivía en una habitación de la seguridad social junto a los dos niños. Las dificultades de los dos protagonistas para lidiar con la pobreza y las condiciones misérrimas que atraviesan los sectores más pauperizados de la clase trabajadora, incluso en una potencia imperialista como Gran Bretaña, forman parte de la cotidianidad de esas vidas –que la realidad no desmiente: tan sólo hace unos días decenas de personas murieron en el incendio de un edificio habitado por familias obreras e inmigrantes en pleno Londres.
También se hacen presentes los lazos de confraternización, la amistad y los vínculos que se crean al son de la crisis –aunque también el aprovechamiento brutal que esas crisis pueden generar. Una de las escenas más impactantes se da en un Banco de Alimentos, instituciones que otorgan artículos de primera necesidad a los más necesitados a pocos kilómetros del Palacio de Buckingham y la City londinense.
La película de Loach –un gran director que desde sus comienzos retrató a la clase obrera británica y también la de otras latitudes– carece en esta oportunidad de héroes colectivos y muestra sobre todo lazos tenues en una sociedad atravesada por la crisis capitalista y una burocracia estatal que se muestra inconmovible ante los dramas personales que el Estado mismo provoca en las clases subalternas. La película, que ganó la Palma de Oro de Cannes en 2016, se estrena este jueves 22. Sin alcanzar las cumbres de Loach como Riff Raff, Tierra o libertad, Ladybird, ladybyrd o el documental Days of hope; el cine de Loach mantiene una coherencia estética y de contenido, que centra sus historias en los hombres y mujeres que producen la riqueza de las naciones, que son expoliados por la burguesía y sus Estados y que un día, más tarde o más temprano, gobernarán el destino de sus vidas.

Antonia Torrebruna

Deuda eterna



La decisión de Macri de tomar deuda a cien años de plazo, y con una tasa usuraria, no sólo retrata a su gabinete de CEO's.
Además, ha recibido por toda respuesta una bofetada descomunal del capital financiero, que mandó a Argentina a la categoría de “país de frontera”.
La caída de las bolsas, la trepada del riesgo país y del dólar son los primeros síntomas de una agudización de la fuga de capitales.
El bono centenario no expresa la “confianza de los mercados”, sino que es otro paso en el hiperendeudamiento.
La deuda como factor de sometimiento nacional vuelve al centro de la agenda.
En solo un año y medio, Macri engrosó esa hipoteca en 80.000 millones de dólares.
Cristina Kirchner, que ahora pide “revisarla”, dejó el gobierno con 250.000 millones de dólares de deuda. Luego de haber pagado “serialmente” otros 170.000 en sus dos mandatos.
En la cuestión de la deuda, macristas, “nacionales y populares” de Cristina o “renovadores” de Massa están cortados por la misma tijera.
Ayer y hoy, fueron y son los encargados de hacerle pagar al pueblo el tributo colonial que reclaman los usureros. Con impuestazos, con ajustes al salario, a la educación y a la salud.
Sólo el Frente de Izquierda reclama la investigación y el repudio de la deuda usuraria, varias veces pagada desde la dictadura hasta hoy.
La “deuda eterna” es otro fuerte motivo para que el pueblo argentino dé un enérgico viraje político. Para romper con el yugo del capital financiero, es necesario que reforcemos una alternativa propia de los trabajadores.

Partido Obrero

Operación Barbarroja: La invasión nazi a la URSS



El 22 de junio de 1941 el relámpago nazi golpeó con todas sus fuerzas las puertas de la burocratizada tierra de los soviets. ¿Qué salvó a la Unión Soviética y al mundo de un triunfo fascista?

El imperialismo, un titánico matadero industrial

No fue el "mal", ni un hombre maléfico, ni las buenas intenciones de unas naciones "democráticas" y libertadoras contra otras fascistas y opresoras. Fue la propia naturaleza de las potencias imperiales, y sus capitalistas, que llevó al mundo a su más extraordinaria carnicería en pos de una distribución de los negocios y mercados mundiales, la lucha anárquica por asegurarse mayores ganancias, la que empujó a las grandes potencias a saldar un reparto inconcluso tras la primer gran guerra. Y así como en la anterior, fueron sus ideólogos los que le aseguraron a los trabajadores del mundo que sería la última: la guerra que acabaría con las guerras "sólo" exigía al obrero su sangre para defender los "intereses de su nación", enfrentándolo en la arena de batalla con su par extranjero. Pero lejos de ser una contienda (sólo) entre naciones, la Segunda Guerra Mundial fue una verdadera guerra de clases, y a la hora de aplastar a las grandes huelgas, levantamientos y resistencias obreras, ni los fascistas, ni los "democráticos" ni los estalinistas ahorraron plomo y esfuerzos. Pero eso quedará para una futura nota. Veamos que pasaba en la URSS.

La URSS maniatada desde adentro

Corría el año 1941. El cambio de década amaneció ensangrentado. Las cruentas purgas de Stalin y la burocracia gobernante de la URSS se llevaron a los viejos dirigentes de la revolución de octubre de 1917 (incluyendo asesinatos fuera de la URSS como al mismo Trotsky en México un año antes), a los jóvenes, los mejores hijos de la revolución, críticos y opositores de todos los niveles. También a los generales y veteranos del Ejército Rojo de Lenin y Trotsky. De esta forma el estalinismo intenta cortar los hilos de continuidad de la tradición revolucionaria en su afán de reducir las enormes tensiones y riesgo a una revuelta social dentro de la URSS capaz de voltear a su casta de burócratas y reinstaurar la democracia obrera. La ejecución de Tujachevsky, cerebro del ejército es acompañada por las cabezas del 90% de los altos mandos, curtidos durante la dura guerra civil y las contiendas contra 14 ejércitos invasores, sustituidos por arribistas e incompetentes, serviles al aparato burocrático.
Ya en 1939 quedó demostrada la terrible incapacidad militar del Ejército Rojo en la llamada Guerra de Invierno, en donde la URSS invade Finlandia logrando finalmente algunos objetivos pero con un saldo de alrededor de 48.000 bajas en una operación desastrosa, y perdiendo el apoyo del pueblo finés por su política burocrática y despótica.

Hitler y la apertura del Frente Oriental

Con posterioridad Hitler declararía: "cuando comencé la Operación Barbarroja, abrí la puerta de un cuarto oscuro, sin visibilididad". Los nazis, como los británicos o los norteamericanos calculaban que le llevaría a la poderosa Wehrmatch (las FFAA de la Alemania nazi) entre 3 y 8 semanas doblegar y conquistar la URSS. Esta subestimación del enemigo se debe en parte a la falta de información precisa del Estado Mayor nazi acerca de la capacidad de rearme soviética así como una profunda ignorancia sobre la moral de un pueblo que, aunque degradada y corroída por su burocratización, consideraba a la URSS como SU república y se negaba a ser una colonia alemana.
La Operación Barbarroja sufrió algunos contratiempos. La avanzada de la Luftwaffe (fuerza área alemana) sobre las islas británicas no logró derrotar al Reino Unido, y además, con una lógica aventurerista, Mussolinni, el "duce" de la Italia fascista aliado de Alemania, arriesgó posiciones en el norte de África y Grecia que obligaron a Hitler a intervenir y destinar fuerzas en estos frentes.
Hitler temía la posibilidad de combatir en un frente oriental y otro occidental simultáneos, y para evitar esto en parte necesitaba un tratado de paz con los ingleses. Además era plenamente consciente del inconmensurable potencial industrial y militar norteamericano (que se armaba y preparaba para entrar en combate), y sin la conquista de Rusia y sus recursos no sería lo suficientemente fuerte como para poder vencer al poder del "nuevo mundo". El destino del mundo se jugaba en territorio soviético.
El 22 de junio de 1941 tres grupos de ejércitos alemanes (norte hacia Leningrado, centro hacia Moscú y sur hacia Stalingrado) iniciaron su blietzkrieg (guerra relámpago, consistente básicamente en el avance veloz sobre el territorio y las tropas enemigas encabezada por el cuerpo de blindados) sobre la URSS. El tridente nazi avanzaba con decisión.

La guerra relámpago y "el Jefe" cabeza de avestruz

La invasión tomó por sorpresa a Stalin. El brillante espía soviético en Japón Richard Sorge ya había advertido al "Jefe" sobre la inminencia del ataque. Detrás de las líneas enemigas, el director de la Orquesta Roja (red de espionaje soviética) en territorio nazi, Leopold Trepper también había anticipado el ataque. El burócrata georgiano se negó a creer en esta información y confió en que Hitler no rompería aún el pacto de no-agresión entre la URSS y Alemania. Intentó evitar con todo tipo de maniobras políticas/diplomáticas involucrarse en la guerra, incluso maniatando a las secciones del partido comunista de distintas naciones, cuando no traicionando abiertamente procesos revolucionarios como el de España. Su meta: lograr el visto bueno de las potencias y evitar involucrarse en el conflicto. Su temor: que la guerra produjera un levantamiento de masas que arriesgara su posición como casta gobernante; incluso una revolución triunfante en otro país podría desencadenar el malestar insoportable y provocar el estallido.
Hitler olió su miedo y la desmoralización del Ejército Rojo decapitado y arremetió. Las tropas germanas avanzaron despedazando a los rojos que se retiraban desordenadamente. Durante diez días Stalin desapareció. Luego lanzó un mensaje radiofónico instando a la población a realizar la "brillante" táctica de "tierra arrasada" (que consiste en quemar y destruir todo, emigrar para no dejarle nada a los invasores), y mudar parte de la industria pesada a los Urales.
Así, con miles de bajas, tanques destruidos, casi medio millón de prisioneros, la fuerza aérea diezmada (el grueso de los aviones soviéticos fueron destruidos en tierra), los alemanes dieron por derrotado al Ejército Rojo a casi un mes de iniciado el ataque. Pero el "cuarto oscuro" al que entró el führer depararía muchas sorpresas.

La tenaz y heroica resistencia obrera: ¡No Pasarán!

No fue la vastedad del territorio soviético, ni la cruenta helada lo que derrotó a los nazis en la URSS, si bien fueron factores que operaron en su contra. El esfuerzo colectivo del pueblo soviético, ya sea en batalla donde murieron más de 3.000.000 de combatientes (de los 20.000.000 que cayeron a lo largo de la Segunda Guerra), o en las fábricas que produjeron el "milagro" de reconstruir los aviones, blindados y municiones dejando literalmente la vida en las líneas de producción en muchos casos, fue el factor decisivo.
A la disciplinada y experimentada Wehrmatch y sus generales se le plantó un pueblo decidido a detenerlos hasta las últimas consecuencias. Se formaron milicias obreras en las ciudades donde los escombros de los bombardeos oficiaban de fortalezas peleando metro a metro con escaso armamento pero con una moral inquebrantable. En los bosques y zonas difíciles las guerrillas de partisanos atormentaban permanentemente a los regimientos alemanes. La ciudad de Leningrado por ejemplo sufrió un sitio de casi tres años, muriendo más de 1.000.000 de habitantes de hambre y frío.
Los llamados aliados, apostando al desgaste mutuo entre Alemania y la URSS aportaron una modesta ayuda de provisiones y en menor medida equipos y municiones jugándose a dilatar lo más posible los enfrentamientos y maximizar las pérdidas de ambos bandos.
La resistencia en ciudades como Sebastopol y Rostov, empezaron a mostrar que no está vencido quien pelea, para pasar luego a las victorias en Moscú y Stalingrado. Después de esta última la iniciativa pasaría al bando soviético hasta la batalla de Kursk, donde tras su derrota, a las tropas del führer sólo les queda retroceder desgastando al Ejército Rojo en un interminable camino hacia Berlín.
El final es algo conocido. Las tropas soviéticas llegan a Berlín antes que los Aliados, y ante la inminente caída Hitler se suicida. La Gran guerra llega a su fin, no sin nuevas matanzas, como la de Dresde en el avance aliado hacia la capital alemana, los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, o la "pacificación" en Grecia e Italia de los obreros sublevados, pero eso también quedará para un nuevo artículo.

Matías Gali

Maquiavelo: la pasión realista



El 21 de junio de 1527 moría Nicolás Maquiavelo, protagonista de una vida intensa, dura y apasionante, autor de destacadas obras que lo transformaron en el padre de la teoría política moderna.

Nacido en 1469 en el seno de una familia empobrecida pero con tradición en Florencia, Nicolás Maquiavelo se transformó en secretario de la república florentina el 15 de junio de 1498.
La república contaba con el liderazgo de Pedro Soderini, quien ocupaba el cargo de “confaloniero vitalicio”. Este cargo había sido instituido por presión de los nobles florentinos (“optimates”), no obstante lo cual realizarían una sorda resistencia contra Soderini hasta su caída. Maquiavelo ocuparía la Segunda Cancillería, que tenía como funciones las cuestiones internas y los asuntos militares. Desde ese lugar, realizó una serie de experiencias que le permitieron reflexionar sobre los problemas del poder, la política y la guerra.
En sus misiones pudo observar de cerca el accionar de personajes como Luis XII de Francia, César Borgia (el duque Valentino) y su padre el papa Alejandro VI y el posterior papa León X. Italia estaba dividida en ciudades-Estado, en las que tenían peso el ducado de Milán, la república florentina, los venecianos y el Papa, todos ellos, en especial los primeros tres, a merced de potencias mayores, cuyo accionar, más allá de las cuestiones inmediatas, para Maquiavelo implicaba de fondo la esclavitud de Italia.
Durante estos años, entre innumerables documentos relativos a sus misiones, Maquiavelo redactó en 1506 el texto Fantasías a Soderino, que anticipaba algunas reflexiones volcadas posteriormente en El Príncipe. Allí señalaba la importancia de que el accionar político se adapte a la realidad de los tiempos y a su vez la posibilidad, mediante este realismo político, de dominar las circunstancias, de forma tal que “el sabio mandará sobre los astros”.
Junto con las labores tendientes a sostener las alianzas de la república florentina, Maquiavelo dedicó gran esfuerzo al impulso de la Ordenanza para crear las milicias florentinas, participando activamente de su organización. Estas milicias jugaron un rol clave en el asedio de Pisa.
Los grandes cambios en la realidad italiana, marcados por la creciente intervención de España y Francia en la península, trajeron aparejada la caída de la república florentina y la restauración del poder de los Médici (casa tradicional que había gobernado antes de la república) a fines de agosto de 1512. Malas noticias para Maquiavelo, quien en noviembre de ese año fue expulsado de su cargo y acusado de una conspiración contra el poder restaurado, encarcelado y torturado, hasta que en marzo de 1513 salió de la cárcel y fue confinado en una aldea de la campiña florentina, volviendo luego a Florencia.
A partir de estos hechos, Maquiavelo vivió un exilio en su propia tierra en el que su vida quedó marcada por la pobreza y el contacto con la gente de pueblo y la esperanza de que los Médici quisieran alguna vez valerse de sus servicios. En estas nuevas condiciones de vida, retratadas en las cartas a su amigo Francesco Vettori, escribiría en 1513 su conocida obra El Príncipe, publicada en forma póstuma.
Como señala Corrado Vivanti en Maquiavelo. Los tiempos de la política, publicado por la editorial Paidós en 2013, Maquiavelo es posiblemente el autor que más se ha hecho famoso en un sentido contrario al de sus propias doctrinas, como una justificación del autoritarismo, la razón de Estado y la doble moral de las clases dominantes.
El pensamiento de Maquiavelo es un producto de su época, marcada por la expansión colonial de Europa sobre América, el enorme impacto que ésta tuvo en los modos de representarse la realidad por parte de los europeos, y el clima cultural creado por el humanismo y el Renacimiento. En estas condiciones es que surge la tentativa de Maquiavelo de reflexionar de modo realista sobre los asuntos políticos.
Esta tentativa encontraría dos férreos opositores: la Iglesia Católica, que obviamente era refractaria a toda desacralización de las ideas relativas al poder e incluiría El Príncipe en el índex de libros prohibidos; y las clases dominantes, que no tenían interés en que se divulgara y sometiera a escrutinio público los modos y razones de su accionar, cuyo ocultamiento al pueblo consideraban un derecho adquirido. El "antimaquiavelismo" no tenía (no tiene) nada de inocente.
Lejos del "cuco" creado por los "antimaquiavélicos", las ideas de El Príncipe son indispensables para cualquier reflexión sobre la acción política: un estado debe basarse en buenas leyes y en buenas armas (propias y no mercenarias), un príncipe debe buscar apoyarse en el pueblo, ya que el deseo del pueblo es no ser oprimido, mientras que el de los nobles es sostener determinados privilegios; el príncipe debe utilizar las leyes y la fuerza conforme la figura del Centauro Quirón, mitad bestia y mitad hombre, educador de los héroes antiguos; en los asuntos políticos la “fortuna” –circunstancias independientes de la agencia humana– condiciona el curso de las cosas en la misma medida que la “virtud” –acción volitiva consciente y orientada audazmente hacia un fin–; a todo esto Maquiavelo agregaba que era necesario un líder que comprendiera estos problemas para "liberar a Italia de los bárbaros".
Durante estos años de exilio interno, Maquiavelo seguiría reflexionando sobre los problemas del poder, la política y la guerra. A esto le aportaría a partir de 1516, un espacio ideal la casa de los Rucellai, en la que se daban los encuentros con un grupo de jóvenes en los célebres jardines florentinos conocidos como Orti Oricellari.
En esta etapa compone los Discursos sobre la primera década de Tito Livio y Del Arte de la Guerra. En la primera obra, destacaba la preferencia por la institución de la república (aunque siempre con criterios de realismo político y no por establecer un arquetipo) y en la segunda expondría las ideas puestas en práctica en la creación de la milicia florentina al tiempo que repasaba las razones de la ruina de Italia por el accionar de los príncipes. Durante esos años se emplearía también en algunas “misiones” de poca relevancia, relativas a acuerdos comerciales fallidos y otras situaciones menores.
Fue recién en 1519 que los Médici rehabilitaron su participación en la esfera pública florentina. El cardenal Julio de Médici le encargó un consejo para la reforma del estado florentino, que Maquiavelo escribió sin ahorrar críticas a la casa gobernante, por lo cual no sería bien recibido y posteriormente la redacción de la Historia de Florencia. Esta tarea, aunque no muy bien remunerada, le permitía a Maquiavelo volver al ruedo y asimismo jugar un rol que anteriormente se reservaba a los cancilleres florentinos, como era escribir la historia de la Ciudad. Julio de Médici se transformaría luego en el papa Clemente VII.
En las Historias florentinas Maquiavelo se propuso exponer y no ocultar las luchas y divisiones que caracterizaron la historia de la Ciudad. Al día de hoy persisten los debates sobre las simpatías de Maquiavelo hacia la rebelión de los Ciompi (trabajadores cardadores de lana) que tuvo lugar en 1378 y ocupa un lugar destacado en su exposición, dedicando un largo párrafo en el que un Ciompo expone los motivos de la rebelión. En cualquier caso, está claro que Maquiavelo estaba interesado en dejar claras las razones de los insurrectos, a tono con el objetivo que se daba al inicio de su narración histórica.
Realizaría también algunas misiones para Clemente VII, aunque profundamente descontento de la disgregación de Italia. Fue autor de obras teatrales como La Mandrágora y Clizia. Murió el 21 de junio de 1527 a los pocos días de la caída de los Médici y la restauración de la república florentina.
Su obra marcó para siempre el pensamiento político de Occidente, en sus más variadas tendencias. Entre los autores marxistas, le dedicaron especial atención Antonio Gramsci y Louis Althusser.
Como le sucede a todo pensador adelantado a su tiempo, la realidad no le escatimó amarguras.
El propio Maquiavelo fue extremadamente consciente de este tributo que su “virtud” le pagaba a la “fortuna”, creando sus propios interlocutores más allá de las miserias del presente, como dijera en una carta a Francesco Vettori:
"Al caer la noche, me vuelvo a casa y entro en mi despacho; y en la puerta me despojo de mi vestido cotidiano, lleno de barro y lodo y me pongo vestiduras reales y curiales; y revestido con la debida decencia entro en las cortes antiguas de los antiguos hombres [...] donde no me avergüenzo de hablar con ellos y preguntarles la razón de sus actuaciones [...] y durante cuatro horas no siento ningún aburrimiento, olvido toda angustia, no temo a la pobreza, no me desconcierta la muerte, todo mi ser se transfunde en ellos".

Juan Dal Maso
juandalmaso@gmail.com